Pasaje 19: Kareem, "el gancho de Dios"

Era el adiós, aquella tarde el saxo se alargó en los dos dieciocho de Jabbar, en aquella ovación de sonidos oscuros, en aquellos lloros de herida trompeta y la sonrisa de un contrabajo que colgó para siempre su número 33 en ese mágico “gancho de Dios” que nos arrancó a todos una sonrisa blanca de musicalidad eterna.

Pasaje 19: Kareem, "el gancho de Dios"
Kareem, "el gancho de Dios". (Montaje: Jaime del Campo | VAVEL)

La historia que os voy a relatar comienza en Harlem, distrito neoyorquino en el que un 16 de abril de 1947 nació para deleite del basket Ferdinand Lewis Alcindor Jr. Al calor del jazz y la dureza de sus calles, en el hogar de un músico trombonista, se crio alimentado espiritualmente por la música de Louis Armstrong, Miles Davis y John Coltrane, volcando los sentimientos que esta le producía en el baloncesto y en su vida personal. No en vano, el ser humano, y los 2 metros y 18 centímetros del center legendario en el que acabó convirtiéndose, fueron moldeados palmo a palmo por Harlem y las notas que rebotan por sus calles. Su pasión por el jazz era tal, que en su libro On the Shoulders of Giants: My Journey Through the Harlem Renaissance, recurrió al citado género musical para ilustrar la evolución del baloncesto y los logros de la comunidad negra.

El por entonces conocido como Lew Alcindor había nacido para interpretar un modelo de juego que le hizo brillar en todos y cada uno de los equipos en los que jugó. Destacó en la High School Power Academy, en la Universidad de UCLA, donde a las órdenes de John Wooden conquistó tres títulos de la NCAA. Posteriormente en los Milwaukee Bucks durante seis temporadas, donde tras conquistar su primer anillo con los Milwaukee Bucks se convirtió al Islam, adoptando el nombre de Kareem Abdul-Jabbar (“el Noble servidor del poderoso Alá”). Y ya como “Noble” llegó a Los Ángeles Lakers, para extender su dominio junto a Magic por espacio de catorce temporadas. Una carrera dilatadísima en el tiempo y destacadísima en el rendimiento, pues aquel que conectaba con los ángeles para hacer sus ‘sky hooks’ y con el diablo para matar a todos con su enorme agilidad de pies en proporción a su altura, parecía tener concertado un pacto con el ángel caído del averno.

Jugó a un nivel increíble hasta la edad de 42 años, quizás gracias al yoga, a las artes marciales que practicaba, a la marihuana prescrita medicamente que lo dejaba colgado del cielo para combatir las migrañas o puede que todo se debiera al ritmo del jazz que llevaba escrito en su ADN. A ese instrumento espiritual y racial que siempre consideró como fuente de inspiración sobre una cancha: “No puede haber ninguna duda de que el jazz me ha hecho una mejor persona de lo que hubiera sido sin él. La música inspira mi pasión por la participación plena y en abundancia en la vida. La música me hizo ser disciplinado, ambicioso, cuidadoso y dedicado a mi comunidad. Además, el jazz, también hizo de mí un mejor jugador de baloncesto”.

Y no solo mejor jugador de baloncesto sino uno de los mejores jugadores de la historia, y posiblemente el mejor center habido y por haber, superando a mitos como Bill Russell, Olajuwon, Shaquile O’Neal y Wilt Chamberlain, al que superó su récord en Las Vegas, Nevada, un 5 de abril de 1984. Una tarde en la que los Utah Jazz se enfrentaron a los Lakers en el Thomas and Mack Center. Encuentro en el que los Lakers, en pos de su tercera final consecutiva vencieron (129-115), pero lo verdaderamente trascendente de aquella tarde fue una jugada que inició Magic con un pase al poste bajo. Y allí junto a los manuscritos del jazz, en la arena y el vuelo, en la noche negra de los cantos que hace trizas el corazón, un movimiento de finta a la derecha de Kareem le permitió armar su brazo derecho. Una extremidad que se elevó como cuello de jirafa por encima de Mark Eaton, que solo pudo contemplar aquellos 2 metros 18 centímetros elevándose –altura de la cual egresó ese “gancho celestial”, ese “gancho de Dios” que depositó sutilmente la bola sobre una cesta de la leyenda situada a unos cuatro metros. El récord anotador de un ídolo de siempre como Wilt Chamberlain, sus 31.419 amasados tras 14 años de brillante carrera en la NBA, habían caído de mano de aquel “sky hook” de pura liturgia de Harlem.

Pero Kareem no fue únicamente ese ‘gancho de Dios’, fue mucho más, fue un center con gran instinto para pasar al hombre que cortaba a canasta, un jugador de gran intensidad y concentración defensiva que sumaba a todo ello un acierto mediano desde la línea de tiros libres y una agilidad fuera de lo común en proporción a su altura. Todo ello le convirtió en un center tremendamente fiable que pulverizó todo tipo de registros en la mejor liga del mundo. Seis veces MVP de la Liga Regular (1971, 72, 74, 76, 77 y 80), 19 veces All-Star. Un récord anotador de 38.387 puntos, 17.440 rebotes, 5.660 asistencias y 3.189 tapones en 1.560 partidos. En ‘playoffs’, sumó 237 participaciones para un total de 5.762 tantos y 2.481 capturas. Puro ‘showtime’, seis anillos y primer jugador de la NBA en jugar durante veinte temporadas. Para cuando dijo adiós había acumulado todos los récords posibles en la mejor liga del planeta.

Un adiós que nadie quería ver pero que tampoco nadie quiso perderse, un 13 de junio de 1989, día en el que los Angeles Lakers cedieron la gloria a los chicos malos de los Detroit Pistons. La tarde en la que el cuerpo de Abdul-Jabbar dijo basta a sus 42 años y su número 33 enfiló su último viaje hacia el banquillo bajo una atronadora ovación. Los Lakers perdieron aquel encuentro por 97-105 y alumbraron una nueva dinastía, pero sobre todo se despidieron de un baloncesto nativo del Jazz, fuera de todo molde. Era el adiós, aquella tarde el saxo se alargó en los dos dieciocho de Jabbar, en aquella ovación de sonidos oscuros, en aquellos lloros de herida trompeta y la sonrisa de un contrabajo que colgó para siempre su número 33 en ese mágico “gancho de Dios” que nos arrancó a todos una sonrisa blanca de musicalidad eterna.