Marco Simoncelli, descanse en paz
Agresivo en la pista, bondadoso fuera de ella. Así era Marco Simoncelli (1987-2011), una persona que nunca se fijó límites y supo aprovechar su talento y su innegable forma de entender y competir en el motociclismo.
En Italia era un modelo, un ejemplo, una referencia para tantos jóvenes que soñaban con ser como él. Destacaban su coraje, su afán de superación y su ilusión. La sociedad lo idolatraba, lo veía como un fantástico icono deportivo con ganas de triunfar y disfrutar con lo que tanto le gustaba. Era un tipo que no dejaba indiferente a nadie, pero siempre trataba de sacar a relucir su máximo potencial.
Tenía talento y una portentosa habilidad para aprender y seguir madurando en este oficio tan espectacular pero peligroso. Llamado a ser el relevo natural de Valentino Rossi jamás pensó en rendirse. Quiso continuar luchando para superarse a sí mismo y hacerse un hueco en esa historia que ha ido construyendo con sus logros y fracasos. Tenía virtudes y defectos, pero como cualquier ser humano tenía derecho a equivocarse y a aprender de los errores. Encima de la moto se ganó elogios, críticas, egos y odios. Era un deportista ambicioso, luchador, enigmático y diferente. Pero, a veces, el destino es tan caprichoso que es capaz de arrebatarte la vida cuando menos lo mereces y lo esperas. Malasia marcó para Simoncelli una era, un antes y un después en su carrera. El circuito de Sepang ha sido el trágico espectador de su muerte, de ese brutal desenlace que ha apagado su existencia para siempre. En esa curva once se ha esfumado la existencia de un piloto particular que buscaba acomodarse en la élite. Intentó mantener el equilibrio, pero tuvo la fatalidad de ser embestido por Edwards y el propio Rossi. Curiosamente, en este trazado, ganó en 2008 -con apenas veintiún años- su primer Campeonato del Mundo. Fue en la categoría de 250 cc. Además, tuvo tiempo para lograr catorce victorias en una competición que guardará su identidad en la memoria.
Viendo las imágenes del accidente se me hiela el corazón. Siento escalofríos y nostalgia, una tristeza que ralentiza mi respiración y acelera el ritmo de este corazón vencido y encogido. Maldito ese instante, esa despedida tan prematura. Me emociona ver a una familia ahogada de dolor, enmudecida ante un pérdida tan fuerte como irreparable. A amigos, compañeros y aficionados consternados y hundidos. Es una lástima tener que sacar conclusiones cuando suceden este tipo de fatalidades. Hace poco más de un año se produjo la muerte de Shoya Tomizawa en el Gran Premio de San Marino. Fue otro gran palo para este deporte. A veces, no somos conscientes del significado de la vida, tampoco de lo privilegiados que debemos sentirnos por despertar cada día, por irnos cada noche a la cama o por disfrutar de cada segundo sean cuales sean las circunstancias en que los vivimos. Echar de menos es algo innato, una condición que da sentido al recuerdo de aquellos que se marchan de este mundo dejando una huella especial. Marco se ha ido, pero nadie será capaz de olvidarlo. Es imposible.



