Pasaje 8: Solna, 28 de junio  de 1958, la firma de Pelé

Pasaje 8: Solna, 28 de junio de 1958, la firma de Pelé

En la firma de Pelé un balón vuela hacia la leyenda con un sombrero estratosférico, aquel con el que certificó en Solna que recibió el don del fútbol porque Dios, que reparte dones entre los hombres, se encontró con Edson cuando ya había agotado casi todos, a la cola de la fila, y sin otra opción que dotarlo con el don de dominar la pelota.

Pelé, considerado por muchos como mejor jugador de todos los tiempos es además de una leyenda viva del fútbol una firma, puro negocio, pues hace tiempo que todo lo que le rodea forma parte del más puro y duro marketing. Hasta su firma, que siempre ejerció un poder de fascinación enorme sobre los aficionados del fútbol, parece responder a cánones empresariales y fines lucrativos. El caso es que si la observáis con detenimiento  podréis comprobar que la pelota y el fútbol se hacen presentes en la forma esférica de esa P que no es otra cosa que la metáfora de un balón en movimiento. Por el vuelo de aquella caligrafía rueda la grafología circular de dos vocales y una consonante con evidentes  formas esféricas, rematadas con una e tildada con un acento con evidente forma de balón como signo de puntuación.

Así es la firma de Orei en la que puede que el negocio juegue un papel importante pero tras la que subyace el elemento esencial que constituyó sin duda una de las razones de su existencia: la pelota. Aquella con la que materializó sus sueños un niño que nació en la anónima localidad de Tres CoraÇoes, y vivió su infancia en Baurú, allá donde su padre Dondinho y un tal Zizinho le inocularon el veneno del fútbol.

Baquinho, Sete Setembro, Radium, Canto do Rio, Ameriquinha, y Atlético Baurú vieron crecer al joven de los pies descalzos que lustraba zapatos soñando con calzarse algún día las botas de la leyenda. La leyenda de un joven que no nació casualmente en Tres Coraçoes, pues tres corazones tuvo Pelé, tres ciudades, su localidad natal, Baurú y Santos, localidad paulista a la que fue a parar gracias a Waldemar de Brito, que reconoció en la carrera de aquel chaval de ojos saltones al futuro mejor futbolista del mundo.

Y es que aquel jovenzuelo de 15 años recibió el don del fútbol porque Dios, que reparte dones entre los hombres, se encontró con Edson cuando ya había agotado casi todos, a la cola de la fila, y sin otra opción que la de dotarlo con el don de dominar la pelota. Y así el círculo se cerró en torno a una historia que bien pudo comenzar la tarde del 16 de julio de 1950.

Aquella tarde un osado pequeño de diez años vio a su padre llorar sin comprender demasiado semejante manifestación de pesar y tristeza, por lo que preguntó:

-¿Papá por qué lloras?

 -¡Porque Brasil perdió la Copa del Mundo hijo! - replicó

A lo que aquel pequeño contestó:  “No, no llores. ¡Yo voy a ganar una para ti!”

Corría el año 50 y Brasil acababa de sufrir el Maracanazo, la mayor decepción de su historia en su propio país. Era la Brasil de Zizinho, aquel maestro que le sirvió de inspiración para ocho años después cumplir aquella promesa. Y es que ocho años más tarde, en el Mundial de Suecia de 1958, un talentoso joven de diecisiete que no contaba como titular para Feola, tuvo su oportunidad por expreso deseo de los pesos pesados del vestuario brasileño con Nilton Santos a la cabeza. Aquella decisión propició su estelar irrupción en la leyenda e historia del fútbol junto a otro genio llamado Garrincha.  Mané con el nº10 a su espalda y Pelé con el nº11, dorsales que portaron de forma casual, pues cuando los dirigentes brasileños enviaron a Suecia la relación de los jugadores convocados a la Selección, olvidaron poner los números y se tuvo que recurrir a un sorteo en la designación de los mismos. Unos dorsales con los que dos genios cambiaron el curso del torneo y de la historia del fútbol:  

28 de junio de 1958, el estadio Rasunda de Solna acogió una final que pasó a la historia, el colegiado francés Maurice Guigue silbó con todas sus fuerzas para hacer llegar su pitido inicial a las 51.800 expectantes almas escandinavas que deseaban profundamente una victoria sueca.

En la memoria hablada del cronista y el aficionado la leyenda se hace anécdota y viceversa al percibir en el vestuario brasileño el sonido de una moderna radio de la que surge la narración sonora de un relator deportivo sueco. Aquella radio que pertenece a Mané Garrincha ha pasado a manos del masajista brasileño, pues Mané se la ha vendido porque en ella solo se escucha a un tipo hablando en sueco. Y aquel relator sueco expresa su emoción al ver sobre el terreno de juego de Rasunda a dos equipos extraordinarios, Suecia un sensacional conjunto que gira en torno al talento y la elegancia de Liedholm, “il Barone” y Brasil, puro espectáculo…

Los brasileños representan el trato exquisito del balón, tal y como declaró Igor Netto, legendario futbolista de la URSS, que acababa de perder por dos goles a cero en el encuentro en el que Feola cedió a las sugerencias de Nilton Santos para que jugaran Garrincha y Pelé: “Todavía sigo asombrado por el juego de los brasileños. No es fútbol. Debería buscarse otra palabra para definirlo con mayor exactitud”.

Pese a ello en Brasil se vivió aquella final con esperanza pero también con un gran sentimiento de desconfianza, la decepción de Brasil 50 y el papel jugado en Suiza 54, provocaba la duda en el pueblo brasileño, que recibió con desasosiego la noticia de aquel gol al minuto tres de partido, cuando Liedholm cambió el guión con un disparo duro y seco con el que batió a Gilmar a pase del veterano Gren. Afortunadamente para tranquilidad brasileña tan solo seis minutos más tarde, ‘la alegría do povo’ Mané  Garrincha, dejó clavado a un defensor y puso un balón medido, que aprovechó Vavá entrando de forma inapelable para establecer el equilibrio.

Un equilibrio que se difuminó a medida que Didí y Zito se apoderaron del juego para que Pelé y Garrincha establecieran la diferencia. Pelé hizo temblar la meta de Svensson con un lanzamiento al larguero y ‘el ángel de las piernas torcidas’ apareció por segunda vez, para en el minuto 32 de la primera mitad, internarse por banda y ponerle el segundo gol a Vavá. Así concluyó el primer acto, con un progresivo y cada vez más intenso acoso brasileño sobre la meta de Svensson, guardameta que aún no era consciente de que se encontraba a tan solo unos instantes de ser testigo directo de la genial acción que constituyó en sí misma uno de los Pasajes de la historia del deporte y el fútbol:

Minuto 58, Pelé recibe con su pecho ávido de gloria un balón aéreo en el corazón del área, lo baja cayendo con ritmo y suavidad para ganarle la partida a su par, luego lo deja botar y salva a Axbom con un sombrero estratosférico, la pelota se eleva por encima en una ascensión que transcurre como placer ingrávido y desciende decidida a tocar el pasto, pero Pelé sin dejarla caer, la ciñe a su bota derecha y volea al fondo de las mallas del meta Svensson, en las que el mundo estalla y destella sus flashes de leyenda.

El público asistente que jamás ha visto una acción así, un sombrero, una gambeta de tal grandeza, se rinde al genio y le tributa una ovación a aquel insolente pero maravilloso futbolista que acaba de hacerles el traje sastre perfecto de la elegancia. El cuerpo airoso, flexible y esbelto, la nota alegre del fútbol sobre traje negro, una genialidad consumada sobre el cielo de Estocolmo, donde el don del fútbol se materializa ante la mirada atónita de 51.800 suecos. Son los ojos del ayer, del fin y del comienzo, pues el Rasunda Stadion de Solna acaba de presenciar el final de una era para dar bienvenida a otra, en la que un nuevo Rey sentirá el mundo rodar bajo sus pies descalzos con la alegre generosidad del lucero.

Con dos goles más Brasil certifica su entrada en la leyenda, el cuarto en el minuto 68 de tiro cruzado y obra de Zagallo y el quinto en el noventa, por obra y gracia de Pelé, que con un gran testarazo demuestra su dominio de todas las artes del remate y el juego.

Pelé, lo festeja entre sollozos que cobran sentido al recordar aquellos lloros de su padre ocho años atrás. Dondinho ya tiene su copa, acaba de nacer una leyenda del fútbol. “Yo tenía sólo 17 años cuando el rey de Suecia bajó  de su trono y avanzó hasta el centro del campo a estrecharme la mano. Todo aquello parecía un sueño“.

Dos monarquías frente a frente, la del monarca sueco Gustavo VI Adolfo frente a la de Pelé, nuevo monarca del fútbol, aquel que dejó su firma en un inolvidable e histórico 58.