Maldito oficio

Hace no tiempo, sino un instante, la tinta se deslizaba presa de mi voluntad sobre la nota en la que construía mi crónica de hoy. La lluvia supo dar a mi inspiración la nostalgia, y el cielo gris, sabio, me dotó de la paz necesaria para no dejarme llevar por el gentil horizonte, reacio a dejarme hipnotizar por anhelos que tomaron el ruego constante como costumbre.

Maldito oficio
Maldito oficio

Érase la historia por escribir, de un estudiante de derecho a mediados del Siglo XX, que como todo joven, buscaba qué hacer mientras le susurraba al horizonte, en la ciudad de Cartagena de Indias.

Fue aquel inesperado día, el día que le cambiaría la vida. Colombia era su tierra y la literatura y el periodismo, las letras, ya le habían deslumbrado, parecían haberle tomado. Un día más, el día que pasó a la vera de las oficinas de El Universal, en la calle San Juan de Dios, su curiosidad halló a un hombre escribiendo detrás de una baranda. Su curiosidad, ya mudada en voluntad, le hizo aproximarse. Y aquel justo instante fue, cuando decidió emancipar su menudencia y cruzar la frontera que le separaba del periodismo, para decirle, con una terrible timidez que tuvo siempre, y que en ese momento, en el cual no tenía la menor idea de lo que sucedería, era mucho más acentuada: “Yo quiero trabajar aquí”. 

Ante el bravo deseo de aquel joven desconocido, que se refugió en lo insólito y lo bizarro para mostrarse como apto, el hombre, sorprendido, desacostumbrado, le preguntó: “¿Pero tú, qué haces?”, y el muchacho, tomado de nuevo por una terrible timidez (que tuvo siempre), mucho más acentuada aún, le argumentó, con tenacidad: “Yo escribo”. 

Mientras maduraba la capacidad de su órdago y jugaba a escrutar la incertidumbre, el hombre, reclamó su nombre, que presentó con gusto, y ambos se percataron que aunque fueran desconocidos, ya habían cruzado sus caminos en el pasado. Había leído algunas de las letras en las que él había plasmado su genio. La tensa espera llegó a su ocaso y la ansiada respuesta arribó a la cita: “Siéntate ahí y escríbeme una nota”. Al leerla, y comprobar la suficiencia del insólito pretendiente, aquel hombre se puso feliz, sin saber aún que el tiempo, haría a aquel tímido estudiante, que albergó su atención durante aquel día, Premio Nobel de Literatura en el año 1982. 

 

Y así fue como aquel tímido muchacho, de nombre Gabriel García Márquez, desde ese mismo día, era periodista, ya.

La imperfección del universo y sus habitantes, es un periplo, sin más respuestas que la inverosímil. Si el total de sus huéspedes persiguen durante su itinerario en no sabemos qué, ni dónde, la anhelada perfección, se desconoce por qué no se ha llegado a rozar siquiera, al venerado valor intangible.

Hoy día, cuando paseo por la calle, veo niños mayores, que aprendieron de otros niños más mayores. Que copiaron sus defectos y fueron poco a poco, olvidando sus virtudes. Hoy, más que una conjetura es, recapacitar si náufragos de lo común, como Gabriel García Márquez o Camilo José Cela, habitaran nuestras días, si su genio, podría quedar atrapado en el tiempo, convertido en una aventura inerte.                                       

La idiosincrasia que los hizo tan especiales, podría quedar a la intemperie ante el castigo del presente que hemos legitimado, al encontrar, que los puentes por los que ellos atravesaron, rumbo a la ribera de lo extraordinario y lo fulgente, han sido sepultados, por barreras omnisolemnes. Tapias descomunales, que el grito, la codicia y la hipérbole defienden desde la atalaya absolutista de quienes les han entregado el poder, verdugos de la reflexión, los porqués y la honestidad, lascivos de la potestad.

El periodismo del hoy.

Niños de letras, hombres de sueños, si hubieran acotado su vocación natural al oficio informativo, podrían perseverar soñando con cambiar el mundo, pero la falta de apoyos a su causa podría causar que el mundo fuera el que les deparara a ellos la permuta, en un complaciente pasaje hacia la manufactura que rige el vigente oficio, donde el crápula vive del periodismo, mientras el periodista honesto, sobrevive de su caridad. 

Su genio daría sus días, a fábricas productoras de información de consumo rápido, donde su talento, quedaría distraído, trivializado. Y al dictado pecaminoso de la subsistencia, sin percibir aún que el hambre es un hipnotizador absolutista que poco entendió de dignidad, ejecutarían mandamientos, que poco asimilaron de honestidad, al dictado de hombres mayores de grito fácil y raciocinio altanero,  cumpliendo con brío esmero las paupérrimas exigencias informativas de nuestra sociedad de consumo.

En la elisión de sus singularidades, rumbo a la carencia, rodeados de jóvenes nada litigantes que heredan el decadente espíritu de estos veteranos, serían fieles ya al vasallismo al que accedieron reticentes para subsistir en dichoso ecosistema, copiarían algunos de sus vicios, y verían, como la mediocridad personificada, una moderna eminencia al poder, intentaría aturdir su talento, al saberse, ellos solicitados, los otros necesitados. 

Y es en ese momento, ya sin atisbo de genio alguno, débiles, donde la doctrina les tentaría para hacerlos suyos, tan susceptibles. El capataz les ofertaría el pacto incorruptible que colmaría todas las expectativas exigidas y creadas por nuestros Estados de bienestar, donde a veces no nos sentimos tan bien, tan orondos afortunados.  

E íntegramente hipnotizados por el falaz refugio que alberga ahora su  firmeza y bienandanza, desde ese mismo día, los jóvenes Gabriel y Camilo, serían becarios, ya.

No es metafórico que en nuestro Siglo XXI, grandes autores del pasado, se vieran eclipsados por voceros de turno, escribas de bandera y fariseos de carrera. Que el desempleo y la desesperación, desencadenara en ellos el estigma. Que sintieran que la pasión del que se sabe diferente, es similar a la agonía del que se sabe completamente diferente. Incomprendidos en una sociedad de hipérbole, donde nuestros genios envejecen mientras explotamos al presente y desdeñamos el futuro, les traería severos colorarios no someterse a la sentencia de un régimen que persigue la canonización de las cosas triviales, mientras poco a poco ellas van abandonando su trivialidad gracias al triunfo de lo mediocre y anodino. Lo insustancial. 

Hoy día, son estos súbditos del negocio los que se exhiben con orgullo como periodistas, y así la sociedad les reconoce, en ocasiones, incluso con júbilo, olvidando, ergo, negando, a sus auténticos y fidedignos jornaleros. Sin siquiera preguntarse, necios de  acierto, sin titubeos, si el rumbo que escogieron no fue hacia el destino equivocado, sin más tierra a la vista que el yerro. 

Les diré, que nunca se escribieron noticias, en las que gentes peregrinas de dichos lares fugaces, cambiaran vez alguna, el mundo.

El modelo a seguir. 

Hogaño, cuestione qué es el periodismo y encontrará más holgura que firmeza. Pragmáticamente, se ha abandonado cualquier definición que no explique la economía. 

Javier Bauluz, único premio Pulitzer español, abre la persiana, dejando entrar un poco de luz: “Había un tabique entre negocio y periodismo, que se cayó, y quienes quedaron al mando fueron los de la parte del negocio. Que solo miran al negocio, porque no son periodistas”, afirma Javier, valedor de los valores supra del oficio: “Venden chorizos y cuantos más mejor, y cuantos menos les cobren por fabricarlos, mejor. El objetivo no es la información, la verdad, el servicio a los ciudadanos, sino otros intereses. Dejan así, de cumplir el objetivo del periodismo”.    

Hace años, pocos para algunos, desconocidos para otros, Ryszard Kapuściński, reportero, recorría sin cesar la historia del siglo XX en conflictos armados y países con todo que explicar. Su práctica era escribir de forma tenaz las crónicas de lo relatado y reafirmarlas en libros en los que la reflexión y la narrativa eran el discurso que decoraban de manera excelsa sus líneas: “En el buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, tenéis también la explicación de por qué ha sucedido; en el mal periodismo, en cambio, encontramos sólo la descripción, sin ninguna conexión o referencia al contexto histórico”, evangelizaba el polaco.

 

Kapuściński creía en la fuerza de la palabra en un presente entre metralletas y machetes. En una de aquellas tardes, con el dolor ajeno como consorte, definió los presumibles cinco sentidos que debía tener todo periodista: “estar, ver, oír, compartir y   pensar”. Frase de solo cinco palabras que parió la experiencia de toda una vida, gratamente dignificada por la celebérrima sentencia que legó a cualquier aprendiz de este oficio: “Para ser periodista, hay que ser buena persona” en su consejo hacia honrar, dignificar la verdad, y perpetuar la pureza de las buenas intenciones. Su palabra y discurso, limpios, desataron la admiración del periodismo, como en el cine la mirada de Kubrick o en las letras el genio de Lorca. 

Podríamos denominar impropio, que en los años en los que Ryszard hizo de su vida una oda al nómada, entregara su vida a su “misión”, no le fuera concedido al paradigma el premio Pulitzer, galardón cumbre de la excelencia periodística creado a voluntad póstuma de Joseph Pulitzer, paradójicamente, el pionero de la prensa amarilla. 

El que nombra al hoy laurel efigie del prestigio, fue uno de los antagonistas de los valores del oficio.        

Joseph Pulitzer, el judío que abandonó la religión.

“Una prensa cínica, mercenaria y demagógica producirá un pueblo cínico, mercenario y demagógico”. Antes de aprender y pronunciar dicha idílica sentencia, Joseph Pulitzer, era un emigrante que a mediados del Siglo XIX, había partido de su Hungría natal rumbo a los Estados Unidos, al verse repelido como soldado por varios ejércitos europeos que no le dieron abrigo a su vocación bélica por sus problemas de visión, que le obligaban a portar anteojos. 

 

 

En América, comenzó a trabajar en un periódico de lengua germana que compraría 4 años después por 3.000 dólares, de los que pesaban como antaño. Entonces, ya había conseguido influencia en el partido republicano, del que era militante. Ese mismo año compraría el  Dispatch y lo convertiría en el periódico más leído de San Luis (Missouri), donde hoy, una estrella recuerda su agitado protagonismo en el paseo de la fama de la ciudad. Su estrategia como editor sobre todo, funcionó. Lo que tocó, lo hizo oro, un éxito rotundo. Compró cabeceras y viró su línea editorial hacia el terreno oscuro de la maraña y el escándalo, con algún paréntesis de acierto. No paraban de comprarle.    

Con la barahúnda y la notoriedad de su New York World, la guerra llegaría de nuevo para citar al soldado Pulitzer frente al otro pionero de la prensa amarilla, que le copiaba: William R. Hearst, hijo único de un empresario minero de California, rico, inculto y sin escrúpulos. Cuyo vástago ratificó sus genes, inspirando al Ciudadano Kane de Orson Welles. La guerra de medios les llevó a la vil exageración e incluso a la invención, como la explosión “española” del buque Maine. Durante la intensa disputa, Hearst, le robó al dibujante estrella de la tira de “El Chico Amarillo”, para editarla en el Journal, y Pulitzer contraatacó contratando otro ilustrador que también realizaría análogo personaje en la tira más célebre del NY World. Tal fue el eco y el vocerío, que la guerra, sucia, contaba con la complicidad de unos lectores encantados de leer, palabras huecas, humo. 

Así llegó el bautizo, que tuvo como padrino el prestigio del New York Times, que alborotado por la altisonancia de sus contenidos y ante la dupla de “chicos amarillos” en ambos rotativos, los uniformó con el apelativo de “prensa amarilla”. Tal magnitud de frentes abiertos en toda la vorágine bélica entre editores, hizo mermar su salud, que nunca fue tan férrea como su voluntad de ganar dinero. 

Y reflexionó. Sin más adrenalina, que la espera al desenlace de sus días, sabiéndose cerca del final, donde riquezas y amores se sienten ajenos, quiso devolver al periodismo y a su persona, el prestigio y la dignidad que él había promovido hacia un lugar fútil, o quizá, todo fuera un conato desesperado de cambiar su papel en la historia, ya que la existencia es un carnaval donde cada cual vive su disfraz, y no siempre queda uno conforme:  “Estoy muy interesado en el progreso y avance del periodismo, después de haber dejado parte de mi vida en esa profesión, la recuerdo como una noble profesión de inigualable importancia por su influencia. El poder para moldear el futuro de una República estará en manos del periodismo de las generaciones futuras”.

Ofreció a la Universidad de Columbia donar parte de su fortuna para financiar la primera escuela de  periodismo del mundo. El presidente lo rechazó de inmediato, sabedor del pecado insigne de Pulitzer. Fue el presidente sucesor quien sí atendió su última voluntad y enmendó sus pecados a la muerte del editor, aceptando la donación para dar génesis a la Escuela de Periodismo de Columbia y crear seis años después de su fallecimiento, los premios Pulitzer, galardones, que según su testamento, nacerían con el objetivo de estimular la excelencia. Una tardía catarsis de alguien que sintió traicionar un oficio para abrazar al negocio, y que para purificar su aflicción, ligó su nombre de forma sempiterna a fomentar el prestigio periodístico.

El "dilema Pulitzer”.

A Joseph Pulitzer la prensa, que no el periodismo, le hizo millonario. Personas ilustradas creyeron en la buena fe final de Pulitzer y fomentaron su póstumo y prestigioso modelo. Pero también personas poco ilustradas y algunas incluso instruidas, heredaron su modelo en vida, sin celo ni reparo, amarillísimo, amparándose en la supuesta evidencia de la falta de un modelo alternativo fructífero y rentable.

En la época moderna española, en la que el dinero nos hace prisioneros o verdugos, en la isla de la información, donde los barcos empezaron a dejar de transitar pasajeros a su orilla, se dio un pecado de lujuria. Y dado el dilema, en él tomaron ventaja los bandoleros. Porque para alguien nacido en la aridez, es difícil poder sentir el frío si nunca ha conocido la gelidez del hielo. 

Como iconos de tantos, empresarios de aquí y de allá, entendieron el periodismo, como el medio hacia su fin, el poder y el dinero, no como el fin buscado, utilizando el medio económico. Ante la predominancia arcaica, hicieron del periodismo, un tributario de su hedonismo. Sus leales fueron cercenando el rigor y la profesionalidad a exigir, arrinconaron la verdad en favor del morbo, e inocularon su simple propuesta basada en sofás de gentes cotorras y correveidiles codeándose con duelos de altivos machos alfa propios de bar del oeste, a través de gentes que se hacían llamar periodistas. Las guapas y esbeltas también ascenderían y pisarían carreras labradas con esmero, para después descender cuando el juguete dejara de tener precio.

Varios medios plagiaron la invitación que trajeron las cadenas privadas, y la audiencia, los lectores y los entonces, periodistas, se entregaron a su propuesta durante la década de los 90 y la recién saldada primera década de los 2000. Hicieron del conflicto un modo de hacer dinero con la aquiescencia de una audiencia fanática y servil, a la que inocularon a través de la demagogia y los líderes de opinión que ellos crearon, un concepto de normalidad en las actuaciones e ideología de sus contertulios, que aún hoy perdura, haciendo de la vacuidad y el ruido, una excelencia adictiva. Las víctimas, fueron sus mejores cómplices. La llamada telebasura hizo de la comunicación una idiotización, una simpleza, quizá sin siquiera premeditarlo y tasó así, sin voluntad, el nivel vigente de la moral dominante y la opinión pública.

En el oficio, quién no tuvo claro que era el periodismo, se dejó llevar. Palabras como prestigio, credibilidad, y coherencia, fueron denostadas rumbo a una minoría incomprendida. El discurso del periodista medio sufrió una metamorfosis banal, altanera, engreída,  personalizado en egos sedientos de una insaciable notoriedad. La llamada en el periodismo, espiral del silencio se instauró en el gremio bajo el amparo del corporativismo y la teoría de la aguja hipodérmica iba penetrando a los antaño lectores, oyentes o espectadores, ahora consumidores que no paraban de demandar el narcótico, embriagados del euforizante llamado morbo.

Así, la tragedia atacó a la pureza, a la discutidamente brillante, pero si respetuosa facultad. En sus laderas dejaron de entender de sueños, ya que el río que les separaba,  ya era mar, sin puentes que atravesar. Jóvenes periodistas, miraban por una recóndita ventana, perplejos, como debían alterar sus principios como periodistas para imitar a aquellos productos televisivos, radiofónicos o escritos. Los que fracasaron en la subasta, o se negaron con pulcritud, caían despeñados en centros comerciales y restaurantes de comida rápida como repudiados cánones de un sistema que no creía en la sobriedad, seleccionaba al bufón y al vocero antes que al esfuerzo del genio, desnudo y abandonado ante la telebasura, radiopredicadores y escribas, por su antaño fiel mecenas. 

Mientras, en aquel hermético castillo que refugiaba la bicoca que los patrones, los empresarios, poseían con los periodistas, egos advenedizos y palmeros, humillaban su vocación. Tan malo era el hasta hace poco director de Marca,  que inspirado en Hearst, su diario, el “bien vendido” no paró de crecer. Tan horrendo y falaz el verbo de varios contertulios que sus capitanes les premiaron con asientos vitalicios para seguir evangelizando, tan fluido el verbo de los hijos de esos padres que tuvieron asiento preferente en este tren sin rumbo, olvidando que el fruto solo nace de una semilla fértil, nada estéril.

Con su aura y ornamenta habitual, con aires de catedrático y síntesis de la autoayuda, Jesús Quintero, definía así, la socialización: “Alguien dijo, que todos somos geniales hasta los 7 u 8 años, que luego tratamos de parecernos a los otros, buscamos la mediocridad y casi siempre, acabamos lográndola. Procura ser tú mismo, no  hagas lo que todos, no digas lo que todos, no pienses lo que todos.  No alimentes las mismas mentiras y la misma basura. No te conformes con ser un borrego mediocre, si puedes ser alguien genial”.

Deambulando limítrofe a sendas del tino, intuyendo que es en el éxito donde perdura la emulación, los niños de 25 años que sin brújula, no maduraban, querían imitar a instituciones que perduraban durante 20 años en el podio, no por su valía y victorias, sino por su labrado colegueo con el patrón. Los jóvenes veían a Federico insultar en cadena tras cadena que le acogía, a Sergio, salir de su faceta de presentador perenne en TVE, para  narrar partidos sin acierto, a Roberto, de exclusivas  internacionales sobre un jugador que entrenaría en Sevilla, para jugar los fines de semana en un equipo inglés, a Mamen, haciendo falsos documentales falsos de una República, a Tomás  hablando del árbitro como de un blatodeo, a Jordi presentándose como el rostro del periodista, o a Intereconomía, pedir tributo a unos espectadores, que suponen, no querrán que la realidad les estropeara tan buenas y objetivas noticias. Y mientras todos duermen, que Jordi Évole, un joven e independiente peleón del humor, les diera a todos una lección haciendo periodismo, entre judíos y palestinos, es dignidad. Porque el respeto que les rubrica el hoy, será una gran mentira en el mañana, donde una vez su poder se esfume, nadie querrá repetirles.

Al pasar de página de la libreta en la que escribo, tan pequeña y diminuta como inundada por el océano de mis letras, me doy cuenta de cuantos sentimientos quedaron atrás. Con un horizonte nada raso y con una banda sonora de tenor, mi alma de periodista llora de nostalgia, cuando recuerdo el gesto incrédulo del quiosquero ante aquel niño de 9-10 años que venía cada mañana al quiosco de la calle Mariblanca, en Usera, a decirle que venía a comprar el periódico para él. Siempre le prometí que sería un gran periodista. Él, cortes, siempre me sonreía. Fue hace años, cuando dejé de verle, pero hoy, recelo de que aquel hombre reconociera a aquel niño pasional, que hoy tiene 25 años y las heridas por cerrar de quien encontró el puente sitiado cuando perdió el vértigo a cruzar. 

Que entre tantos, tuvo que alternar licenciatura con subsistencia afilando guillotinas en el taller, y ergo, repartirlas por doquier. Al que con la ayuda de Don Juan Carlos Casas, se bautizó en Don Balón. Al que ofrecieron un oasis que mutó en espejismo, intentado que sirviera intereses triviales en la Sexta. Que distrajo su incomprensión llamando a la puerta del periodismo de terreno, confiando currículums, de suma cientos, cuya llamada quedó sin devolver, mientras con el peso de la licenciatura sobre los hombros, huyó despavorido de un capitalismo presente que le ofreció llamar a otras puertas a puerta fría con la obligación de vender manufactura, tras lo que pidió, asilo, en los restaurantes londinenses. Que dedicó meses y meses, con la indómita ilusión del inocente, a fabricar con esmero reportajes para trabajar en Callejeros sin más respuesta que un mutismo, que daría epílogo, en una injusta llamada tardía años después, para que les presentara gentes de mal vivir para su, fui consciente, producto. Y que sin más conocimientos que el esmero, fundó VAVEL.com para intentar evitar a los venideros tan redundantes andanzas y dignificar, este maldito oficio. 

En la holgura de la travesía, muchos ídolos de infancia me fallaron, entregados a merced de la corriente, se vendieron, y eliminé mi modelo a seguir. Grite al silencio y me callé en el grito. Y me prometí, con firmeza y menester,  luchar, para que la fulgencia del sol, iluminara algún día, el anochecer perseverante que iba apagando la luz de nuestro oficio.

De recuperar el adjetivo, para el como diría aquel joven y tímido muchacho, de nombre Gabriel García Márquez: bendito, oficio.