Pasaje 10, 22 de junio de 1986, México creyó en los milagros de D10S

Una mano que se eleva hasta tocar el cielo; una carrera endiablada que bajó a los infiernos a la Pérfida Albión; un silencio estremecedor; la música clásica de la conducción de Diego y una legendaria narración. La vida está compuesta por sueños y es la posibilidad de realizarlos lo que hace que ésta sea interesante. Por atrevido que se precie, nunca se ha desistir en él, tan solo encontrar las señales que te pueden ayudar a alcanzarlo.

Pasaje 10, 22 de junio de 1986, México creyó en los milagros de D10S
Pasaje 10, 22 de junio de 1986, México creyó en los milagros de D10S

Ubicada en el sur de Buenos Aires, la ciudad argentina de Villa Fiorito colinda con la despampanante capital argentina. Un simposio de contrastes dibuja la diferencia entre ambas ciudades. La delincuencia y la contaminación marcan la divergencia con la imagen de pequeños cancheros ilusionados jugando en los potreros, sobre asfaltos empedrados que hacían desgastar las suelas de su calzado, dignificando la esencia cultural y costumbrista que marcan los rasgos de la raza argentina. Siendo crío, tan solo hay dos posibilidades de avanzar hacia delante en un barrio desnudo de cualquier privilegio: la fechoría como modo de crecimiento o el deporte como alternativa para seguir avanzando. Un pequeño, de tez blanquecina, pequeña estatura, piernas frágiles y pelo rizado con media melena que ocultaba su mirada penetrante, destacaba por encima de todos los niños que olvidaban las penurias de sus humildes familias. Una sonrisa se dibujaba de forma eterna en su rostro; el balón, como fiel amigo, acompañaba a nuestro protagonista en cualquier nueva aventura que se preciase. Se hacía llamar Diego, de apellido Maradona y con corazón bostero.

Una sonrisa se dibujaba de forma eterna en su rostro; el balón, como fiel amigo, acompañaba a nuestro protagonista en cualquier nueva aventura que se preciase.

La infancia de Diego no fue un sencillo pasaje. "De tanto agujeros que tenía en mi casa de Fiorito llovía más adentro que afuera", recuerda. Pero las miserias no eran motivo de peso ya que la pelota, aquella que alegó no deber mancharse nunca, era su refugio, su único pilar por el que merecer preocuparse. Observado por numerosos scoutings de Argentina, Maradona seguía divirtiéndose, sin atenerse a las miradas curiosas, por el refresco y el sándwich de turno con un objetivo que atisbaba su horizonte: “Mi primer sueño es jugar el Mundial. Y el segundo, salir campeón en el Mundial”, confesaba con tan solo 14 años de edad, demostrando una habilidad y técnica envidiable. Dicho y hecho. ¿Su misión? Lanzarse a por el estrellato. Su temprana superioridad le elevó a debutar en Primera con 16 años. “A la edad de los cuentos escucha ovaciones”, titulaba la prensa argentina en recuerdo de ese día. Un fenómeno había nacido en y para Argentina; consciente de su genialidad, quiso devorar  mundo con la idea de hacer real su sueño preadolescente. “De un golpe salí de Fiorito y fui a parar a la cima del universo. Allí me las tuve que arreglar yo solo”, explicó. Le esperaban grandes retos: vestir, con su ayuda, de oro a su patria.

Su temprana superioridad le elevó a debutar en Primera con 16 años

México se vestía de gala para albergar la cita mundialística de 1986. Consagrado en Europa, Maradona comenzaba a escribir su historia de forma coetánea junto al Nápoles. Los dirigentes del club vieron un filón en su figura para captar nuevos jugadores que les hiciese luchar hasta el final por el título. Además de ser básico en el esquema, el 10 añadía raza y orgullo. Maradona llegaba al Mundial de México 1986 en un estado de gracia que se contraponía con el rendimiento de Argentina en la preparación previa al Campeonato del Mundo. “Muchachos, lleven traje y sábana blanca. Si ganamos, volvemos de traje; si perdemos nos vamos a Arabia”, avisaba Bilardo a sus jugadores.

22 de junio de 1986, estadio Azteca, ante la atenta mirada de casi 115.000 espectadores. Argentina se había paseado hasta entonces por la competición. Pero no todo iba a ser coser y cantar. La selección dirigida por Bilardo tendría que hacer frente a una de sus mayores pesadillas: Inglaterra, con la que había perdido sus dos enfrentamientos anteriores (1962 y 1966), con un trasfondo frágil por la pérdida de las Islas Malvinas en 1982. Algo más que un partido de fútbol, una cuestión política y de orgullo. Y es aquí donde se disfrazan los héroes.

A pesar de haber pasado 4 años, el suceso aún estaba muy reciente en la memoria de los argentinos. “Antes del partido decíamos que el fútbol no tenía que ver con la Guerra de las Malvinas”, rememora Maradona. “Sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que nos habían matado como pajaritos y esto era una revancha, era recuperar algo de las Malvinas. No hacíamos otra cosa que pensar en eso. ¡Un carajo que iba a ser un partido más!”, se desdecía el ‘10’ posteriormente. Y así fue. El partido comenzó con garra pero pronto Maradona cogió la batuta para dirigir a sus compañeros. Las cabriolas de Diego con el cuero en los pies atormentaba a la defensa inglesa que empleaba un juego sucio para detener sus acometidas. La estrategia de Inglaterra daba resultado y mantenía el empate al término de la primera mitad.

“Muchachos, lleven traje y sábana blanca. Si ganamos, volvemos de traje; si perdemos nos vamos a Arabia”.

Corría el minuto 51 de partido. Maradona, referencia en el juego, agarraba el balón en el extremo izquierdo del campo rival, se deshacía de hasta 4 defensores y lo deslizaba hacia Jorge Valdano. El control orientado no fue el adecuado y Steve Hodge, con un despeje, mandaba el cuero al cielo. La progresión en la carrera de Maradona, que buscaba la pared con su compañero, no se había detenido. Y en ese momento, 115.000 bocas hicieron el silencio. Un jugador que apenas superaba el 1,70 metros de altura se elevaba entre el cielo mexicano, retando a la gravedad. En ese mismo instante, un salto acumulaba multitud de recuerdos: recuerdos de la infancia donde soñaba jugar un Mundial, memorias de todo el sudor acumulado en su camiseta por ser el mejor y un brinco que castigaba el orgullo de lo político, que aún intentaba cicatrizar heridas del pasado. Una estampa difícil de borrar, vinculado a los éxitos y fracasos de Maradona; un instante en el cual Diego Armando Maradona pudo hablar cara a cara con Dios.

Una acción que queda marcada para los anales de la historia, una jugada que no avergüenza al astro del fútbol mundial. “Dentro de poco dirán que tengo que pedir permiso para regatear a un rival”, decía con atrevimiento a aquellos que le acusaban de tramposo. Un periodista irlandés le apodó como “el balonmanista mejor pagado de la historia”, pero estos calificativos no le impidieron hacer magia tres minutos después sobre el tapete verde del estadio Azteca…

 Aún perplejos por el gol, el respetable dividía sus opiniones entre una acción que roza la genialidad y la picaresca o un salto que denigraba el fair play. El reloj marcaba el minuto 55 cuando el ‘Negro’ Enrique se apoyaba sobre Maradona en su propio campo. En 11 segundos, el 10 de la albiceleste fue ganando metros mientras los aficionados, esos aficionados que no sabían si rendirse ante él o llenarlo de insultos, se levantaban de sus butacas al ritmo que Maradona iba dejando ingleses por el camino. Uno, dos tres, cuatro y hasta cinco rivales intentaban darle caza con empujones, agarrones y patadas al tobillo al ‘barrilete cósmico’, pero no había nadie que pudiera detenerle en su carrera para evocar su sueño preadolescente: “Mi primer sueño es jugar el Mundial. Y el segundo, salir campeón en el Mundial”.

Ese sector aún indeciso de idolatrar a Diego terminó de convencerse de que la magia de Dios terminó por descender y mostrarse en público en el Azteca. La jugada fue nombrada como “el gol del siglo”, “la jugada de todos los tiempos”. Toda argentina quería abrazar, besar y mantear a Maradona ese día. Todos menos uno. “Fue una obra demasiado personal como para ir a felicitarle”, recuerda Jorge Valdano. Si el gol es guardado en un sector de la memoria por todo amante del fútbol, igual de memorable es la narración de esa maravilla plasmada sobre el campo. Víctor Hugo Morales, periodista de origen uruguayo, impactó a los oyentes con su relato sincero, cargado de sentimiento y emoción, con el corazón en un puño y la garganta entrecortada mientras las lágrimas se dejaban caer por sus mejillas.

“Es el gol soñado”, sonreía Maradona. “Yo en Fiorito soñaba con algún día hacer un gol así en la canchita con el Estrella Roja y lo hice en un Mundial, para mi país y en una final”. No, Maradona no se equivocó de escenario al pronunciar dicha palabra: “Fue una final por todo lo que representaba para nosotros”.

Argentina derrotó a Inglaterra por 2-1 y pasó a semifinales donde derrotó a Bélgica por 2-0, con dos goles de Diego. Mismo escenario y mismo aforo que en “la otra final”. El rival era la Alemania Federal dirigida por el ‘Kaiser’ Beckenbauer. Brown y Valdano pusieron el 2-0 en el marcador, pero los aguerridos alemanes no dieron el partido por perdido en ningún momento y pusieron las tablas a 10 minutos del final. Diez minutos para acariciar el sueño preadolescente de Maradona. Diez minutos para llevar el barco al puerto donde el oro estaba escondido a la espera de que el alma de aquel pequeño de tez blanquecina, piernas frágiles y pelo rizado con media melena que ocultaba una mirada penetrante se hiciese con el botín. Burruchaga puso el definitivo 3-2 en el minuto 83 y Argentina se proclamó con su segundo Mundial con Maradona al frente.

En la actualidad, todo niño sueña con ser astronauta o futbolista. La mayoría juegan sobre hierba fresca con lujosas equipaciones y botines que emulan al de sus ídolos.  Manuel Alcántara, escritor y periodista, decía que “los futbolistas son los únicos profesionales que exigen ser recompensados por cumplir con su deber”. Diego Armando Maradona sabía cuál era su deber: “Salir campeón en el Mundial”.