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Periodismo

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Irremediables marionetas

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Esta vez no hablaré de polémicas relacionadas con el fútbol, de injusticias que abanderan la lógica inexacta de bicicletas de oro o de la dulce resaca que aún experimento desde mi viaje virtual a Melbourne el pasado domingo. Esta vez no toca, es el turno del periodismo. Concretamente hablaré de la disciplina a la que mal llamamos deportiva, más que nada, porque los medios, embelesados por el canto de sirena en forma de riqueza y dinero, sucumben ante los más banales pecados de la desinformación y el amarillismo para obviar cualquier atisbo de práctica atlética.

Leo, observo y pienso. Acuden irremediablemente a mi joven memoria las consignas del periodismo de quilates, del que arranca y termina con expectación sin perder ápice de calidad. Con anhelo en el arte de la pluma y el papel, Tom Wolfe o Gay Talese, miembros de oro en esto del ‘Nuevo Periodismo’, copan mis pensamientos como cenit de la vocación periodística. No me olvido del púgil Manuel Alcántara, cuyos testimonios a pie de ring impulsaron uniformemente a un país que disfrutaba –más que nunca- con la belleza del boxeo. Mientras, al otro lado del charco, Gabriel García Márquez bordaba los hilos dorados del tapete periodístico.

El idílico recuerdo dura apenas unos instantes, el tiempo justo para volver a palpar la realidad desde la rígida silla en la que me aposento. Con preocupante tranquilidad, asimilo cada uno de los descarnados titulares que mi mente, inconscientemente, recibe como el pan de cada día. Al igual que, impotente, me resigno a que mis pupilas presencien los cada vez más frecuentes traiciones al contraste y la verificación de lo publicado. Esta vez no, me niego. Desde mi humilde condición de estudiante, abjuro a arrodillarme sobre el manto que la religión de la camiseta ha impuesto sobre los “profesionales” de la pluma, una pluma maltratada y herida por sus portadores.

Pero este sentimiento de rebelión no nace solo, arriba a mi voluntad auspiciado por dos narraciones sorprendentes, delicadas y estéticas. Dos autores que se hospedan en espacios aislados de la masacre deportiva sobre el papel para dilucidar un futuro que olvide el forofismo actual. Dos autores que abogan por la originalidad, por el dinamismo léxico, pero sin olvidar el contenido y la interpretación: qué se quiere expresar y de qué forma. Cada una de estas declaraciones -tan singulares como la aparición de la objetividad en los diarios-, despertaron ambición en algún rincón inexplorado de mi interior. Habituado a leer sus líneas, no fue la lindeza del contenido lo que más me emocionó, sino que ese honor recaería sobre el propósito subyacente que ostentaban: concienciar (y vaya si lo consiguieron).

El primero es refinado, sentido y nostálgico. Evocación de buenos tiempos que llegan a su fin sin remedio, un mundo cruel que arrasa carcomido por la avaricia. Nada es suficiente, siempre será exigido un plus que diferencie el trabajo de la esclavitud. Lo difícil no es llegar ni tener éxito, sino mantenerse con un público que te respete y no te ninguneé, tener unos lectores fieles que aprecien el talento que posees desde la deferencia. Porque eso es lo verdaderamente admirable y no acudir al “aplauso fácil” gracias a muestras ronceristas o carazistas.

El segundo, más dotado por la ironía y el sarcasmo, esconde una crítica profunda a los ya habituales derroteros en los tabloides españoles. La información ha quedado en un segundo plano para atribuir el papel protagonista a los desencuentros, al cruce de improperios o a cualquier estrategia que pueda justificar el mal de altura que sufra el equipo al que defiende. Todo esto, claro está, prima por encima de la imparcialidad que un servidor busca desesperanzado por no hallar recompensa. Mejor será romper la pierna del contrario que curar la propia; así, al menos, nuestros ‘hinchas’ (que no lectores) gozarán de una sonrisa y comprarán ejemplares.

Es por ello que estos dos ejemplos de profesionalidad hicieron trabajar a mis neuronas y éstas descubrieron un camino a seguir, aunque tortuoso y oscuro. Un sendero no exento de obstáculos que apuestan por seguir de cara al sol, sorteando la ceguera que imponen unos dueños ávidos por manejar a sus anchas las cuerdas de marionetas con mudez y sordera aguda.

Y acabo estas líneas con la sensación de que la empresa es posible, que no todos los intentos caen en saco roto y que, a veces, el público entiende (ambos artículos han rozado los 2000 ‘retweets’). Reivindico el retorno a la honestidad escrita, una práctica que en nada envidia a la polémica audiovisual. No más hilos que manejen demagogia. No más maniquís sin conciencia. No más fanatismo, más periodismo.

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