Pasaje 14: Abebe Bikila, el gen de África

Pasaje 14: Abebe Bikila, el gen de África

Posiblemente todos habéis experimentado la placentera sensación de andar descalzo por el césped, por la arena, de tomar conciencia del contacto con la Tierra, pero correr en pleno agosto por el ardiente negro y afilado asfalto de Roma, poco o nada tiene que ver con una sensación placentera. Así salió Bikila, con aquellos pies descalzos de gacela que durante 2 horas 15 minutos y 16 segundos, ante el abrasador contacto del asfalto volaron por los 42 kilómetros y 195 metros de las calles de la ciudad eterna.

Está demostrado científicamente que la capacidad para aprender nuevas destrezas motoras se halla afectada por la variabilidad en determinado gen, un gen que según la doctora Janine Reis interviene directamente en el factor neurotrófico, aquel que establece los lazos de conexión en nuestro cerebro para la capacidad de aprendizaje y la menor o mayor adquisición de destrezas asociada directamente en la función del hipocampo, una región cerebral que participa en el aprendizaje motor. Por tanto en la habilidad y destreza humana para las actividades deportivas. Una teoría con base científica que me sirve para identificar el maravilloso gen del atletismo

Un gen que esparció su genética por todos los puntos del planeta pero que encontró para mí una aurea conexión genética en África, donde la poderosa morfología motora y genética de sus habitantes esparció por todo el planeta la condición privilegiada para este deporte de la llamada África Negra.

Y es que aun reconociendo que en la diversidad se encuentra la virtud y que en las distintas disciplinas deportivas que componen el atletismo han brillado atletas de toda raza y color, creo justo reconocer que resulta un hecho histórico constatado que los atletas de color y origen afro son y serán por cuestiones genéticas los reyes del atletismo. Y es que aquellos nacieron con una de sus secuencias genéticas,  grabadas por el contacto de sus pies desnudos con la Tierra, con la naturaleza, con el marcador genético del atletismo en aquellos pies descalzos que volaron por el ardiente azul de África, donde luce una claridad de plegaria y tiene su destino en su grandeza eterna. Aquel vergel y desierto que hizo de la escasez virtud, de la virtud mensaje y del olvido leyenda.

Y entre filas de cromosomas que guardan secretos primigenios encuentro el perfil del primer atleta con bandera africana que logró colgarse al cuello una medalla de oro olímpica. Y digo primer atleta con bandera africana porque el espíritu de África ya volaba por las pistas con otras nacionalidades pero con idéntica y materna composición genética.

Os hablo de Abebe Bikila, nacido un 17 de agosto de 1932 en un pueblo llamado Jato, a unos 130 km de la capital de Etiopía e hijo de un pastor etíope que vivió una infancia tan dura como la de cualquier otro niño africano, rodeado de escasez y en pleno contacto con la Tierra, la naturaleza. Nada especial puesto que cuando el hambre, la desnutrición y la escasez adquieren rango de normalidad pasan a considerarse como una situación habitual y cotidiana para aquellos que la padecen. En cambio para mí un motivo de vergüenza para el olvido y la harapienta mirada del primer mundo.

De aquella escasez como siempre el africano hizo virtud para moldear el talento natural y genético de Bikila, que derribó barreras con sus pies descalzos y demostró que el hambre puede ser tan afilada como para esculpir al hombre más resistente del planeta. Aquel al que como su etnia correspondía, pasó su infancia pastoreando y cuando las circunstancias se lo permitían, intentando acudir a la escuela. Un chico que con intención de ayudar a su familia, a la edad de veinte años, ingresó como recluta en el Cuerpo de la Guardia Imperial de Haile Selassie. Y un buen día mientras pulcramente uniformado montaba guardia a las puertas de palacio, el destino se cruzó por delante de su garita para cambiar para siempre sus sueños, la visón de su vida y el mundo. Abebe quedó fascinado por la visión de aquellos atletas que con el nombre de Etiopía a la espalda desfilaron frente a palacio. Unos atletas etíopes que acababan de participar en los Juegos Olímpicos de Melbourne y le mostraron el camino del atletismo y la posibilidad de representar a su país en la máxima competición deportiva del planeta.

Abebe encontró por fin su camino y se entregó por completo al citado deporte y a las carreras de fondo. En aquel camino encontró la inestimable ayuda del preparador sueco Onni Niskanen, quien se percató inmediatamente de la capacidad de Abebe para correr. A partir de ese momento, Niskanen entrenó la progresión de Abebe basando su puesta a punto y aprendizaje en los novedosos conceptos de entrenamiento del cazatalentos sueco, que moldeó a su diamante en bruto con un ojo puesto en los Juegos Olímpicos de Roma de 1960.

En 1956, a la edad de 24 años participó en el campeonato de las fuerzas armadas nacionales. Un Campeonato en el que el máximo favorito era Wame Biratu, héroe nacional y poseedor de los records en las distancia de 5.000 y 10.000. Todos esperaban la triunfal llegada a meta de Biratu cuando un desconocido atravesó con saña la cinta de la leyenda: el Guardia Imperial y desconocido Abebe Bikila destrozaba los pronósticos y demostraba que de los pies anónimos de un pastor pueden emerger el gen del atleta. Aquel que reconoció al instante Niskanen, pero que a punto estuvo de quedarse en su anónima carrera, puesto que Abebe no fue elegido inicialmente para el equipo olímpico.

Tan solo una jugada del destino quiso situarle en el camino de la leyenda, pues Bikila fue llamado para reemplazar a Wame Biratu, que se había roto una pierna en un partido de fútbol. De esta forma llegó a Roma, y nada más llegar a la ciudad eterna, comenzaron sus problemas, pues Adidas (patrocinador olímpico) no encontró unas zapatillas con las que Bikila se pudiera sentir cómodo. Niskanen creyó morir cuando Abebe, le dijo que o corría descalzo o ponía fin a su sueño en la salida, en el kilómetro cero, a 42 del Arco de Constantino, donde estaba situada la meta.

Posiblemente todos habéis experimentado la placentera sensación de andar descalzo por el césped, por la arena, de tomar conciencia del contacto con la Tierra, pero correr en pleno agosto por el ardiente negro y afilado asfalto de Roma, poco o nada tiene que ver con una sensación placentera. Así salió Bikila, con aquellos pies descalzos de gacela que durante 2 horas 15 minutos y 16 segundos, ante el abrasador contacto del asfalto volaron por los 42 kilómetros y 195 metros de las calles de la ciudad eterna. En su cabeza un sueño y una meta, además de las instrucciones erróneas de Niskanen, que le había informado que el favorito, Rhadi Ben Abdesselam de Marruecos, llevaba el dorsal número 26, cuando en realidad llevaba el número 185.

Abebe pasó un corredor tras otro en busca de aquel número 26, encontrándose a sí mismo corriendo, kilómetro tras kilómetro, junto a aquel número 185 que no representaba amenaza alguna. No sería hasta el final de la carrera, cuando a unos 500 metros de la gloria y bajo el Obelisco de Axum, monumento etíope expoliado por las tropas italianas, Abebe se alejó de aquel resistente dorsal 185 para cruzar el Arco de Constantino y convertirse en el primer medallista olímpico de oro de un país africano. También para conseguir la mejor marca de todos los tiempos con un tiempo de 2h15’16’’ y demostrar que en el ADN del pueblo africano brilla con fuerza de Sol abrasador y poder de la escasez el gen del atleta.

Y aquel Arco de Constantino que aquel día ejerció como puerta de África para la leyenda, fue testigo de las lágrimas de Bikila, un héroe etíope y africano que fue ascendido a sargento y recibió un anillo de diamantes a cambio de una medalla que el tirano de turno, Negus Haile Selassie exhibió como victoria propia en la vitrina de un déspota.

Cuatro años más tarde y seis semanas antes de los JJOO de Tokyo, un punzante y agudo dolor abdominal le hizo abandonar los entrenamientos, le fue diagnosticada una apendicitis y en contra de la prensa y los aficionados fue intervenido, llegando a las Juegos seriamente mermado, dicen que bajando del avión cojeando ostensiblemente y aún convaleciente. Un serio contratiempo que no impidió que el gran Bikila ganara por segunda vez consecutiva su segundo maratón Olímpico, convirtiéndose en el primer atleta en la historia que lo conseguía. Dejando para la historia otro nuevo record mundial en un por entonces inalcanzable registro de 2:12:11.

Aunque estuvo presente en sus terceros JJOO en México 1968, una grave lesión pudo con el hombre más resistente del planeta, que con una fractura en un hueso del pie le hizo abandonar a los 17 kilómetros la citada competencia. El dolor pudo con la flamante Estrella de Etiopía, una estrella a la que el destino dejó sin brillo tan solo un año después, cuando un fatal accidente con su coche, un Volkswagen Beetle que le había regalado el Gobierno de Etiopía, dejó tetrapléjico a aquel que llevaba en su ADN el gen del atleta. Ese que gracias a una operación en Inglaterra y la tenaz lucha del que no se detiene hasta cruzar la meta, logró reducir su nivel de dependencia a la de paraplejia, desde la que siguió dando lecciones a todo el planeta. Bikila representó una vez más a su país en la modalidad de Tiro con arco en Inglaterra en 1970, tres años antes de que una hemorragia cerebral, secuela del accidente automovilístico sufrido en 1969, pusiera punto y final a su leyenda.

Aquella que fue despedida en loor de multitudes, ante 75.000 etíopes que lloraron su enorme pérdida. La pérdida de Abebe Bikila, considerado el maratoniano más grande de todos los tiempos, cuyo marcador genético portaba el gen de África y en cuyo hipocampo intervenía brillantemente el factor neurotrófico, su habilidad motora y el poder de resistencia del genoma del atleta.