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Un año sin ella

Un año sin ella

El 14 de septiembre de 1983, en Londres, abrió los ojos una niña que daría que hablar durante sus 27 años de existencia. Y no solo por su controvertida vida personal, sino por todo el arte y la creatividad que llevaba dentro; su grandeza musical la convirtió en Amy Winehouse, mucho más que una simple diva. Ella fue y sigue siendo una estrella del jazz y del soul en pleno siglo XXI.

Un año después de su muerte nadie la olvida ni tiene intención de hacerlo. Cuando se le encontró en su apartamento en el barrio londinense de Camden,  los motivos de su defunción no tenían explicación aparente. Los más sórdidos rumores no tardaron en aparecer: desde consumo de drogas –a pesar de que Amy ya se hallaba rehabilitada de sustancias ilegales-, hasta un síndrome de abstinencia que la llevó a su fin. Sin embargo, las pruebas toxicológicas negaron, a finales de agosto, la presencia de drogas en el organismo de la cantante. “Todo lo que Amy hizo, lo hizo en exceso: tomó en exceso y también se desintoxicó en exceso”, comentó su padre, Mitch Winehouse.

Sin embargo, en octubre se esclareció la verdadera historia: Amy padeció una sobredosis de alcohol, 416 mg por decílitro de sangre. Para que os hagáis una idea, 350 ml/dl es un nivel mortal, y en su apartamento se encontraron tres botellas de vodka vacías.

Prometedora Amy

Basta de hablar de su fallecimiento. Lo que Amy hizo en vida es mucho más valioso. Tal vez fue su padre, que cantaba éxitos de Frank Sinatra cuando ella era pequeña, lo que la alentó a convertirse en lo que fue, tal vez fue ella sola. De cualquier manera, con 10 años ya había formado su propia banda de rap, Sweet 'n' Sour. Tres años más tarde ingresó en la Escuela de Teatro de Sylvia Young y se apoderó de una guitarra con la que, a los 14 años, comenzaría a componer. Sin embargo, dos años después fue expulsada de la escuela por su comportamiento rebelde.

Nada de esto fue un impedimento para la joven. Conforme su creatividad crecía, ella fue dejándose conocer por varios bares de Londres e incluso formó una banda de jazz. Su popularidad no fue en vano: en 2002, finalmente, la cantante firmó un contrato con EMI. Así surgirían los frutos de su primer trabajo, que grabaría con Salaam Remi. “Llegó, se sentó y yo le pregunté: ‘¿Qué es lo que tocas?”. Cogió una guitarra acústica, empezó a cantar La chica de Ipanema y casi literalmente iluminó la sala”, contó Remi en Rolling Stone. En 2003 llegó Frank, un poco de jazz, un poco de soul, todo de la mano de una nueva estrella. Stronger Than Me se convertía entonces en el primer éxito de la artista: la antesala de sus próximas canciones.

El boom Back to Black

Amy, en 2006, ya estaba preparada para lanzar su siguiente trabajo, Back to Black. Su imagen se transformó: era Amy Winehouse, esa chica veinteañera que cantaba “trataron de llevarme a rehabilitación, pero dije ‘no, no, no’” –Rehab-, con un enmarañado pero estudiado moño coronando su pelo azabache y una piel dorada perlada de tatuajes.

Escucharla era como volver a esas épocas doradas del jazz de Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald… recordaba incluso a Macy Gray. Y no es para menos. Amy sabía lo que cantaba y lo hacía con sentimiento. El guitarrista de los Dap-Kings, Binky Griptie que, además de tocar con ella de gira, era su amigo, apuntó para Rolling Stone: “Tenía muy buen gusto. Eso es cada vez más raro. Hay demasiados artistas cuyas colecciones de discos sólo se remontan a cinco años atrás. Tienes que saber algo de historia musical, y ella la conocía. Por eso estamos aquí sentados hablando sobre ella”.

Por eso, al escuchar You Know I’m No Good los pelos se te ponen inmediatamente de punta. Lo mismo sucede con Back to Black: un tempo delicioso, perfecto, un soplo al pasado, un sonido puramente negro, pero ahí está ella, Amy, su voz paseando por cada nota con exquisita melancolía.

Tras algún intento fallido de rehabilitación, altibajos y ataques de pánico escénico, Amy se retiró en 2009 a la isla de Santa Lucía. Su recuperación parecía ir viento en popa. Así que un año después se metió de lleno en varios proyectos: la grabación de It’s My Party –de Lesley Gore- junto a Quincy Jones, y la creación del sello discográfico Lioness.

En 2011 se reunió con Tony Bennet para grabar el standard de jazz Body and Soul, todo un clásico que no pudo quedarle mejor a Amy, tanto vocal como emocionalmente.

Serbia, punto crítico

El concierto que Amy Winehouse dio el 18 de junio en Kalemegdan de Belgrado, Serbia, no puede ser considerado otra cosa que un presagio de lo que sucedería a penas un mes más tarde. Apareció claramente ebria, desorientada; para nada en condiciones de salir a escena. La prensa no tardó en hacer eco del espectáculo que la cantante había dado en su primera actuación de gira.  Esperaban, como buitres, su siguiente equivocación. Amy decidió cancelar todos los conciertos que quedaban.

Y el resto ya lo sabéis. El 23 de julio fue el funesto día que se la llevaría para siempre. En esa semana, sus álbumes volvieron a ocupar las listas mundiales. Rehab, por su parte, encabezó la lista Digital Songs con ventas de 38.000 copias y alcanzó el quinto puesto en el Billboard Hot 100.

Su padre,  Mitch, no tardó en movilizarse. El 5 de diciembre ya se había encargado de la publicación de Lioness: Hidden Treasures, CD que contiene desde covers hasta temas inéditos –incluye Body and Soul-. En el Reino Unido se vendieron 194.000 ejemplares tan solo en la primera semana, cantidad record en la carrera de Amy. En EE.UU. el disco se posicionó en el número 5 en el Billboard 200, con 144.000 ventas, también su cifra más alta en este país. “Encontrábamos difícil escuchar la música de Amy, pero teníamos que escucharlos porque si no hubiera sido adecuado, no habríamos permitido que saliera”, explicaba el padre en una entrevista con Reuters. Posteriormente publicó Amy, mi hija, una biografía en la que narra, entre otras cosas, los intentos de la artista por alejarse de la mala vida. Mitch intenta, de este modo, “poner fin a las controversias que han marcado” la vida de su hija.

Por si no estaba claro su afán mediático, Mitch contó hace poco en una entrevista con el diario británico The Independent que, tras la muerte de Amy, había recurrido a espiritistas para saber si ella seguía estando con ellos, pero no quería que la gente pensase que era “un tonto engañado”. Además, éste ha confirmado que habrá dos, o al menos un álbum póstumo más de la artista, aunque especifica: “Hay montones y montones de versiones y de temas nuevos, pero sus fans son muy valiosos para nosotros y no queremos decepcionarlos publicando basura”.

Mitch, todo hay que decirlo, también ha creado la Fundación Amy Winehouse para ayudar a jóvenes con problemas de adicción.

Su madre Janis, sin embargo, se mantiene en la sombra, aunque declaró para la revista Hello!: “Hay un gran vacío en mi vida. Hablaba con Amy cada día. A veces me despierto llorando”.

El último miembro del Club de los 27, ¿sí o no?

La artista del jazz y del soul falleció a los 27 años. Y esto hizo que muchos medios de comunicación pensasen en lo mismo: el famoso Club de los 27. El primer miembro fue Robert Johnson, cantante y guitarrista, ‘El Rey del Delta blues’. Su muerte sigue siendo hoy un misterio: ¿envenenamiento, neumonía, sífilis? No se sabe, no se hizo autopsia. Brian Jones, guitarrista de los Rolling Stones, falleció, se baraja, asesinado. Jimi Hedrix, ese dios con una guitarra en las manos, despidió el mundo ahogado en su propio vómito. La gran Janis Joplin, todo voz desgarradora, sufrió una sobredosis de heroína. Jim Morrison tuvo un paro cardiaco, aunque las circunstancias nunca fueron del todo esclarecidas. Kurt Cobain, en principio, se suicidó, pero hay quien sostiene que se trató de un homicidio.

¿Le ha quitado Amy a Cobain el puesto del último miembro del Club de los 27? Su padre no cree que no se la pueda encasillar en ningún club. Según él, desde pequeña siempre marcó la diferencia, siempre fue difícil, rebelde.

Y no nos cabe la menor duda de que Amy siempre fue distinta al resto, por fuera y por dentro –o todo lo dentro que nos dejó mirar a través de su música-. Pero también es cierto que si sumamos su  innegable talento a su trágica vida y desenlace, es lógico pensar en ella como una camarada más de Hendrix, Joplin, Morrison y compañía.

Amy Winehouse se ha ido, pero su legado sigue vivo. Y, cada día, diez, cincuenta, cien personas se acercarán a sus canciones con oídos jóvenes, incorruptos, preguntándose por qué a tantas personas les fascina la música de esa singular mujer. Entonces, sin que nadie se los explique, escucharán Back to Black y, 30 minutos y un segundo después, comprenderán. Que descanse en paz el corazón de Amy Winehouse.