Pasaje 9: Smokin Joe: "Thrilla in Manila"

Un blues del color de las violetas húmedas suena en Filadelfia para despedir a Joseph William Frazier, aquel que zarpó en el río morado de una señora sin rostro a la que miró cara a cara por segunda y última vez.

Pasaje 9: Smokin Joe: "Thrilla in Manila"
Pasaje 9: Smokin Joe: "Thrilla in Manila"

Nacido en la rural Beaufort, el pequeño Joe pasó su infancia en uno de los barrios más deprimidos de Carolina del Sur. Sumido en la más absoluta de las pobrezas no conoció a cuatro de sus siete hermanos porque estos no sobrevivieron a las duras condiciones de vida a las que se tuvieron que enfrentar. Su padre que había perdido un brazo hizo todo lo que pudo por sacarlos adelante, pero tuvo que recurrir a la ayuda de sus hijos para conseguir el sustento familiar.

En aquel inhóspito entorno y trabajando más de doce horas diarias en una plantación fue curtiendo sus manos de acero. Luego llegaba a casa y soltaba toda su rabia contenida sobre un saco de arpillera lleno de ladrillos, trapos, musgo y mazorcas de maíz, que él mismo había construido y que colgaba del árbol de la marginación y la pobreza. Aquel saco que golpeó una hora diaria durante los siguientes seis años representó su principal vía de escape, aquella con la que soñó desde el primer instante en el que vio por televisión un combate junto a su padre.

Cuentan que ya por aquel entonces en sus ojos de fuego la rebeldía se prendía de rabia y maldecía su propia existencia dando pasos hacia el abismo mortal de un gancho de izquierda. Su cuerpo moldeado por la pobreza pero cincelado por la mano de un titán aprendió a no retroceder, por ello con 16 años partió de casa con dirección al norte a Nueva York y luego a Filadelfia, donde encontró trabajo en la Cross Bros, una compañía de embalaje de Carne en Kensington. Se casó con Florence, su gran amor y en aquel matadero, comenzó a transformar su cuerpo moldeado por el hambre y un saco de arpillera en un pequeño pero fibroso mastodonte. En aquella época aquel chaval que desde pequeño soñó con ser boxeador profesional comenzó a frecuentar un gimnasio de la  policía (Police Athletic League) en el que un sargento le presentó a uno de los personajes más influyentes de su carrera: Yak Durham. Durham era un veterano entrenador que pronto vio condiciones en aquel joven de Beaufort, al que bautizó con el sobrenombre de Smokin Joe y al que dio sus primeras lecciones de boxeo.

Su cuerpo moldeado por la pobreza pero cincelado por la mano de un titán aprendió a no retroceder jamás

Joe se hizo un nombre y ganó tres Golden Gloves, además de la medalla de oro de los JJOO de Tokyo en 1964. En 1968 y por una serie de combates de eliminación se hizo con el título mundial de los pesos pesados. Fue reconocido como campeón mundial por la Comisión de Boxeo de Nueva York. Alí que había sido desposeído del título en 1967 por sus problemas con el gobierno y su negación a acudir a la Guerra de Vitenam, encontró en Frazier a su sucesor, pero el título así ganado no fue universalmente reconocido, por lo que Frazier tuvo que derrotar a Jimmy Ellis para convertirse en el campeón indiscutido de la categoría.

La guerra encarnizada entre el de Louisville y el de Beaufort traspasó las fronteras del deporte y el boxeo. Frazier era el campeón oficial pero Ali era el campeón moral; vetado en las dieciséis cuerdas, en toda la comunidad pugilística flotaba la sensación de que la corona aún le pertenecía. Una circunstancia que aprovechó el de Louisville para emprender su devastadora guerra psicológica sobre Smokin Joe. La lenguaraz personalidad de Ali dio rienda suelta a su desvergüenza y definió a Frazier como gorila y “Tío Tom”. Ali hizo todo lo posible para desestabilizarle, pero Frazier supo enojar sutilmente al volcán de Lousville llamándole por su nombre original (Cassius Clay), y refiriéndose a él como el prófugo. “Me dedicaré al Rock hasta que este Ali o Clay, o como demonios se llame, se suba al ring conmigo”, dijo Frazier.

Ambos representaron mucho más que a dos iconos del boxeo, representaron una era y a una de las más profundas grietas del pueblo norteamericano. Frazier era un campeón y Ali era un héroe. Joe era un tipo ordinario, mientras que Ali era un tipo excepcional.... La gente no tuvo otra opción que alinearse a un lado u otro. Así un 8 de marzo de 1971, el Madison Square Garden acogió el considerado por los libros de historia del boxeo como el “Combate del siglo”:

 En el centro del ring el árbitro intenta recordar las reglas pero los púgiles no escuchan, se despedazan con sus miradas y palabras: “Eres un zoquete” le espeta Ali a Frazier, Frazier responde “Te voy a matar”.

En una esquina, Smokin Joe, un púgil tosco y pequeño para la categoría de los pesados, (medía 6 pies de altura) que compensaba la citada inferioridad con un ataque poderoso, demoledor y constante. Frazier lanzaba muchos más golpes que la mayoría de los pesos pesados, era un martillo pilón, siempre dando pasos adelante. Poco antes de protagonizar el primero de los tres épicos combates ante Muhammad Ali, la revista Time le definió como una especie de Rocky Marciano motorizado. Fue entonces cuando Alí conoció al que seguro fue su más duro rival, un tipo que jamás daba un paso atrás. Su gran arma era su ofensiva constante, cimentada en una exhaustiva preparación. Frazier casi no guardaba la distancia, abrumaba a sus rivales sin dejarlos respirar, lanzando su destructivo gancho de izquierda.

En la otra esquina Muhammad Ali, ligero y elegante como el vuelo de una pluma. Un genio que encontraba su mejor defensa en la rapidez, aquella insólita habilidad para calibrar el golpe del adversario y apartarse lo justo para que no le acertara, devolviéndolo de inmediato. Una eléctrica devolución cimentada en la envenenada trayectoria de sus golpes de izquierda, en aquellas vueltas de puntillas con sus manos colgando. Talento, velocidad, pegada y encaje, un genio que en alguna que otra ocasión hizo gala del “rope a dope”, una estrategia que consistía básicamente en apoyarse en las cuerdas y dejarse golpear hasta cansar al otro y en cuanto percibía una apertura, lanzar un contraataque, por tanto también inteligente sobre el cuadrilátero.

Fueron quince asaltos para la memoria de los espectadores, la extenuación e historia del boxeo, quince campanadas acompañadas por golpes que ningún ser humano hubiera soportado y que solo dos fenómenos de la naturaleza como aquellos hicieron posible. En el asalto quince y con ambos púgiles al borde del desmayo, Frazier soltó un demoledor gancho de izquierda que hizo besar la lona al de Lousiville. Un instante para la leyenda del boxeo que convirtió a Frazier en el primer púgil en derrotar a Ali, aunque no el primero que le hacía besar la lona (el inglés Henry Cooper lo consiguió con anterioridad).

Frazier se convirtió en campeón oficial y moral de pleno derecho, ambos púgiles fueron hospitalizados tras la pelea y Joe, no pudo volver al ring hasta diez meses después. Dos años después ‘Smokin’ Joe perdió el título ante otra leyenda del boxeo como George Foreman, y ya no volvió a reconquistarlo. En cualquier caso nadie podrá olvidar aquellos duelos con Ali, con el que protagonizó otros dos enfrentamientos. El segundo, el 28 de enero de 1974, un combate en el que Ali se tomó la revancha enviando a la lona a Frazier en el asalto número diez. Aunque el enfrentamiento del Madison Square Garden fue catalogado como el "Combate del Siglo", para los grandes amantes del boxeo el mejor fue el tercer duelo que protagonizaron en Manila, dentro de una gira de mundial de combates que hicieron en 1975.

Un brutal combate en Quezon City que pasó a la historia con el sobrenombre de "Thrilla in Manila ", el considerado por Ali como combate más duro de su vida. Cuentan que ambos púgiles saltaron a las dieciséis cuerdas dispuestos a morir y ambos coincidieron en que fue la ocasión en la que estuvieron más cerca del abismo. Frazier que no conocía los pasos atrás peleó prácticamente ciego, pero avanzando como siempre, con la fuerza de una montaña, encajando los golpes prodigiosos de Ali y soltando su demoledora mano izquierda para teñir de rojo épico la lona de la leyenda. Ambos se sometieron al posiblemente más duro castigo de la historia del deporte, una soberana paliza de la que salieron seriamente tocados en su salud. Frazier quedó prácticamente ciego y Ali dañó seriamente su salud provocando los problemas que le acompañaron durante el resto de su vida.

Norman Maller narró los catorce asaltos que duró la pelea, hasta que un gancho de izquierda de Ali reventó el mentón de Frazier y levantó la primera fila del ‘ringside’, donde Sinatra ‘la voz’ quedaba mudo por primera vez. El protector bucal saltó por los aires y la mirada perdida de Joe hizo reflexionar a Eddie Futch, (preparador de Frazier), que exclamando la siguiente frase: “Nadie olvidará jamás lo que hiciste hoy aquí", lanzó la toalla al aire impregnado del hedor sanguinolento del dolor y las lágrimas secas.

Futch le acababa de salvar la vida, en la otra esquina Angelo Dundee, (preparador de Ali), respiraba aliviado con la toalla apretada entre sus manos, mientras el campeón de Louisville balbuceaba a través de su protector: “Quitadme los guantes no puedo pelear un solo segundo más”.  Ali al borde del colapso no daba crédito a lo vivido, no comprendía como aquel tipo de Beaufort, medio ciego, había dado pasos adelante hasta el último instante.

Un puñado de huesos quebrados y dos sombras dolientes desplomadas dibujaron una danza mortal reflejada en sus rostros cadavéricos, caras hinchadas por el silencioso susurro de la muerte. La gloria para el de Louisville y el olvido para Frazier, que como siempre siguió dando pasos adelante para superar la derrota y vencer a la pobreza y el olvido hasta el último de sus días. Aquel en el que un blues del color de las violetas húmedas sonó en Filadelfia para despedir a Joseph William Frazier, ese que zarpó en el río morado de una señora sin rostro que con su mueca espectral le hizo caer a la lona y le miró cara a cara por segunda y última vez.