Pasaje 7: Pekín 2008 - Phelps, la leyenda del hombre pez

Tras la conquista de su octava presea dorada, Michael Phelps, 'el hombre pez' solo acertó a pronunciar estas palabras en el mítico Cubo de Agua de Beijing: "Esto demuestra que no importa lo que pongas en tu imaginación, que cualquier cosa puede pasar. Sueña tanto como puedas soñar y cualquier cosa será posible".

Pasaje 7: Pekín 2008 - Phelps, la leyenda del hombre pez
Pasaje 7: Pekín 2008 - Phelps, la leyenda del hombre pez

Cuenta la leyenda que en Liérganes, pueblo cercano a la villa de Santander, vivía a mediados del siglo XVII el matrimonio formado por Francisco de la Vega y María de Casar, que tenían cuatro hijos.  Al enviudar, María envió a Francisco (el segundo de ellos) a Bilbao a aprender el oficio de carpintero. Y allá en la ría de Bilbao en la víspera de San Juan del año 1674, se perdió su rastro misteriosamente. Francisco que había ido a nadar con unos amigos a la ría braceó río abajo, hasta perderse de vista. La desaparición del muchacho, excelente nadador, no inquietó a sus compañeros hasta pasadas unas horas. Entonces, al ver que no regresaba, le dieron por ahogado. Cinco años más tarde, en 1679, mientras unos pescadores faenaban en la bahía de Cádiz, un ser extraño, con apariencia humana era capturado por las redes del pesquero.

Cuando lo subieron a cubierta comprobaron con asombro que el extraño ser era un hombre joven, corpulento, de tez grisácea y cabello rojizo. Una cinta de escamas  le descendía de la garganta hasta el estómago, y otra le cubría todo el espinazo. Lo  llevaron al convento de S.Francisco, donde permaneció sin articular palabra alguna, hasta que los esfuerzos de los frailes lograron arrancarle una palabra: LIÉRGANES.

Juan Rosendo, fraile del convento, se encaminó con él hacia Liérganes para devolverle a su tierra natal, donde cuentan que fue derecho a la casa de María de Casar, que le reconoció en cuanto le vio y entró en shock al ver nuevamente a aquel hijo que daba por muerto. Y en aquella aldea montañesa Francisco, conocido por todos como el hombre pez, permaneció huidizo, sin apenas articular palabra hasta que un buen día, al cabo de nueve años desapareció de nuevo dejando tan solo tras de sí el espumoso rastro de su estela sobre el mar.  

Y con la estirpe y leyenda de aquel hombre pez de Liérganes entronca el nacimiento de un niño que ya chapoteaba sobre el líquido amniótico. Un pequeño llamado Michael Phelps, nacido en Baltimore, Maryland, un 30 de junio de 1985. Su padre Fred, policía estatal y su madre Debbie, directora de escuela educaron al joven Michael, que creció influenciado y siguiendo la estela de espuma de dos sirenas, Whitney y Hilary, sus dos hermanas mayores nadadoras como él. Se graduó en la escuela de secundaria Towson en el año 2003 y aquella hiperactividad diagnosticada la volcó sobre la piscina, su medio natural.

Aquel medio en el que desde los siete años su genética comenzó a establecer la diferencia, pues con tan solo diez años ya comenzó a batir los primeros records nacionales. Poco a poco su morfología física comenzó a experimentar la llamada del océano. Sus dimensiones anatómicas fueron evolucionando hacia una desproporción que si bien no le convirtió en el mejor, sí que facilitó su brazada hacia la leyenda de un ser mitológico de la natación.

Su torso desproporcionadamente largo en relación a sus piernas le permitían alcanzar velocidades prohibitivas  sobre al agua para un ser humano

La longitud de sus brazos extendidos, que según Da Vinci en la anatomía perfecta de un ser humano ha de ser igual a la altura, en su caso era sensiblemente superior, 208 cm por los 196 de su estatura. Su torso desproporcionadamente largo en relación a sus piernas le permitían alcanzar velocidades prohibitivas para los humanos sobre la superficie del agua. Y sus flexibles articulaciones, sus tobillos de bailarina convertían sus extremidades en auténticas aletas.

Gracias a su perfeccionamiento y su genética privilegiada con tan solo quince años logró clasificarse para los Juegos Olímpicos de Sidney 2000, donde vimos por primera vez el incipiente talento de un joven tocado por la magia de Nereo, Poseidón, Tetis y Glauco, divinidades marinas a las que se encomendó para hacer historia. Y es que cinco meses después de Sidney, mejoró la plusmarca mundial de 200 metros mariposa.

Su leyenda no había hecho más que comenzar y los récords mundiales cayeron uno tras otro. Y allá en el reino sumergido bajo las olas, Phelps el príncipe marino, comenzó a reinar pero titubeó durante un tiempo en las profundidades hasta encontrar su brazada perfecta, pues en noviembre de 2004, a la edad de 19 años, fue arrestado por conducir bajo la influencia del alcohol en Salisbury, Maryland.

Afortunadamente, Michael emergió de aquellas aguas abisales y puso la directa hacia su sueño, un sueño que le aguardaba en el reino de Poseidón. Estudió en la Universidad de Michigan, y trabajó a fondo junto a Bob Bowman, su entrenador. En 2004 hizo su irrupción estelar sobre la piscina olímpica de Atenas, en la que se colgó a su cuello 6 oros y dos bronces.  El perfeccionamiento de la técnica le llevó en los Mundiales de Melbourne de 2007 a depurar un estilo personal con el que rozó la perfección para volar sobre la superficie acuosa en la que se erigió en sucesor de Mark Spitz, el hasta entonces hijo conocido de Neptuno. Aquel que fue supremo rey de la natación hasta que Phelps asombró al mundo con su patada de delfín. Un número exacto y calculado de patadas en el momento de la inmersión que le colocaba en ventaja sobre sus rivales, nadadores mortales que zozobraban ante la majestuosa emersión de un hombre pez que volaba y vuela sobre la calle azul de la leyenda.

El asombroso motor corporal de un hombre pez que recorta décimas en cada brazada, aquel en cuya poderosa brazada la longitud se transforma en pura energía cinética, en la extensión absoluta de la extremidad que le permite recorrer 25 yardas en seis u ocho brazadas, mientras que la media de los nadadores de estilo libre se sitúa entre las 12 y las 18. Y es que Phelps, tocado por el tridente mágico de Neptuno, a su genética física que le acerca al mundo de la biología marina, sumaba una resistencia física prácticamente sobrenatural. Michael llegó a tal grado de preparación que su aparato circulatorio y motor se manejaba como nadie en los peligrosos umbrales de la apoxia, en los que lograba retrasar la producción del ácido láctico, y por tanto entrar en la fatiga física más tarde que sus rivales.

Así y enfundado en su malla LZR Speedo, con tecnología de la NASA, un 50% de poliuretano e inspirada en las características hidrodinámicas de la piel del tiburón, hizo su estelar aparición en el Cubo de agua mágico de Beijing en 2008. Para algunos aquellas mallas establecieron la diferencia pero para mí solo impidieron que pudiéramos ver la cinta de escamas  que le desciende de la garganta hasta el estómago, y aquella otra que le cubre todo el espinazo. A partir de aquel instante los  2.500 m3 del Cubo mágico acogieron la leyenda y el vuelo natatorio de un hombre pez del que sus rivales solo pudieron tocar con la yema de sus dedos el rastro de espuma que dejó a su paso.

Ocho medallas de oro, en 400 m estilos, 4 x 100 m libre, 200 m libre, 200 m mariposa, 4 x 200 m libre, 200 m estilos, 100 m mariposa y 4 x 100 m estilos, que le elevaron a la categoría de mito y le convirtieron en el mejor deportista olímpico de todos los tiempos. Y dos momentos perdurarán para siempre y los pasajes de la historia del deporte, el primero un domingo 17 de agosto de 2008, cuando Phelps igualó los siete oros de Spitz:

Aunque Phelps temía a su compatriota Ian Crocker, el serbio Mirolav Cavic se erigió en su principal amenaza sobre los 50 x 22 m de la piscina olímpica del Cubo mágico. Michael Phelps pasó séptimo a la mitad de la prueba y recuperó milagrosamente (casi un cuerpo de desventaja) en los segundos 50. El final que será recordado durante mucho tiempo escenificó la espectacular remontada de Phelps. Mirolav Cavic llegó con ventaja, pero le faltó chispa en el toque a la pared. Phelps estuvo más listo y le birló el oro por una centésima. Cavic contra todo pronóstico osó discutir el reinado de una divinidad marina y se convirtió en una amenazadora sombra que pateando en estilo mariposa sobre la estela de espuma de Phelps, estuvo cerca de derrotar al tiburón de Baltimore, pero el norteamericano acabó imponiéndose para dar alcance a un mito de la natación como Mark Spitz.

Y el segundo gran momento en la final de 4 x 100 combinados en la que Phelps nadó el segundo relevo, en el estilo mariposa, que recibió de Aaron Peirson (dorso) con desventaja y se lo entregó ya adelantado a Brendan Hansen (pecho), aunque fue el veloz Jason Lezak quien apretó en el tramo de estilo libre, como lo hizo días antes en el relevo de 4x100 para darle el título a Estados Unidos, y la octava presea con la que Phelps, el hombre pez, superó a Mark Spitz y se convirtió con 14 oros en el deportista olímpico más laureado de la historia.

No importa lo que pongas en tu imaginación, cualquier cosa puede pasar. Sueña tanto como puedas soñar y cualquier cosa será posible

Sus palabras tras la gesta lo dijeron todo. "Esto demuestra que no importa lo que pongas en tu imaginación, que cualquier cosa puede pasar. Sueña tanto como puedas soñar y cualquier cosa será posible".

Aunque un año después pulverizó todos los registros mundiales en Roma 2009, donde dejó cuatro records mundiales para la historia de la natación, jamás olvidaré aquel Cubo de Agua de Beijing. Aquel año 2008 en el que busqué ávidamente la cinta de escamas que recorre su espinoso cuerpo. Y es que desde aquel 17 de agosto estoy convencido de que Phelps es descendiente directo de Francisco, el hombre pez de Líerganes, que mucho me temo debió ser capturado de nuevo por las costas norteamericanas a finales del siglo XVII, donde dejó descendencia en Baltimore y creó la estirpe de varias generaciones de hombres pez  que encontraron en la patada de delfín de Phelps y su grisácea piel, la materialización física de aquella leyenda de Liérganes. El mayor hijo de Poseidón hasta ahora conocido…