Pasaje 5: Michael Jordan, 23 segundos de ingravidez

El joven Michael la descubrió al fondo del garaje de su casa, luego comenzó a disfrutarla por los alrededores de su barrio y en televisión. Desde el primer instante la ingravidez mágica de aquella relación estableció una conexión indivisible entre ambos, pues para Air Jordan, que hoy cumple cincuenta años, el básquet siempre fue mucho más que un simple juego, más que una simple pelota, más que una cancha, más que un simple aro, más que en un par de zapatillas, fue pasaporte y visado para entrar en el corazón de millones de personas.

Pasaje 5: Michael Jordan, 23 segundos de ingravidez
Pasaje 5: Michael Jordan, 23 segundos de ingravidez

Hay 23 pares de cromosomas en cada célula de nuestro cuerpo y en aquel cromosoma número 23 que determina el género sexual de los seres humanos descansa parte de la genética y el destino de nuestras vidas. Unas vidas que transcurren en los 23 segundos en los que nuestra sangre tarda en circular por nuestro cuerpo para regresar de nuevo a la máquina cardiaca que mueve nuestros sueños y  late al ritmo de nuestros sentimientos.

Sentimientos y sueños que circulan en muchos de los casos a través del deporte, disciplina humana generadora de pasiones, arte y espectáculo. Y que en el caso concreto que nos ocupa pasó indefectiblemente por el dorsal 23, un número mágico vinculado al arte y el espectáculo  a través del nacimiento y muerte del inigualable poeta y escritor inglés William Shakespeare, cuya leyenda entronca directamente con la de un pequeño de Brooklyn llamado Michael, cuyas facultades, concepción y desarrollo del baloncesto, parecieron corresponder a uno de sus versos sueltos.

El verso suelto de un niño que nació en Brooklyn un 17 de febrero de 1963 y desarrolló su infancia en Winington, una pequeña ciudad de Carolina del Norte en la que por una vez, un genio del deporte tuvo la posibilidad de disfrutar de una infancia cómoda en el seno de una familia de clase media estadounidense. Su hermano mayor, Larry, demostraba cualidades para el baloncesto pero apenas pasaba los 1,70 m de altura, y en el árbol genealógico de su familia no se encontraron ramas que superaran los 1,80 m de estatura. Michael en cambio era un caso especial, un milagro genético parecía haber concurrido en el destino familiar para realizar una selección natural en su físico privilegiado.

El joven Michael la descubrió al fondo del garaje de su casa, su padre James se la presentó, luego comenzó a disfrutarla por los alrededores de su barrio y en televisión. Desde el primer instante la ingravidez mágica de aquella relación estableció una conexión indivisible entre ambos, pues para Air Jordan el básquet siempre fue mucho más que un simple juego, más que una simple pelota, más que una cancha, más que un simple aro, más que en un par de zapatillas, fue pasaporte y visado para entrar en el corazón de millones de personas. Representa la plenitud de una infancia copada de sueños, vida, motivación e inspiración para un niño de doce años que alcanzó en altura a su hermano Larry y a la edad de 17 elevó su techo hasta los 1,98 metros.

Su salto le elevaba poco a poco hacia la estratosfera y Michael acariciaba con la yema de sus dedos su sueño de ser jugador profesional de la NBA, pero recibió un inesperado revés cuando el entrenador del High-School de Laney, en Wilmington, le rechazó en primera instancia para un año después rectificar su grave error. Carolina del Norte comenzó entonces a ser testigo del crecimiento y el vuelo de un genio que entró en otra fase evolutiva coincidiendo con su llegada a la Universidad de North Carolina para realizar la carrera de Geografía e Historia.

Fue entonces cuando su vida, su carrera, cruzó su destino con la figura de Dean Smith, toda una leyenda en la tradición universitaria en lo que a baloncesto se refiere. Aquel que le enseñó a ser un jugador más completo y le convirtió en un Tar Heel de North Carolina de pleno derecho en 1981, cuando la estela azul de Michael, junto a futuras estrellas de la NBA como James Worthy y Sam Perkins,  acabaron con la dinámica perdedora de los Tar Heels de North Carolina en la finales de la NCCAA. La Universidad de Houston se convirtió en la primera víctima de James Worthy, estrella del equipo en semifinales. Y en la final, en el decisivo encuentro ante los Hoyas de Georgetown de un pivot jamaicano llamado Patt Ewing, Dean Smith decidió jugársela a falta de diecisiete segundos con un freshman que portaba a su espalda el nº23 en lugar de hacerlo con la estrella del equipo, James Worthy.

Aquella sería la primera de una interminable estela de canastas decisivas, Michael como hizo siempre, agarró el balón ardiente del partido con la cabeza fría como el hielo y las muñecas ardiendo como en el infierno, para al filo del último segundo levantarse desde los 5 metros y reventar la final con una canasta de leyenda. Worthy hizo 28 puntos por los 14 de Jordan, pero el hombre del partido fue aquel freshman que con aquella canasta comenzó a escribir las primeras páginas de su leyenda.

En los años siguientes se convirtió ya en una figura a nivel estatal  y fue seleccionado junto a los mejores universitarios de la época para representar a los EEUU en las Olimpiadas de Los Ángeles de 1984, donde la España de Antonio Díaz Miguel le sufrió  en la fase inicial con una canasta sobre la bocina desde más de 10 metros, y en la final, en la que todos quedamos hipnotizados por el vuelo de un nº23 de leyenda.

Un nº23 que protagonizó una de las elecciones del draft más curiosas y controvertidas de la historia, puesto que para el primer lugar fue elegido Hakeem Olajuwon, un pivot nigeriano de 2,13 que cerró su pase a los Houston Rockets, pero para el segundo los Blazers de Portland eligieron a Sam Bowie, prescindiendo de Jordan, que fue elegido por los Bulls de Chicago, por entonces una franquicia modesta. Y así con sus pantalones universitarios debajo de los de los Bulls, llegó Air a Chicago, donde pulverizó todos los registros históricos de la NBA.  En tres años el juego de Michael provocó que la cifra de abonos de los Bulls se triplicara en números, pasando de los 6.000 a los 18.000. Aunque dejó partidos para la memoria del aficionado en sus inicios, Michael fue progresando poco a poco junto a su equipo. En 1985 y pese a sufrir la fractura de su pie, que le obligó a perderse 64 partidos de la liga regular, llegó a tiempo para clasificar a su equipo para los play offs, donde la memoria del baloncesto aún recuerda aquella serie memorable ante los Celtics de Boston de Larry Bird.

Fue un 20 de abril de 1986, cuando en el segundo partido de la primera ronda de los play offs, Boston superó a Chicago 135 a 131, pero un extraterrestre con el nº23 hizo 63 puntos para desafiar a los Celtics y a Larry Bird, que poco después declaró que Dios se había disfrazado de jugador de baloncesto. Los Celtics superaron claramente 3 a 0 a los Bulls en aquella serie, pero aquel día se vivió un antes y un después en la historia del baloncesto. El mundo fue testigo de la consolidación del hombre de los pases imposibles, las transiciones supersónicas y la visión periférica. El más difícil de defender de fuera de la zona en la historia de la NBA, con un primer paso explosivo, inalcanzable, portentoso en lo físico y cada vez más talentoso en lo técnico.

Ese jugador era Michael Air Jordan, el mejor jugador del mundo, el máximo anotador, aquel que gravitaba fuera del alcance de los mortales en su vuelo imperial hacia la canasta. Lo más galáctico que he presenciado en el deporte en mis años de vida, un escolta (shooting guard) que como mejor jugador del mundo podía jugar como base y alero. Aquel que en su perenne estado de ingravidez parecía competir en otra luna, otra estrella, otro planeta, pues mientras sus compañeros parecían gravitar en derredor de los pesados 23 m/s de Júpiter, su grávida ingravidez amenazaba con convertirse en uno de los famosos 23 errores de las teorías, fórmulas y estudios de Albert Einstein.

Los Bulls tenían al mejor, pero tuvieron que pasar hasta tres entrenadores para que Jordan estuviera rodeado de los jugadores idóneos para aspirar a ganar el anillo. Loughery, Stan Albeck y Doug Collins lo intentaron, pero no sería hasta la llegada de Phill Jackson (asistente de Collins) y la consolidación del quinteto formado  por Jordan, Scottie Pippen, B.J.Armstrong y Horace Grant, cuando los Bulls encontraron la formación que abriría su camino hacia la leyenda.

En 1991 cayó su primer anillo, la leyenda de Magic encontró su sucesor y Michael dejó para el recuerdo una canasta estratosférica con su mano derecha, una acción que nació a tres metros de canasta y en la que tras amagar con hacer un furioso dunk, rectificó en el aire para pasarse la bola a la mano izquierda y anotar a aro pasado, inolvidable…En 1992 cayó el segundo ante los Blazers y, en 1993 eligió como víctima propiciatoria a los Phoenix Suns.

En aquel momento Michael estaba en lo más alto a nivel deportivo, pero su vida personal atravesaba una etapa complicada que vivió su punto más bajo coincidiendo con la muerte de su padre James, en un oscuro caso de robo y secuestro. Jordan meditó su retirada y encontró su vía de escape en los campos de golf, donde permaneció en un segundo plano hasta 1996, cuando regresó al Chicago Staddium para hacer campeones a los Harper, Longley, Pippen, Kucok y Dennis Rodman. Un trienio inolvidable que concluyó con un minuto absolutamente memorable en la final de 1998, disputada en Salt Lake City, ante Utah, cuando con su equipo perdiendo por tres puntos, y tras un triple de Stockton, Jordan anotó en penetración, robó el balón a Malone y dejó para el recuerdo una de sus canastas, desde los seis metros tras driblar a Byron Rusell.  En aquel vuelo de la pelota hacia el aro de la leyenda y el tablero de lo inmortal quedó escenificado el fin de una generación de jugadores que tuvieron como gran icono a Michael y marcaron un antes y un después en la historia de la NBA.

Aunque Michael regresó de nuevo en 2001 para vivir sus últimos momentos como jugador en las filas de los Wasshington Wizards, la inalcanzable ingravidez de su número 23 colgó su dorsal un 14 de junio de 1998, cuando jugó su último partido con los Bulls. Como siempre, aquel día la Tierra empleó 23 horas y 56 minutos para dar una vuelta completa a su eje. Pero aquel día las 23 horas de rotación de nuestra esfera azul fueron metáfora de los 23 segundos de ingravidez que su sangre emplea en dar una vuelta completa a su cuerpo. 23 instantes de universo en los que su corazón alimenta y pone en marcha los 650 músculos que entran en explosión para volar y colgarse de la nada, cima del mundo en la que el aire se apellida Jordan, que contempla a los mortales y otea desde las alturas el tablero mágico que fue testigo de su ingrávida leyenda.