Pasaje 11: Hassiba Bulmerka, horizonte sin velos

Pasaje 11: Hassiba Bulmerka, horizonte sin velos

En la lontananza de la atleta argelina no había sólo una línea de meta, sino la recompensa de quien en la pesada mochila de sus sueños, carga también con la libertad, la suya y la de muchos otros. Al final de aquellos 1.500 metros que la encumbraron bajo el cielo olímpico de Barcelona 92, las voces que más fuerza le dieron fueron precisamente aquellas que no podían oírse. Voces acalladas por el miedo, miradas de oculta esperanza tras la borrosa visión de un velo que Hassiba rasgó al cruzar la meta con el oro en una mano y la mejor marca del año en la otra.

La grandeza del verdadero deporte reside en que aquellos que lo practican, que lo viven, lo sienten y lo entienden como parte esencial de su propia vida, no se conforman con ganar. Su lucha va más allá, pelean por entrar en la historia, por dejar su impronta en un mundo que los recordará siempre. Su anhelo es pues la eternidad. La lucha de Hassiba Bulmerka iba aún más allá. Su infinitud se sustentaba en su propio sueño, ser una gran atleta, pero entre sus brazos abarcaba el anhelo de buena parte de una sociedad atenazada y sometida, cuya tiranía ella misma desafió.

Nacida en Constantina (Argelia) el 10 de julio de 1968, ya de pequeña tenía claro que sus pasos discurrirían, de forma inevitable a través de una pista de atletismo. No tardó en especializarse en pruebas de media distancia y de empezar a competir, primero en su país y más tarde en diversos campeonatos a nivel continental. Ya con 20 años conquistó la gloria en los 800 metros en los Campeonatos de África celebrados en la ciudad de Annaba y un año más tarde, en 1989 venció en la distancia que más adelante la catapultaría a la cima de su carrera deportiva, los 1.500 metros, de nuevo en los Campeonatos de África, celebrados esta vez en Lagos.
 
Los Juegos Olímpicos de Seúl supusieron su salto a la primera gran competición internacional de su carrera. Un debut más bien discreto (no pasó de la ronda de eliminatorias) puso a prueba su capacidad de reacción, su mentalidad, su fortaleza pero el destino, groupier de circunstancias, ignoraba que para Hassiba aquella decepción sólo supondría una roca en su camino, que utilizaría para empezar a construir su particular leyenda. Su carácter perseverante se sobrepuso de inmediato y Hassiba trabajó incansable con el firme objetivo de volver a intentarlo. 
 
1991 la vio consagrarse con la medalla de oro en los 1.500 metros en los Campeonatos del Mundo de Tokio. Aquella victoria supuso el logro de una de esa metas que se fija un verdadero deportista, esas que perpetúan su nombre, no en vano Hassiba era la primera mujer africana en conquistar un título mundial, una enorme recompensa, fruto de un constante trabajo. Pero de igual modo aquella victoria abrió un camino de sensaciones antagónicas paralelo a su triunfo. La gesta alcanzada la puso en el punto de mira, de unos y de otros. Por un lado aquellos que admiraban el vuelo de sus zancadas por la pista; por otro aquellos que trataban de apresarlas en las jaulas del prejuicio, la amenaza y el miedo. Los grupos fundamentalistas islámicos trataron de intimidarla con continuas amenazas de muerte por correr en pantalón corto y por negarse a utilizar el velo en actos públicos. La gravedad de la situación la obligó a modificar su lugar de residencia y trasladarse a Francia. A partir de aquel momento necesitó protección durante todos sus entrenamientos y competiciones.
 
No obstante la respuesta de Hassiba ante las amenazas no se hizo esperar: frente al miedo, valor; frente al ahogo de la extorsión, el soplo fresco de la libertad, frente a la amenaza y el miedo, el empuje y la superación. La argelina se presentaba en los Juegos Olímpicos de Barcelona con el firme reto de no repetir lo de Seúl. Sus buenos resultados y el oro de Tokio la presentaban como una de las favoritas. Aquel 8 de agosto de 1992 los 55.000 espectadores del Estadio Olímpico de Montjuic serían testigo de su gran logro, la escenificación de su victoria frente a algo más que sus rivales, sobre la pista de los 1.500 metros. 
 
Decía el empresario E. Joseph Cossman que "los obstáculos son esas cosas horribles que ves cuando apartas la mirada de la meta". Hassiba Bulmerka hubiera podido ver multiplicados sus obstáculos si hubiera apartado los ojos de una meta que se vislumbraba lejana, mucho más incluso que la línea de llegada. Sus ojos oscuros reflejaban el anhelo de una superación que llevaba implícita una pesada carga pero también una profunda satisfacción. Cuando la rusa Lyudmila Rogachova divisaba ya la línea de meta a 200 metros del final, muchos pudieron pensar que a Bulmerka le pesaba en demasía la condena a muerte que la G.I.A argelina había sentenciado sobre ella pero incluso el tiempo debió detenerse, absorto, cuando Hassiba le robó unos segundos de oro para cruzar la meta con el récord del año bajo el brazo. La rabia estalló tras la proeza, consciente de todo cuanto aquello significaba. Ante el silencio de la esperanza muda, el grito desgarrador de la victoria por sobre todas las cosas. Hassiba se convirtió en la primera atleta musulmana en conquistar un oro olímpico.

El oro de Barcelona se convirtió en un bronce durante el Campeonato del Mundo de Stuttgart de 1993. La gesta de sus últimas olimpiadas ya no se repetería y su rendimiento bajaría considerablemente en contraste con su espíritu combativo, que no entendía de límites. Sabedora de que deportivamente había gambeteado en el Olimpo, también era consciente de que para las mujeres de su país aquel fue un gran paso, un importante paso pero sólo uno en un largo camino donde quedaba mucho por batallar. Sin embargo, Hassiba no quería que su luz se apagase lenta y paulatinamente, convirtiendo en nostálgico recuerdo lo vivido y convirtiendo en un murmullo sus reivindaciones de libertad. Emulando lo vivido en su gran momento, cuando nadie creía posible su victoria, la argelina hizo acopio de fortaleza y su último arreón llegó, como no podía ser de otra manera, en forma de medalla de oro. Sucedió en los Campeonatos del Mundo de Gottenburgo en 1995 y así, como una explosión de luz en medio de la penumbra, como el tenaz recordatorio de quien porta un mensaje demasiado importante para permitirle enmudecer entre las fuaces del tiempo voraz, Hassiba rubricaba un nuevo éxito.
 
Sus triunfos parecían recibirse como nuevos desafíos por parte de aquellos que no habían dejado de amenazar su vida. En ese último Mundial, Hassiba tuvo que ser sacada de la villa en la que residían los atletas y trasladada a un hotel con la protección de agentes de seguridad que se disfsrazaban de entrenadores para pasar inadvertidos. Las amenazas provenían del Grupo Islámico Armado Argelino. Aquel mismo año la atleta fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes, ya no sólo por su carrera deportiva, sino por su lucha en favor de las mujeres de su país.
 
Aún participaría en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996 pero la argelina caería eliminada en semifinales. Su ausencia en los Campeonatos del Mundo de Atenas 1997 fue el presagio de una próxima retirada, algo que llegaría al final de aquella misma temporada. No obstante, y pese a vivir alejada de las pistas de atletismo, donde sus victorias son hoy un férreo recuerdo, bases inamovibles de la esperanza y la lucha sin margen para el miedo, Hassiba no ha hecho sino modificar su particular "campo de batalla". Tras su retirada pasó a formar parte del Comité Olímpico Internacional, en cuyo seno continuó siendo una inagotable luchadora en pos de los derechos de la mujer. El sueño de esta atleta argelina sigue latiendo tras su retirada porque por encima de grabar a fuego su nombre en las doradas páginas del deporte, su mayor anhelo fue y sigue siendo, que desde la libertad, el respeto y la igualdad, otras muchas mujeres  puedan escribir el suyo.