Así fue el FIB 2012: crítica de jueves y viernes

El Festival Internacional de Benicàssim bajó el pasado domingo su telón después de cuatro intensos días de fiesta, sol, playa y, por supuesto, buena música. Los dos primeros días de conciertos, jueves y viernes, fue el turno de abrir boca. The Horrors supo encandilar a su audiencia y consolarla tras la cancelación de Florence + The Machine en un jueves que culminó con el sudor de At The Drive-In. Veinticuatro horas después sería Bob Dylan quien subiera al escenario Maravillas, pero la expectación creada se tornó en somnolencia dentro de un concierto que pocos pudieron entender. El problema para él es que el cliente siempre tiene la razón.

Así fue el FIB 2012: crítica de jueves y viernes
Bob Dylan navegó a través de un blues que no contagió a Benicàssim en la noche del viernes (Foto: vivecastellon.com)

Remitida la resaca musical –y etílica, para qué negarlo- y aún recuperando la buena salud de las cuerdas vocales del castigo al que uno las ha sometido, comienza el momento de la reflexión pausada. La euforia generalizada –y particular- vivida durante los cuatro frenéticos días que duró el Festival Internacional de Benicàssim se va convirtiendo en recuerdo. Y si algo tenemos los seres humanos es que intentamos seleccionar los recuerdos y ordenarlos.

No ha sido la mejor edición del festival, pero el FIB 2012 ha tenido pocos momentos malos. Preciso es apuntar la calidad que reflejaba el cartel del evento, por ecléctico que fuese. Quizá ha sido ese eclecticismo tan y tan criticado el motivo que ha permitido completar más que correctamente esta gran fiesta en la que se respira juventud, sentimiento patriótico británico y, consecuentemente, un inconfundible aroma a cerveza.  Es posible que el bajón de público sufrido haya emborronado –corrijo, no es que sea posible, es que lo ha hecho- la conclusión del festival, pero si centramos nuestros ojos y oídos en el mero estadio musical, encontramos que por los tres escenarios ha pasado mucha calidad. No hay que escarbar mucho ni ir más allá de la fachada principal.

Había dos vertientes entre los más críticos. La primera era ese público español que en su día leyó el cartel y observó que los principales artistas eran a sus oídos como escuchar japonés cerrado. Curiosamente, la mayoría de estos se contentaron con el anuncio de que Bob Dylan haría acto de presencia, y luego hablaremos sobre cómo le fue al elegantísimo representante de la vieja escuela del rock en su actuación. La segunda vía tenía que ver, por supuesto, con los más puristas, que veían en la confirmación David Guetta una amenaza para el orden y desarrollo de todas las cosas. No pegaba. Ni con Loctite, probablemente. Pero hemos de quitarnos el sombrero ante el genio que tuvo la idea de contratarlo –suscribo al compañero de El País Daniel Verdú-, porque sin el auténtico espectáculo –entendido en el más estricto sentido de la palabra- del Sr. Guetta, banal y ciertamente con menor calidad musical que la gran mayoría del cartel, las cifras económicas de este FIB hubieran sido aún peores.

Analizando más profundamente, ese eclecticismo ya nombrado anteriormente ha posibilitado que coincidiesen en el recinto personas de casas muy variadas, todo ello sin perder ni un ápice del espíritu fiber. Los éxitos comerciales que David Guetta hizo retumbar en el Escenario Maravillas ante decenas de miles de personas fueron lo que él quería que fuesen: un apoteósico fin de fiesta. Nada más, pero con eso bastaba para poner un broche final. No pegaba, eso ante todo. Pero cumplió y ayudó a lo que mejor sabe hacer, que es que la gente sude mientras él se dedica al espectáculo que construye alrededor de su persona, aunque la calidad del producto sea, de hecho, pésima. ¿Pierde el FIB su histórica esencia alternativa por todo ello? El debate está ahí y hay múltiples opiniones. Pero, en el caso que nos ocupa, que es el de este año, tan solo pueden formar una opinión quienes hayan saboreado los conciertos con los que muchas leyendas y otras tantas bandas emergentes han obsequiado a los miles de personas que se concentraron de jueves a domingo bajo el justiciero sol y la posterior noche benicense.

Pero entre críticas e indecisos llegaron, a partir del pasado lunes y como si de una verdadera invasión se tratase, las más de cien mil banderas de las islas acompañadas de sus dueños, todavía sin melanomas que lamentar. En un par de días de playa la historia sería muy distinta –ellos eran los primeros que lo sabían, al menos así lo quiero creer-. La tierra de Albión vio en Benicàssim una extensión de su territorio por espacio de siete días y los miles de británicos se encargaron de ponerle color a un festival que, ciertamente, es para uso y disfrute de ellos y todos sus compatriotas. No es ningún misterio.

Con todo ello el jueves se abalanzó de golpe en el calendario y comenzó lo que en teoría, realmente debía importar: los conciertos. Por mucho que la sangría y la playa le hicieran la competencia. Un festival de música, al final, se debe a ella. Y, como comentaba antes, sí rayó a la altura. A bastante alta, además.

Jueves 12: The Horrors salvan al FIB de la caída de Florence + The Machine

No inauguró bien la fiesta de su decimoctavo cumpleaños el FIB, que se hacía mayor de edad. Uno de los invitados principales, la cabeza de cartel Florence + The Machine, se quedó sin poder asistir por problemas en las cuerdas vocales –fabulosas si hubieran estado sanas, todo hay que decirlo- de su cantante Florence Welch. El problema fue que la invitada anunció su ausencia cuando la organización del festival ya le había puesto plato y cubiertos en la mesa. Sin margen de actuación ni sustitución, el hueco del grupo quedó vacío y para muchos y muchas fans supuso ya, de inicio, un bajón inesperado.

Pero esperen, que allí todavía quedaba gente que alzó la voz para decir que estaban igual –o más- capacitados que Florence + The Machine para ser las estrellas principales. Entre todas las propuestas musicales, una se llevó la partida por sorpresa. Los ingleses de The Horrors iban a abrir el FIB como si nada hubiera pasado. Lo primero que sabían que tenían que hacer era desmontar los malos mitos que caían sobre sus directos y ofrecer la misma experiencia casi onírica que transmiten sus álbumes de estudio.

The Horrors ya había actuado –siempre en escenarios menores- en el Festival, pero ahora están hechos de otra pasta. Es lo que tiene madurar. Y están madurando por el buen camino, aunque las botellas de Jack & Daniels y los gintonics desaparecieran misteriosamente, horas antes del concierto, de las despensas de la Zona VIP de Benicàssim.  Ahora, volviendo a lo puramente musical, The Horrors ha conseguido aunar un sonido equilibrado, con ese tan atractivo sonido etéreo enmarcado a la vez en un post-punk revitalizado, dando la sensación de que nadie ha tocado algo así jamás. Y es falso, consiguen engañar al oyente, porque las reminiscencias de Joy Division o New Order están ahí, implícitas en sus ritmos y melodías. Ellos lo llevan un paso más allá y recogen el mito de Ian Curtis para labrarse un futuro en esto del rock.

El camino se les puede torcer, pero la consolidación de un directo como el que llevaron a cabo en el Maravillas el jueves, ayuda mucho a pensar que la curva de crecimiento de la banda de Southend todavía nos puede guardar muchas gratas sorpresas en forma de obras maestras. Tiempo al tiempo. De momento, lo que sí hicieron en Benicàssim fue repasar de manera brillante sus dos álbumes bandera, Primary Colours y Skying, logrando un ambiente de fluidez sonora que llegó a sus puntos cumbre cuando sonaron los acordes de Sea Within A Sea, Still Life o Changing The Rain. Melodías que aparentan ser sencillas –Who Can Say es el mejor ejemplo-, cual Joy Division, pero que están impregnadas de grandes efectos, sobre todo por parte de su teclista Tomethy Furse, que está a la vanguardia de su profesión, dándole su verdadero sonido característico al grupo. El vocalista Faris Rotter se aisló en su micrófono y su mata de pelo gótica para apenas desafinar, pese a que sí tuvo momentos de incerteza en esas largas intervenciones que parecen provenir desde el lo más hondo de una lúgubre cueva, como un eco.

La magia de The Horrors se diluyó disimuladamente al acabar del concierto pero la energía que transmitieron –apenas tuvieron bajones de ritmo, aunque no sean el típico grupo cañero- quedó impregnada en el Maravillas para que At The Drive-In la recogiera y pusiera toda la carne en el asador para mostrar la cara más heavy –si se me permite el término- de todo el FIB. Su error fue cuajar un concierto demasiado lineal musicalmente hablando, repetitivo hasta agotar y con poco trabajo extra-musical. Los cafés –sí, cafés- que se hacía su vocalista Cedric Bixler-Zavala conjuntaban una curiosa escena, pero llegaban incluso a restarle la fluidez necesaria al concierto. Ritmo, todo el del mundo. El concierto de At The Drive-In suponía la primera resurrección de este FIB –luego vendrían más- y la descarga de post-hardcore fue la que necesitaban sus más veteranos fans, que llevaban desde 2001 sin poder escucharles en directo. De hecho, se reunieron oficialmente en enero de este año.

Su directo viajó a camino entre lo que Bixler-Zavala quiso y lo que The Mars Volta (el otro grupo que forman tres de los componentes de At The Drive-In) pudo influir en él. Algunos momentos de rock progresivo y de guiños al folclore de su tierra, tan cercana a México. La banda de El Paso, Texas, sí consiguió enfervorecer hasta el borde del infarto a sus más puristas, pero estuvo lejos de convencer al público general que acudió al Maravillas a esa hora de la noche. Tenían algo muy grave en desventaja: no eran de las islas y la chavalada british hizo acto de presencia siempre con la mente puesta en quién en realidad debió subir a esa hora al escenario, Florence + The Machine.

Del resto del día destacó la energía rock con la que Los Tiki Phantoms abrieron las actuaciones en el Maravillas cuando el sol todavía daba en la cara, haciendo homenaje también al ritmo surfer que los barceloneses enarbolan. El escenario Trident Senses vio como también cancelaba Bat For Lashes, emulando a Florence. En cambio, sí cautivó el misterioso y labrado rock experimental de Zola Jesus, jugando siempre entre teclados, sintetizadores y su voz, permitió a la cantautora crear una atmosfera entre ella y los no muchos fibers que se acercaron a su show. Yuksek y De La Soul también actuaron, atrayendo consigo a un mayor número de guiris –ya tardaba en decir la palabra- que ya celebraban por todo lo alto su primer día en Benicàssim para las horas en las que sus acordes empezaron a sonar. Mención especial a los afortunados China Rats, cuyo indie pop de nueva factura pudo sonar en el Trident Senses de rebote –entraron a cartel tras la cancelación de Bat For Lashes- pero atrajo a muchos fibers al ritmo, sobre todo, de un pegadizo To Be Like I.

La clausura del jueves vino de la mano del infalible Example, que organizó la primera gran fiesta del FIB. El house, con puntuales momentos dubstep, se apoderó de la madrugada castellonense –como debe ser a esas horas intempestivas para unos y de éxtasis para otros- y una hora de explosión bailable conquistó al público más electrónico del Maravillas, que pedía a gritos mover el cuerpo. Eso, tampoco mucho más si es que he de escribir por la elaboración del producto. Y con la llegada de los primeros albores, el sonido cesó. El viernes prometía, pero era 13.

Viernes 13: una decepción llamada Mito

No sería por ser día 13, pero para quien sea supersticioso y a la vez seguidor de Bob Dylan la fecha sí podría tener relevancia. Un mosqueo, al menos. De todas formas, hasta que el mito viviente subió al escenario antes conocido como Verde tendría que pasar alguna que otra joven promesa por el FIB. Quizá esperadas, quizá no tanto.

Que Arctic Monkeys son una de las sensaciones del rock actual nadie lo pone en duda. Que la inconfundible voz de Alex Turner deja prendado a aquel o aquella –mayormente a aquella- que la escucha, también es de sobra conocido. Que Turner tiene un amiguete que suena igual de bien que él sin necesariamente hacer el mismo tipo de música, no tanto. Y es que Miles Kane es un tipo en la sombra. Un chico que transmite elegancia tanto física como compositiva, un artista que perfectamente podría ser estrella pero que, de momento, orbita como planeta. Descaro no le falta, eso ya lo demostró durante su concierto en el Maravillas, con el sol haciéndole sudar sin que a él le importara lo más mínimo, siempre sonriente. Miles Kane es ese desparpajo, la gracia y su apariencia de buen chico que tanto recuerda a la figura del jovencísimo Paul McCartney –no exageraría si dijera que el ex Beatle debería hacerse la pertinente prueba de paternidad-. Toca la guitarra como si fuese el mismo McCartney, compone y canta como si su mente y cuerdas vocales y las de Alex Turner estuvieran conectadas –de hecho, llevan juntos el proyecto de The Last Shadow Puppets- y tiene como aliadas la juventud y la frescura.

Con esas cosas suplió el hecho de que su concierto no fuese el mejor, ni mucho menos, de este FIB. Buceó entre sus grandes temas, que hicieron cantar a los patriotas ingleses, y siempre supo sacar punta a un sonido decente pero que no terminó de explotar. Jugó en casa y se notó, pero cuando dejó de lado el éxtasis de buenos riffs como los de Rearrange o Inhaler y solos tan interesantes como psicodélicos como el de Telepathy, su música navegó sin rumbo, sin saber bien dónde estaba el norte y momentos de bajonazo continuo que nunca ha de tener un concierto. Y es que probablemente a Kane le falte eso, rumbo y personalidad propia, independencia musical. Es otro de los que está en el trayecto adecuado, pero falta consistencia, tiempo y un mayor liderazgo en su propuesta. Debe tener más de tres hits. Fue avispado –como ya he comentado- y dejó lo mejor para el final –como casi todos-. La eléctrica y pegadiza Come Closer, con miles de ingleses coreando su estribillo, puso el broche más dorado posible a su concierto, de una hora de duración y buen aperitivo para lo que vendría después.

Pero después vino lo que no todos esperaban. La edad de Bob Dylan es de sobra conocida y todas las experiencias vitales que ha tenido también. Pero eso no debería ser precisamente excusa para que disminuya la calidad de un concierto –véase el potente ritmo que impusieron Buzzcocks el día siguiente en el Trident Senses. A las 21:45, aquel que una vez saltó al escenario de Woodstock irrumpió en Benicàssim bajo una tremendísima ovación de la mayor concentración de gente hasta el momento en el Maravillas. Todos aguardaban impacientes, pero empezó con blues. Buen blues, además. Trabajado. Pero siguió con blues. Y siguió. Y aunque no pongo en ningún momento en duda su calidad ni la de la banda que le acompañó, Bob Dylan se engañó de show. De medio a medio. No era una sala de jazz oculta en las entrañas de una ciudad bohemia, era un recinto con prácticamente 60.000 personas. Bob Dylan realizó un incomprensible ejercicio de jeroglificismo, jugando al despiste con el público sin que éste le entendiera demasiado bien. Fue como si el rey del folk y la masa que acudió a verle –más correcto sería “a contemplarle”- no hablaran el mismo idioma. A la larga, eso se convirtió en sopor.

El público benicense realizaba constantemente un fútil ejercicio de comprensión de la música que Dylan proponía, pero los intentos de desciframiento eran en vano y canción tras canción los aplausos no eran de admiración –como en un principio debiara ser- sino de respeto, llegando en cierto momento al compromiso. Se le amnistió. Fue como si no hubiera pasado nada. Era Bob Dylan, que viene a ser a la música lo que el Museo del Prado para alguien a quien no le gusta el arte: hay que verlo igualmente antes de morir.

Por eso quedaron todos conformes, habían visto a Bob Dylan, mito viviente, respetable revolucionario de la música en los años 60 y elegante caballero ataviado con sombrero blanco a juego con el pantalón y chaqueta negra. Quedaron conformes por eso y porque tuvo la cordialidad de obsequiar con su legendario Like A Rolling Stone como bis final. Pero es que es fue el único punto de euforia en una noche que transcurrió entre, por desgracia, más bostezos de los esperados. Ningún otro tema mítico, de aquellos que de verdad la gente recuerda. No interpretó Blowin’ In The Wind, Mr. Tambourine Man yThe Times They Are A’Changin, por poner los ejemplos más claros de la decepción que se llevaron la mayoría de los asistentes. Solo algún fan acérrimo pudo captar la esencia blues del concierto –especialmente en el último tercio y con Ballad Of A Thin Man- y el repaso a la prolífica carrera de Dylan, pero fueron los más los que no quedaron convencidos. En perspectiva y lamentándolo mucho, el concierto de Mr. Dylan fue el mayor pinchazo de un FIB que creó unas expectativas demasiado altas en el nombre que vio en el cartel.

El batacazo duró hasta que saltaron The Maccabees al ruedo. No fueron Bob Dylan ni tampoco fueron la alegría de la huerta excesivamente, pero desadormecieron al público del alelamiento que Dylan creó con su indie rock –virando hacia pop en ocasiones- sencillo y joven, abusando, eso sí, de guitarras viajando por agudos y melodías relativamente repetitivas. Concierto, en definitiva, con algunos momentos buenos y de esos que acaban por enamorar a algún despistado sorpresivo ante grupo previamente desconocido. La misma historia podríamos adjudicársela a Bombay Bicycle Club, con la diferencia de que estos segundos ya cuentan con un público fiel y reconocimiento internacional. Su concierto viajó por el buen ambiente y el éxito estaba asegurado, pero faltó interacción y sobre todo matices diferentes en su oferta artística. ¿Algún momento más hard, pudiera ser? Les vendría de cine.

Cuando todos creían que el partido estaba llegando a su pitido final, un protagonista (más o menos) inesperado se encargó de revolucionar la pista y marcarse un tiempo de descuento que hizo crecerse al público durante sesenta minutos más. De nuevo algo del tan de moda dubstep y de drum & bass, por un tubo, sin parar, sin complejos y apostando fuerte por lo que mejor sabían hacer, exotismo musical y diferenciación con cualquier otro tipo de propuesta. Dubstep hay mucho, componer canciones realmente de calidad en dubstep no es para nada tarea fácil.

Esos fueron Chase & Status, que con bases potentes y adictivas, ritmos que animaban a que nadie se cansara y melodías que parecen buscar la épica hecha sonido en cada una de sus intervenciones. Pocos quedaron defraudados con Chase & Status y la sesión se llegó a hacer corta. Grandes temas como Let You Go -simplemente brutal cuando retumbó en el Maravillas-, TimeFlashing Lights demostraron que la buena música electrónica –remarco el adjetivo “buena” diferenciándolo del personaje que supongo estarán ustedes pensando- sí tiene cabida en el gran festival que es el FIB.

El dúo, que además se conoció en Manchester, creo una atmósfera densa pero juvenil que bien podría ser el equivalente a The Haçienda en este 2012. El día siguiente aguardaba la Haçienda real, la de los años 80, era el día grande de Manchester -y Madchester-. Era e iba a ser, parafraseando a los mismos The Stone Roses, what the World was waiting for. En poco menos de 24 horas, iba a ser sábado de resurrección en Benicàssim.