Pasaje 6: Mike Powell, 8´95 metros de gloria - Tokio 1991

Su historia parecía condenada a la de actor secundario, Mike Powell, Filadelfia 1963, realiza 6 pasos de aproximación y 23 zancadas antes de dar el salto que le deposite en los anales de la historia del deporte.

Pasaje 6: Mike Powell, 8´95 metros de gloria - Tokio 1991
Pasaje 6: Mike Powell, 8´95 metros de gloria - Tokio 1991

Aquel muchacho inquieto fija su mirada en la arena donde aterrizará segundos después su esbelta y prolongada figura. Los espectadores que se dieron cita en el Estadio Olímpico de Tokio aquel 31 de agosto de 1991 durante la disputa del mundial de atletismo, aún se hallaban sumidos en el fervor de un hecho histórico que había tenido lugar tan sólo unos minutos antes, Carl Lewis, el hijo del viento, acababa de romper el récord mundial de salto de longitud, tras 23 años de vigencia, que ostentaba el estadounidense de origen jamaicano Bob Beamon desde los juegos olímpicos de México 1968 con un salto de 8,90 metros. Esa marca pasó desapercibida para el pequeño Mike, que por aquel entonces sólo tenía 5 años de vida, pero tras sus primeros pasos como base del equipo de baloncesto de su instituto, esos 8,90 metros fueron para Mike un auténtico reto, su reto, el que de derribarlo lo llevaría del anonimato a la gloria en tan sólo unos segundos. 

Para Mike nada fue sencillo; tuvo que lidiar con la alargada sombra de dos gigantes durante toda su carrera deportiva; la del insuperable Bob Beamon  y la del legendario Carl Lewis, que lejos de contentarse con sus hegemonía en los 100 metros lisos había demostrado hasta en 15 ocasiones que no sólo corría más que Mike, sino que también saltaba más… Algo que quizás relegó a Mike a un segundo plano, lo cual le hizo pensar que su carrera estaba irremediablemente encauzada al sigilo, pero que originó una de las rivalidades más recordadas en la historia del deporte, Mike y Carl; el primero llegó a los mundiales de Japón con grandes marcas pero con sólo una discreta medalla de plata conseguida en Seúl 1988, mientras que Carl, quien le arrebató el oro en la ciudad coreana, ya era una leyenda; el hijo del viento, 7 años siendo el rey de la pista logrando el oro en distintas pruebas de velocidad y en salto de longitud, era el hombre más aclamado, todas las miradas estaban puestas en él.

Pero tras un 'discreto' primer intento y un nulo, el tercer salto de Mike aquel día fue de 8,83 metros, el chico de Filadelfia puso al rojo vivo la final, aunque Carl se encargó de dilapidar minutos después las esperanzas de Mike al realizar un salto de 8,91 metros y batir el récord mundial logrado 23 años antes por Baemon -eso sI el viento que sopló a su favor no lo hubiese homologado a posteriori-. Sin lugar a dudas, un gran golpe en la moral de Mike, cualquier otro atleta se hubiese derrumbado y contentado con el segundo escalón más alto del podio, pero Mike estaba harto de aquello y concentrado, pero con una palpable tensa respiración, se dispuso a emprender su cuarto salto; 6 pasos de aproximación acompañados de un firme aleteo de sus vigorosos brazos y 23 zancadas de transición hacia la gloria, cada vez que el pie de Mike pisaba la pista lo hacía con más contundencia, y momentos antes de tomar impulso a 6 centímetros de la tabla, Mike empezó a correr como un rayo, saltó y voló como nunca sobre Tokio, prolongándose de forma gigantesca en el aire. Tras chocar sus pies con la arena, Mike se levantó con rabia y lanzó un grito, el grito de la esperanza…El tiempo que transcurrió desde ese preciso instante hasta que el luminoso indicó aquella marca de 8,95 metros se hizo eterno para Mike, que resoplaba nervioso, inquieto, cabía la posibilidad de haber logrado algo histórico…y fue entonces cuando el tiempo se detuvo en Tokio, el silencio se hizo y Mike lo rompió con espasmos de alegría, echó a correr, agitaba sus brazos mientras Carl observaba atónito lo sucedido, aún le quedaban 2 intentos -que fueron vanos- a Lewis si que le afectó el golpe, se le acababa de esfumar una medalla de oro y un récord mundial en tan sólo 5 minutos, se la había arrebatado Mike Powell.

Mike, con los puños cerrados, alzaba los brazos, símbolo inequívoco de victoria, de campeón. El atleta podía saborear al fin una medalla de oro. Con ella colgada de su cuello en lo más alto, empezaba a darse cuenta de la magnitud de su hazaña. Mike ya era parte de la historia, los dioses griegos le habían reservado un sitio en el glorioso Olimpo. En su retina los pasos dados hasta llegar ahí, las dificultades que atravesó y el espíritu ganador del que hizo gala para no caer derrotado ante las adversidades, un ejemplo de superación personal, que según los expertos es un proceso de cambio a través del cual una persona trata de adquirir una serie de cualidades que le ayudan a superar obstáculos.   

20 años después, la plusmarca mundial de Mike sigue vigente en la modalidad de salto de longitud. Aquel chico de 27 años, licenciado en sociología por la universidad de California de Los Ángeles, pasó del segundo plano a los anales de la historia del deporte tras superar en 5 centímetros la marca de Robert Bob Beamon, quien además gozó de condiciones más favorables en México 1968,  ya que este lo hizo a la altura del país centroamericano, de día y con un viento favorable de dos metros por segundo. Powell lo hizo a nivel del mar y en una noche húmeda y con escaso viento.

Mike Powell y Carl Lewis, el actor secundario y el protagonista. Un día se cambiaron los papeles, quizás uno de los más señalados en la historia del atletismo. La relación de ambos vivió aquella noche nipona su más estrecha rivalidad, pero tras la final, Carl asumió su derrota y estrechó la mano de Mike, que no dudo en abrazar al extraordinario velocista. En aquel momento era pronto para saber que Powell -que tras la gesta lograría plata en Barcelona 92 y oro en Stuttgart 93- no hubiese tenido rival si ambos no hubiesen sido coetáneos.