Así fue el FIB 2012: crítica del sábado

El sábado de FIB fue diferente en Benicàssim. No solo por la ingente cantidad de ingleses que abarrotaban el veraniego pueblo castellonense, la extraña circunstancia iba un paso más allá. En unas pocas horas se concentraba en la ciudad benicense gran parte de la historia del rock inglés y, más exactamente, de la ciudad de Manchester. Buzzcocks, Noel Gallagher y The Stone Roses eran los encargados de trasladar en el tiempo y el espacio a los allí presentes hasta situarlos en la gris y férrea Manchester, donde la música es parte clave de la cultura local e inherente a ella. En un implícito homenaje a la ciudad que les vio nacer, las tres bandas conquistaron Benicàssim sin que nada pudiera emborronar sus actuaciones, que llegaron a su punto más alto con la triunfal vuelta a la vida de The Stone Roses tras 16 años de separación.

Así fue el FIB 2012: crítica del sábado
The Stone Roses redondearon pletóricamente su regreso en el mejor día de este FIB 2012 (Foto: vivecastellon.com).

Como ya apuntabamos en la crítica realizada a los conciertos de jueves y viernes, ambos días sirvieron para abrir boca de lo que vendría después. Después del traspiés que el festival dio con Bob Dylan, coleccionando un fracaso que posiblemente no se veía en Benicàssim desde el show de Oasis en 2009, el festival tenía que explotar.

Había habido buenos conciertos y muy interesantes propuestas. The Horrors, sin ir más lejos, confeccionó un concierto de primera fila, pero faltaba llegar al punto álgido, a la nube de sonido que debe haber en todo gran evento. Partiendo de la base de que el FIB lo es.

Y entonces llegó el sábado. Ya habían pasado dos días desde que empezaron los conciertos y la parroquia inglesa –que se cifró en el 70% de los asistentes- ya comenzaba a presentar ligeros síntomas de agotamiento. Colecciones de melanomas, de resacas y de largas caminatas en manada ida y vuelta hacia la playa se acumulaban entre las decenas de miles de británicos. Pero si de algo se enorgullece el inglés que arriba a costas levantinas, y más concretamente a la de Benicàssim, es de su resistencia los días que ha de permanecer en esta suerte de combate contra los elementos que es el FIB, con música de fondo. El perpetuo calor, la búsqueda -casi como acto de fe- de un poco de agua fresca, las interminables noches en el recinto de conciertos, los platos de paella –y sucedáneos- a diez euros que nuestros avispados compatriotas les servían… No podían dejar que nada acabase con ellos, era la misión que se habían propuesto antes de venir: había que aguantar al máximo hasta el final. El paraíso se tenía que disfrutar. Y, esa noche, pareció como si el paraíso se desplazara desde Benicàssim –que, de hecho, lo era- hasta las orillas del río Mersey a su paso por la vetusta Manchester.

Sábado 14: sábado de resurrección en un FIB conquistado por Manchester

De repente y cuando empezaba a ocultarse el sol tras las montañas de Benicàssim, algo fuera de lo normal sucedió. Como si de una ruptura espacio-temporal se tratase y un súbito viaje en el tiempo hubiese alterado las coordenadas y la época en la que vivían todos los que se encontraban en el FIB, la atmósfera se vio envuelta en lo que a ojos de todos parecía Manchester, tan opuesta a la soleada Benicàssim en todos los sentidos. Un breve pero intensísimo viaje a través de la historia del rock en una de las ciudades que más ha hecho por él. Ninguno de los presentes pareció notar nada, pero la totalidad de ellos vivió esa experiencia interior. Se trasladaron a miles de kilómetros de allí, a unas cuantas décadas atrás.

El guía de la aventura no fue un Doc Emmet Brown ni tampoco había ningún DeLorean de por medio para trasladarse. No era Regreso al futuro. Lo único que hacía falta era un par de escenarios y la música necesaria tocada por los protagonistas directos de la historia.

Antes de que cualquier fenómeno se produjese, Delorentos –curioso nombre para la situación que he descrito- abrieron la jornada en el Maravillas con un concierto de esos sorprendentemente bonitos de escuchar y bailar, pero sin nada que no aporte u ofrezca ya cualquier otro grupo. Su rock alternativo es demasiado básico, pero no por ello malo. Sí que enganchó más School of Seven Bells, con un show animado en el que su cantante puso todo lo que pudo poner para encandilar a los todavía pocos espectadores. La guitarras rompedoras –¡wow, qué sonido!- y su voz, con la sutil electrónica como elemento diferenciador, pusieron el resto. Solo quedaba que Jessie J demostrara que su actuación no tenía cabida en este FIB –si es que alguien lo dudaba-, pasando sin pena ni gloria por el Maravillas, y la verdadera noche daría comienzo.

Ser de Manchester y estar en el FIB el sábado era un lujo y un motivo de orgullo. Más que nunca, el recinto se fue tiñendo de camisetas de Oasis, de The Stone Roses y, por supuesto, de cientos de elásticas de Manchester United y Manchester City, cuya rivalidad –este año más feroz que nunca- llegó hasta Benicàssim. Pero este trayecto tenía un orden y un sentido: era cronológico. Primero, había que hacer una parada en el germen de esta historia para escuchar un pedacito de ella. Porque si la férrea y poco vistosa –por decirlo suavemente- ciudad del Mersey (que comparte con Liverpool) es lugar de culto musical hoy en día, todo es por culpa de los Buzzcocks. En 1975 ellos vivían adelantados a su época, montados en el tren del punk más cañero y tocando lo que pocos se atrevían a tocar. Fueron los encargados de llevar por primera vez a unos tales Sex Pistols a tocar a Manchester. A aquel concierto asistieron no más de 50 personas, pero estaba naciendo un verdadero mito. En Benicàssim, pasados casi 40 años, estaba pasando.

Buzzcocks

Los Buzzcocks –originarios de Bolton pero “hechos hombres” en la ciudad mancuniana- impregnaron de punk el Trident Senses que, por momentos, pareció ser el escenario principal. Lo merecían. De la primera a la última canción que tocaron no se notó que los años hubieran pasado. Bien es verdad que de los cuatro componentes tan solo dos fueron parte de la formación original. Pero eran los dos “importantes”, por decirlo así. Y digo esto porque Pete Shelley y Steve Diggle cuentan cada uno a sus espaldas con 57 años de edad. Y tocaron como veinteañeros, sonando fuerte, eléctricos, dándole caña a un público que la esperaba pero no en esas dosis… juveniles, al fin y al cabo.

Hicieron saltar y cantar con sus temazos históricos, uno tras otro, sin parar a respirar y entre los “woooo yeah” de la gente que abarrotó el pequeño escenario hasta donde a un servidor le alcanzaba la vista. Como esos grandes toreros que nunca pierden el temple o como ese deportista por el que los años pasan solo para que pueda seguir demostrando quién es el mejor. Por la puerta grande, como maestros. El boom final fue con su exitazo por doquier, Ever Fallen In Love y un bis que inyectó rock en vena a todos los presentes, Orgasm Addict. Eran y siguen siendo profetas. “Así se hace, así es el rock, tomad y difundid la palabra”, parecieron decir a un público fascinado y convertido en comunión a la misma religión.

Las islas británicas y, sobre todo, Manchester, habían logrado su primera gran victoria. El viaje debía continuar y fue el mismo Pete Shelley el que dijo a los presentes “¡y ahora, todos a ver a Noel Gallagher!”, cuando su concierto finalizó. El cuerpo ya estaba a tono, la adaptación al salto temporal más que asimilada y el escenario principal se iba llenando con el mejor ambiente posible. Buen rollo para hacer historia, como gusta hacer el rock. Quizá hubo un pequeño salto cronológico indebido, por aquello de que The Stone Roses es anterior a Noel, pero perdonaré a la organización aquí, porque el orden prefijado no pudo ser mejor. Porque, ¿quién mejor para telonear a The Stone Roses, historia viva, que su más directo sucesor, Noel Gallagher? Probablemente, en el mundo solo una persona contestaría, y ese sería precisamente el otro hermano Gallagher, Liam. Pero eso son otras historias. Al lío.

Noel Gallagher's High Flying Birds

Pasadas las nueve de la noche llegó la segunda parada del viaje en el tiempo. Estábamos en 1995 y dos hermanos estaban en el Olimpo de la música. Se autoproclamaban mejor banda del mundo y creían que aquello nunca acabaría, pero también ellos sabían que no iba a ser así –entre hermanos todos sabemos lo que suele pasar-. De no ser porque aquello acabó, Benicàssim hubiera tenido a Oasis en directo la semana pasada. El cincuenta por ciento falló a la cita, pero el otro cincuenta se encargó de recordar aquellos años noventa en los que dejaron tantos himnos. Maldita y bendita arrogancia. Maldita porque priva de ver a la totalidad del mejor britpop de la historia. Bendita porque, al mismo tiempo, nos otorga la posibilidad de seguir redescubriéndolos –a Noel y Liam Gallagher- con una energía que probablemente no tendrían si todavía formaran Oasis, desgastado a niveles como el de su accidentado concierto en Benicàssim 2009. Ahora, después de la separación, aire fresco ha llegado a las composiciones de ambos, y Noel Gallagher venía a demostrar su parte a Benicàssim.

Los High Flying Birds de los que se rodea Noel en su nueva aventura no rayan a la altura de la leyenda Oasis, pero son un buen sustitutivo. El mayor de los Gallagher hace cada vez más patente quién era el pilar maestro del proyecto Oasis con cada una de sus nuevas composiciones. Canciones que, con o sin la voz de su hermano Liam, siguen sonando muy Oasis. Sin serlo. Es lo que tiene ser un genio: la grandeza siempre está ahí, aunque pueda parecer oculta. Después de comenzar con un b-side clásico como (It’s Good) To Be Free, Noel comenzó un genial repaso a su disco en solitario, empezando con la completísima Everybody’s On The Run, de tintes épicos. El directo de Noel tiene como debilidad principal la dificultad de reunir en un concierto todo el entramado musical que el disco refleja, y a veces los arreglillos en forma de defectos de guitarra no son suficientes. Aun así, la cuerda le da un toque de grandeza a los buenos temas que conforman el último trabajo de Noel. Temas que, por otra parte, han calado hondo entre los muchos ingleses que cantaron junto a Noel cada una de las melodías.

Dream On y If I Had A Gun, más pausadas y claramente menos lucidas, precedieron al verdadero hit de la etapa que ha abierto Noel Gallagher. The Death Of You And Me tiene la mística de esos grandes himnos generacionales Oasis y, si no lo es, es simplemente porque lo firma solo Noel. Igualmente, la canción que tanto recuerda a The Importance Of Being Idle sonó para delirio de los británicos agolpados en el Maravillas. Noel anduvo un poco bajo sobre todo en la primera mitad del concierto, pero apenas se notó. El subidón de moral que dio el show a partir de Talk Tonight –otra de Oasis, dedicada a su ciudad en el mejor momento posible-, dejó en segundo plano cualquier otra circunstancia ajena a la euforia. El in crescendo brutal estaba desatado ya cuando llegó Half The World Away, pero las previsiones rompían cualquier esquema visto hasta ahora en el FIB. Todo gran festival debe tener su clímax, su mejor highlight, y Noel Gallagher iba a ser el encargado de viajar hasta las nubes para situar su bandera y la de los decenas de miles de fibers en la cumbre más alta, hasta ese clímax. La penúltima, Whatever, ya atrapó también al público español y solo faltó la mano en el corazón para poder considerarla himno oficial del FIB. Pero no le tocaba a Whatever serlo, quedaba un peldaño. Don’t Look Back In Anger, homenaje sin límites al amor y al buen rollo, supuso la eclosión de lo que, hasta entonces, podía considerarse un festival simplemente decente. El público se dejó la voz –y Noel también- para cantar compás por compás uno de los mejores recuerdos que tendrían de este FIB 2012. So Sally can wait, she knows it’s too late as we’re walking on by...” fueron las palabras mágicas que erizaron el vello del Maravillas al completo. Se dejó, quizá, Wonderwall, Live Forever o Some Might Say, pero la acotación de tiempo siempre juega en contra.

Noel, emocionado, aseguró para finalizar que “de lejos”, la de Benicàssim había sido su mejor actuación –en solitario, se entiende- hasta el momento. Y lo que era mejor aún, estaba dando paso a los que fueron su inspiración básica el día que se unió a Oasis y empezó a componer. Si se escuchan las primeras grabaciones de Oasis (Must Be The Music, See The Sun, Take Me…) se comprueba –y además da hasta miedo ver las similitudes- que, por mucho que la sociedad les haya impuesto a The Beatles como referencia, realmente fueron The Stone Roses quienes empujaron a Noel y Liam a formar la mejor banda de los noventa. Noel Gallagher había teloneado a The Stone Roses,  amigos y paisanos de Manchester. La última parada del viaje apuntaba a ser la mejor, aunque no muchos lo sabían. Noel Gallagher había dejado el terreno perfectamente allanado y la atmósfera inmejorablemente preparada para que The Stone Roses se redimieran ante su turbio pasado, más de 15 años después.

The Stone Roses

Si Noel Gallagher regaló el mejor momento FIB, los Roses iban a brindar el mejor concierto del festival a todos sus asistentes. The Stone Roses trasladaron a su público, instantáneamente y cuando la música empezó a sonar, a 1989. Y lo hicieron con un crowd que, en su mayoría y por su juventud, nunca habría imaginado verles, juntos, en directo. Los Roses, separados desde 1996, anunciaron su vuelta el pasado mes de noviembre. Gran parte de los modernillos ingleses del FIB se criaron con su música, pero el pasado sábado resucitaron de verdad, como si el tiempo no hubiese pasado por sus vidas. Y volvieron a la vida, además, en un lugar maldito, como quien se sabe lo suficientemente grande como para reescribir la historia. Cuando The Stone Roses se separó en el ’96, lo hizo poco después de un desastroso concierto en el mismo escenario de Benicàssim donde se iban a subir a la una de la mañana de un sábado que no era cualquiera: era sábado de resurrección.

Y comenzó The Stone Roses –después de un lacónico “¿hay algún español aquí?” de su vocalista Ian Brown- con su clásica declaración de intenciones. Porque desde que Mani empezó con las primeras notas de la línea de bajo de I Wanna Be Adored fue como si, todos a una, dijeran “esto es lo que queremos y vamos hacer, vosotros mismos veréis cómo os lo tomáis”, así, con total convencimiento en sus posibilidades, como si en vez de cuarentones fueran veinteañeros otra vez y fueran a comerse el mundo sin dejar sobras para nadie más. La voz de Ian Brown volvía a ser la que era -¡al fin!- después de muchos años en los que pareció que el mito era eso, mito. Los conciertos previos a los fastuosos shows de Heaton Park de hace dos semanas sirvieron de calentamiento a una voz cascada y que necesitaba de engrase. Se engrasó -y de qué manera, aunque se resintiera tras hora y media-. Cuando acabó I Wanna Be Adored la mística ya era Madchester, todos estaban atrapados. Menos los españoles, que todavía se preguntaban, entre reacios y expectantes, qué les iban a ofrecer. Normal, solo era una canción -y con gran probabilidad la única que habrían oído muchos, no todos, en una rápida visita a YouTube para saber, al menos, a quién iban a ver-. Pero el tiempo les haría ceder.

Ninguno de los temas que tocaron The Stone Roses, la mayoría de su primer disco homónimo- desmereció a lo que un día fueron. Significaban exactamente lo mismo, la música seguía viva y actual. Ian, John Squire, Mani y Reni bebieron de la fuente de la juventud justo antes de saltar al escenario para creerse lo que iban a hacer, porque buenos músicos sí que son. Mersey Paradise despertó el patriotismo inglés a miles de millas de las islas y cuando llegó Sally Cinnamon, en el cuarto lugar del setlist, ya se respiraba amor –no a Sally, que también- hacia los cuatro pilares ocultos del rock inglés que había en el escenario. No hubo momento para el bajón, Noel les había dejado en el cielo y ahí se mantuvieron para elevarse más allá. En lo más alto, los Roses construyeron, acorde a acorde y canción a canción, una Manchester imaginaria y de ensueño –no tanto utópica- que tenía calles con olor a rock, a psicodelia y a grandeza. Incluso esos b-sides que The Stone Roses transformaban en obras maestras eran ejecutados a la perfección. La dulce Where Angels Play sirvió de relax paradisíaco y su “bang bang, chitty chitty, bang bang” fue un narcótico que mantuvo dormido al público, inmerso en un particular pasaje histórico. Después de ello llegó la primera traca. El éxtasis musical que es Fools Gold, con su adictivo sample que tanto se ha utilizado después, sonó en Benicàssim para convertir definitivamente aquello en The Haçienda. Se mirara hacia donde se mirara se podía notar la calidez que proporcionaba la canción con Squire haciendo renacer el sonido wah-wah. Miles de personas bailaban como si no importase nada más y sus ojos cerrados imaginaran en esa Haçienda, en la época dorada de los Roses que tan fugazmente pasó.

Allí continuaban, subidos al escenario sin mostrar ápice de cansancio y a medio camino entre concentrados y triunfadores, todavía quedaba la mitad del concierto, pero todo iba rodado, no podía fallar. El ledzeppelinesco John Squire se montaba en solos psicodélicos que parecían no cesar nunca –hicieron durar una media de dos minutos más la mayoría de sus canciones- y que, por sorprendente que pareciera, no cansaban. Había que degustar cuanto se pudiese el hecho de que un gran guitarrista como es Squire estuviese dando una lección magistral –por mucho que pasasen los años- de cómo se improvisa sobre una canción dándole, al tiempo, un cariz único a cada tema. Entre la magia de Squire se colaba, muy de vez en cuando, Reni. El batería es a su instrumento lo que su compañero John Squire a la guitarra. Cuando empezaba un solo no podía parar. Hacía honor a esos documentos que aseguran que, en sus primeros años, la gente iba a ver a los Roses solo por ver a Reni, delirante, tocando como si la vida le fuera en ello. Calidad musical, así se define todo en dos palabras, para encaramarse a lo más alto del FIB. Habían borrado ya toda huella de su desastre del ’96 –donde solo quedaban Mani y Brown-.

Waterfall se reprodujo como lo que es, otro himno más, otra bellísima canción de las tantas que atesora la cortísima discografía de The Stone Roses. El adjetivo de “grupo de culto” que se le atribuye a los cuatro de Manchester no podía quedar tan dignificado y a la vez tan diminuto. The Stone Roses eran ahora un grupo de masas, encandilando a 70.000 almas. Muchos fans ingleses aseguraban después que, habiendo vivido la pasada semana su espectáculo en Heaton Park en Manchester –con 300.000 personas separadas en dos conciertos y entradas que se agotaron a los 15 minutos de salir a la venta-, este concierto lo había superado. Pero todavía quedaba lo mejor antes de concluir con la historia. Con Love Spreads el blues-rock de la desafiante guitarra de Squire invadió el Maravillas e Ian Brown se encargó de reversionar la canción con un rapping final que sonó increíblemente fresco, como para reeditar. Love Spreads es de esas canciones que pertenecen ya al género sexual, cuyo perpetuo solo de guitarra eléctrica –parece que Squire vaya por libre en este tema- se merece estar a la altura de alguna que otra canción de su adorado Jimmy Page.

Mención aparte merece la espléndida realización que The Stone Roses utilizó para su concierto, obra de John Squire, me atrevería a decir. Si Jackson Pollock hubiera vivido para verla, estaría orgulloso. Blancos y negros, pinturas abstractas, limones –símbolo de los Roses- rodando por doquier en las pantallas, cámaras lentas que parecían detener el tiempo en ciertas canciones que no querían acabar… En definitiva, otro punto más a favor del gran show que estaban confeccionando The Stone Roses. Todo ayuda, y una buena realización se agradece, sobre todo si se compara con la paupérrima y fallida realización de Bob Dylan –A.K.A. Mr. Cámara Fija-.

Sumergidos todavía en Madchester, The Stone Roses afrontaban la recta final de su hora y media de concierto reservando lo mejor para el final. La confirmación de su vuelta, por si a alguien no le había quedado claro hasta entonces. La sombría Made of Stone quedó empequeñecida –y eso ya es difícil- cuando precedió a un This Is The One que pareció decirle a todo el público que ese era el momento que estaban esperando. No otro, sino justo ese. Podrían haber declarado que la canción podría haber sido compuesta exclusivamente para el momento, que su público les hubiera creído. El Maravillas se paralizó para disfrutar del bello y singular sonido de The Stone Roses, ya quedaba muy poco. Brown había sido capaz de surfear, siempre peligrosamente, en lo alto de la ola, con altibajos en la afinación sobre todo en el último tercio de show. Respeto por la dificultad de su papel, pero también necesario apuntar que el margen de mejora todavía existe.

Después de She Bangs The Drums –que Ian Brown dedicó a todas las mujeres del público, como viene siendo habitual en la gira de reunión-, llegó la apoteosis. No era nostalgia, era música viva, en directo, en 2012. El público llevaba entregado desde hacía mucho tiempo y poco importaba la calidad que pusieran los Roses sobre el escenario, pero cumplieron hasta el excelso final que reafirmó lo que se venía rumoreando. I Am The Resurrection fue el perfecto broche de oro que necesitaba el concierto más aclamado del FIB. Nada más ególatra ni nada más cierto, lo habían conseguido. El vocalista acabó el coreadísimo estribillo alrededor del cuarto minuto de canción, y su luz dejó paso a un instrumental que se alargó casi diez minutos sobre la base rítmica y la línea de bajo de la canción. Fue excesivo, casi recargado, pero el público siguió coreando y disfrutando de los últimos minutos de un directo de más de hora y media -excedieron su tiempo- en el que dejaron un pedacito de historia de la música rock en Benicàssim.

Las pamplinas y chiquilladas de Ian Brown –un Bruce Lee de juguete fue su entretenimiento principal desde que dejó de cantar en I Am The Resurrection- sobraron de medio a medio, pero Reni, Mani y Squire iban a la suya –que era la música- y redondearon la leyenda después de un millar de solos y variaciones sobre I Am The Resurrection. Cuando cesó el sonido, la banda, triunfante y victoriosa, se entregó a un efusivo abrazo de sus cuatro componentes, de esos que venden aunque sean más fingidos que sentidos –no pongo la mano en el fuego para decir a qué grupo pertenecía aquél-. Solo quedaba alzar los brazos entrelazados para saludar a su rendido público e implícitamente proclamar que, al tercer día de festival, The Stone Roses resucitó.