Para que escuchen tu canto
Foto: enpositivo.com

Cantar al amor es una forma de no perder la esperanza y ciertamente un bello camino de seguir creyendo en sus verdades intangibles, desde el principio de los tiempos música y poesía se han unido tradicionalmente para hacer culto a Eros, Venus y Afrodita. Son muchas las maneras que hay de cantarle al amor, al desamor; Neruda lo vistió de verso e hizo metáfora con 20 poemas de amor y una canción desesperada, el 'yo' dramático de Shakespeare lo convirtió en soneto y los más grandes cantantes de la historia han desnudado su alma y anudado su voz, su música, a este bello y posesivo sentimiento humano. Pero todo sentimiento, todo arte que comienza a producirse en serie, pierde por la cadena de montaje sus verdaderas esencias convirtiéndolo en un producto más de la gran maquinaria pecuniaria.

Es por ello que defendiendo al amor hecho canción, defendiendo las propiedades curativas que posee para el alma, la citada defensa debe ser en todo momento racional y reflexiva, pues resulta tremendamente triste la burda manipulación que hace de tan inmensa palabra la Industria discográfica.

Resulta tedioso y chocante el idéntico timbre, el perfil clónico de cantante comercial de la gran maquinaria productora de dinero. En el mundo de la música el afán recaudatorio está muy por encima de valores como la difusión del talento y el arte. La imagen y la popularidad pesan mucho más que la calidad vocal, que el contenido de las letras. Generan productos en serie de la sociedad de consumo, que ha colectivizado los deseos, ha masificado los instintos y los gustos. Circulan por el mass media como aparato de lobotomización de masas y al servicio de un voraz consumismo, un capitalismo al que no le interesa despertar conciencias y generaciones de adolescentes que piensen de una manera diferente.

La industria discográfica, su farsa monetaria no deja pasar aire fresco, da la espalda sistemáticamente a una nueva progenie de cantautores que tienen mucho que decir, mucho que cantar. Aquellos que cuentan como único y posible escenario la calle, bocanas de metros urbanos y tugurios en los que nadie los puede escuchar. En las grandes épocas de crisis los cantautores pusieron la voz al pueblo, desafiando al aparato del Estado, aportando un punto de disonancia y denuncia tremendamente sano para el pensamiento popular. Igualmente se echa en falta mayor compromiso por parte de aquellos artistas que en lo alto de la pirámide, desde su posición dominante, pierden la ocasión de cambiar las cosas. Su ‘silencio’ es cómplice con la mordaza del poder, que sigue ejerciendo su censura de forma sibilina.

El mundo reclama a gritos letras comprometidas, la canción protesta sigue siendo tremendamente necesaria para una población, una generación de jóvenes con enormes inquietudes que no encuentra referentes artísticos en el mundo de la música. Chicos y chicas que tienen que recurrir a antiguos trovadores como Víctor Jara, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, entonar L’estaca de Lluis Llach, rescatar del viejo baúl canciones de combate, musicalizar como Serrat a Miguel Hernández en Para la libertad. Recordar a artistas como Raimon, Paco Ibáñez, Javier Krahe, Aute, algunos de los precursores de la denominada canción protesta en España. Canciones de un gran contenido reivindicativo cuyo germen podemos ubicarlo en Estados Unidos en la década de los 40, con músicos como Woody Guthrie, considerado el padre del género.

Anestesiada por el consumo, la masa solo privilegia las letras sociales vinculadas a las relaciones amorosas, todo aquel que muestre en su arte un punto de disonancia deja de existir para la industria discográfica, y es prácticamente imposible vivir de la música sin sonar en las radios. Es por ello tremendamente meritorio la existencia de islotes perdidos de personalidad que resisten heroicamente, como Violadores del Verso, Ska-P, Ismael Serrano, Pedro Guerra … que a duras penas mantienen el relevo generacional de un tipo de canción más necesaria que nunca, pero que no goza de relevancia mediática. Resulta triste comprobar el hecho de que una gran mayoría no muestra interés por el contenido de las letras y elige un tipo de música plana que no precisa de la capacidad de raciocinio para comprenderlas, interpretarlas.

El sistema tiende a fagocitarlo todo y el activismo jamás tuvo una cara bonita, quizás como dice Rosana la canción protesta, que siempre ha sido sello de los grandes autores de nuestro país, se traduce en mensajes vitales en un mundo escaso de ternura, pero hace cuatrocientos años William Shakespeare nos demostró con su soneto nº66 como cantar al amor siendo comprometido. Versa el Cisne de Avon:

Y fuerza mutilada, por el poder corrupto.

y el arte amordazado, con toda autoridad,

y la docta locura, oprimir al talento,

y la honradez sencilla, mal llamada simpleza,

y al Bien que cautivado, sirve al Mal, su Señor.

Cansado de estas cosas, quiero dejar el mundo,

salvo que por morir, dejo solo a mi amor.

Por ello que Dios guarde muchos años a The Boss, a Bruce Springsteen, que el mundo llegue a la habitación del despertar, que siga cantando al amor pero con conciencia social, que salga de la anestesia del consumismo y comprenda que no hay más bella forma de cantar al amor y dignificar al ser amado, que reivindicando sus derechos. Y para esta farsa monetaria, para esta gran mascarada de la música comercial, el Carnaval gaditano encuentra las palabras justas, pues nadie como Cádiz sabe de canción de combate y el lápiz rojo de la censura. Canta el pueblo, escribe Juan Carlos Aragón Becerra, Para que escuchen tu canto, perfecto equilibrio de música, voces y contenido en las letras. Su comparsa Los Millonarios, es la voz crítica de Cádiz que por febrero nunca falla.

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