Pasaje 12: La Perestroika sobre un tablero de ajedrez

Fue un zugzwang histórico. Una muerte agónica de un tiempo y un estilo, de una forma de entender el mundo y el ajedrez, que contó incluso con alguna resurrección memorable. Guiños del destino de una época crepuscular que alumbró a dos reyes del tablero unidos por un zugzwang. Un movimiento devastador y silencioso a la vez, una situación en la que cualquier movimiento que realice un jugador significará empeorar su situación. Haga lo que haga dará un paso atrás, que no le supondrá la derrota directa, pero sí le acercará a ella. En ese abismo que marca siempre la derrota se dirimió la historia entre Anatoli Karpov y Gary Kasparov, posiblemente los dos más grandes maestros que jamás se hayan enfrentado sobre un tablero de ajedrez.

Pasaje 12: La Perestroika sobre un tablero de ajedrez
Pasaje 12: La Perestroika sobre un tablero de ajedrez

Nunca antes ni después, la ajedrez despertó tanto interés en el planeta.Y es que fue ésta una rivalidad que saltó más allá del tablón blanquinegro para convertirse en una de las batallas más hermosas y exigentes de la historia del deporte. La doble K frente a frente transformó el ajedrez mientras dividía a un país que por aquel entonces era un continente. Karpov y Kasparov transformaron sus partidas en una cuestión política, en una reválida continua de dos generaciones enfrentadas. Esas dos miradas huidizas y desafiantes se odiaban tanto como se necesitaban.

Anatoli Yevgénevich Kárpov nació en Zlatoust (Rusia), en el corazón de los montes Urales, en 1951 durante los últimos años del régimen de Stalin. Criado en el seno de una familia humilde, aprendió a jugar al ajedrez con cuatro años y pronto ésta se convirtió en la válvula de escape de su físico endeble. 12 años después, en 1963, nacía Garri Kimovich Veinshtéin en Baku (capital de la República Soviética de Azerbaiyán). Hijo de padre judío y madre armenia el primer revés le llegó con apenas siete años. Tras la muerte de su padre, adoptó el apellido armenio de su madre, Kasparián, aunque en una versión rusificada, Kasparov. Un nombre y un apellido quedaron ineludiblemente ligados a un tablero de ajedrez por el empeño materno de Clara, la madre de Gari, quien desde entonces se propuso convertir a su hijo en Campeón del Mundo de ajedrez.

Ambos, Karpov y Kasparov, fueron campeones prematuros cuando todavía eran Anatoli y Gari. Ambos ganaron torneos reservados a grandes maestros a muy temprana edad y se encontraron, no por casualidad, un lejano día de 1975 en Leningrado. Karpov (24) doblaba la edad a Kasparov (12) mientras disputaban una partida simultánea de exhibición. Para entonces Karpov ya se había hecho un nombre ganando a varios ex campeones mundiales, mientras que Kasparov era un jovenzuelo  que puso en aprietos al futuro Campeón del Mundo. Gari terminó perdiendo, pero lo que ninguno de los dos sabía entonces es que acaba de nacer una rivalidad con mayúsculas.

 Karpov y Kasparov transformaron sus partidas en una cuestión política

Poco después de aquello Anatoli Karpov se convertiría en la gran baza soviética para recuperar el cetro mundial del ajedrez. El maestro soviético liga su nombre al Gobierno que ve en él un ejemplo para los jóvenes de su país, el héroe ruso con el que dar un nuevo golpe moral en la interminable guerra fría. En ese planeta bipolar que era también el ajedrez el gran cerebro soviético se va a enfrentar al prodigio americano, a Bobby Fischer, el defensor del título, pero ese combate no se produce. Fischer, atormentado, no se presenta y Karpov se proclama por decreto Campeón del Mundo de ajedrez en 1975.

Su dominio se extendería nueve años más sobre el tablero, hasta que se reencuentra con Gari, convertido ya en el Ogro de Baku. Kasparov aspira con 21 años por primera vez al título mundial y el deporte comienza a delimitar las fronteras mucho antes de que lo hiciera la historia o la política.

A un lado de la mesa se sienta el campeonísimo, Anatoli Karpov, un ruso de raza pura capaz de comprender la esencia de cada posición del ajedrez, capaz de convertir una mínima ventaja con un trabajo artesanal, capaz, en definitiva, de sacar agua de una piedra. En la silla de enfrente se reencuentra con Gari Kasparov, el aspirante, un especialista del ataque en tromba que representa las fuerzas de la naturaleza volcada sobre un tablero de ajedrez. La lucha entre el jugador alineado con el Gobierno soviético contra el símbolo de la nueva era ha comenzado.

Y arranca de manera inmejorable para Karpov. Su primer duelo por el campeonato mundial se disputa el 10 de septiembre de 1984 en Moscú. En un sistema de juego sin precedentes no cuentan las tablas, no existen límites de partidas y ganará el primero que alcance las seis victorias. La Sala de Columnas es el lugar escogido para comenzar una historia de la que ya conocemos su preámbulo. Karpov arrasa tras 9 partidas y el marcador no puede ser más contundente, 4-0. En la partida 27 alcanza el 5-0, y en la 31, Kasparov está a punto de ser aniquilado.

Pero el Ogro de Baku se rehace y en la partida 32 sube el 5-1 al marcador. Posteriormente, Kasparov ha reconocido que empezó ese campeonato con escasos conocimientos de los puntos débiles de su rival. El torneo se alarga y se llega hasta abril de 1985 gracias a la resistencia del azerí Kasparov que alcanza las tres victorias. En ese momento Karpov duda, ante un cansancio más psicológico que físico.

Con ambos contendientes enrocados en un callejón sin salida, el establishment ruso decide actuar y presiona a la Federación Internacional de Ajedrez para que tome una decisión. Su presidente, Florencio Campomanes decide cancelar el torneo un día antes de que se cumplan seis meses desde su inicio y 48 partidas después. Afirma que no desean convertir el torneo en una prueba de resistencia, a cambio estalla el escándalo y las acusaciones transitan de uno al otro lado del tablero.

Kasparov con 22 años se convirtió en el campeón del mundo más joven de la historia

El coitus interruptus se reanudó más de seis meses después, de nuevo en Moscú, en el Teatro Tchaikovsky. En esta segunda ocasión se opta por un sistema de juego clásico en el que ganará el mejor a 24 partidas. El teatro está tan lleno como dividido, en una mezcolanza de rusos, armenios y azeríes donde la emoción y la tensión recorre desde la primera hasta la última fila del patio de butacas. Karpov que juega con blancas está más cerca de la victoria pero su perfil conservador y el tiempo le juegan una mala pasada. Cuando descubra su error será demasiado tarde.

Estamos en la partida número 16, después de 25 movimientos beligerantes y con muchas piezas sobre el tablero. Kasparov está a punto de acorralar a su contrincante y tal vez, ni siquiera él lo sabe. El zugzwang, ese movimiento paralizante y angustioso para el rival está a punto de producirse, un desplazamiento sencillo, un alfil que se mueve a D3 y la agonía lenta se inyecta vía intravenosa hasta condenar a Karpov a moverse en espacios cada vez más reducidos, ahogándose en sus propias jugadas. El maestro soviético terminó claudicando en el movimiento 40, tras uno de los momentos más apasionantes de la historia del ajedrez. Kasparov de 22 años de edad se convertía en el campeón del mundo más joven de la historia. Fue la alegría más grande de su vida, pero también fue algo más.

Ya tenían un símbolo, porque ese gesto espontáneo y directo, esos brazos levantados al aire no solo  destilaron alegría y júbilo. Kasparov se convertía en la imagen del cambio, en el mejor embajador de la nueva URSS que entre bambalinas ya diseñaba Mijail Gorbachov. El nuevo Secretario General del Partido Comunista había empezado a hablar de una reconstrucción o Perestroika y el recién proclamado Campeón del Mundo de ajedrez era asociado por muchos como la cara de ese tiempo nuevo.

Alguien definió una vez el ajedrez como un teatro, porque cabe la tragedia, el drama y la comedia. Bien lo sabía Campomanes, que se sacó de la manga una nueva norma por la que el antiguo campeón tenía derecho de revancha al año siguiente. No hubo tiempo de servir fría esa revancha y a pesar del espionaje que se desató entre la corte de expertos que acompañaban a ambos, Kasparov retuvo el título por tan solo una victoria de diferencia.

La doble K volvió a verse las caras en la tierra de Unamuno, quien un día calificó al ajedrez como demasiado para ser arte y poco para ser ciencia. En Sevilla en el otoño de 1987, el Teatro Lope de Vega vibraba con un deporte que jamás había despertado el más mínimo interés en España. Pero la doble K podía con todo, hasta conseguir que más de 13 millones de espectadores se sentaran delante del televisor en nuestro país para ver ese deporte indescifrable. Aquel campeonato mundial quedaría marcado por una nueva gesta de Kasparov, quien llegó a la última partida a merced de Karpov. Pero al metódico jugador ruso se le volvió a escapar el triunfo entre los dedos. Gari lo había vuelto a hacer y la Perestroika avanzaba.

Hubo que esperar tres años para ver el siguiente careo entre los dos ases del este, que no soviéticos, ya que Kasparov se negó a jugar ese torneo bajo la bandera de la URSS. Era una demostración de los nuevos tiempos, un escenario en el que se contraponían la nueva Rusia emergente frente a la vieja escuela soviética. Y la reconstrucción seguía adelante porque Kasparov se alzaba con el triunfo en la última pelea de ambos por el cetro mundial. En un deporte que los ordenadores no eran capaces de desentrañar como lo hacía el intelecto humano, aquello fueron peleas tan duras como las de Frazier o Alí con los puños o las de Mozart y Salieri con los compases.

En las 144 partidas de los Campeonatos mundiales solo hay dos puntos de ventaja de Kasparov sobre Karpov

Una vez más, Karpov dio la cara hasta el final para perder por un solo punto de diferencia. Fue ésta una constante en sus batallas, a pesar de que salvo en el torneo aplazado, Karpov nunca terminó por delante de Kasparov. Lo curioso, por tanto, sucede al comprobar el global. En las 144 partidas de los Campeonatos mundiales solo hay dos puntos de ventaja de Kasparov sobre Karpov.

Una renta exigua, un movimiento que cambia un torneo, una revancha que vale una vida. Karpov la tuvo a los 43 años en el Torneo Internacional de Linares en 1994. Allí firmó una de las mejores actuaciones de la historia, en la edición con mejor participación, en el llamado Wimbledon del ajedrez. Superó a Kasparov por dos puntos y medio, restañó su orgullo de campeón y con esa hazaña demostró también su etiqueta de genio.

Sus partidas continuaron en el tablero de la vida donde Karpov ocupa su tiempo como catedrático de economía de la Universidad de Moscú y tiene una actividad política más relajada que Kasparov. Éste, desencantado con el rumbo que tomó el Gobierno de Putin se convirtió en un feroz opositor. El jaque mate lo evitó por poco en 2007 tras ser encarcelado 5 días. Fue entonces cuando Gari descubrió que el odio se quedó sobre el tablero. Anatoli Karpov fue uno de los que acudió a visitarlo en la cárcel para mostrarle su apoyo humano y quien sabe si para recordar aquellos días en que dibujaban obras de arte, a lomos de sus caballos, blancos y negros desde un tablero de ajedrez.