Políticas de corbata

Los hábitos de los políticos siempre dan que hablar.

Políticas de corbata
Políticas de corbata

Desde ayer se está celebrando una cumbre de la OTAN en Chicago en la que pasa de todo, salvo lo que el título del encuentro indica. Menos de seguridad, los mandamases del mundo pegan la hebra con cualquier tema. No es que importe mucho, la verdad, porque desde hace mil años siempre es la misma reunión tenga el título o la excusa que tenga, pero no deja de tener su aquel la rimbombancia. Los que lo vemos desde la barrera, al menos nos entretenemos analizando las puestas en escena, que es lo único que interesante de esos encuentros planetarios.

Como en la política española no se admiten preguntas y las ruedas de prensa se han limitado a actos en los que se difunde propaganda con público que toma notas, lo mejor es bajar el volumen de la televisión, tapar los párrafos de las crónicas y centrarnos en la imagen desnuda, para sacar nuestras propias conclusiones.

Me fijo en las fotos, donde siempre se cuela un detalle incontrolado, que es lo interesante, como el micrófono abierto que capta la verdad y no la pose. La dictadura de los asesores de imagen no puede tenerlo todo atado y bien atado, y por esas grietas hay que ir buscando el camino hacia las certezas. Es nuestro único reducto. A veces pienso que el periodismo de antaño y mítico que vete a saber si realmente existió, el incisivo, el analítico, el brillantemente escrito, el que tiene como fin controlar al poder, hoy se ha reducido a los fotógrafos. Ellos son los únicos capaces de firmar una información novedosa, por eso no es casual que, de un tiempo a esta parte, les quieran poner una venda en los ojos y atarles las manos a la espalda para que no disparen cuando quieran. El político, por definición, no es un servidor público, porque entonces se haría voluntario de pongamos Cáritas, sino que es un depredador de la libertad al que la ciudadanía tendría que vigilar más de cerca. Nos va la libertad en ello, pero parece que nadie se da por aludido.

En las fotos de la cumbre que Moncloa ha colgado en su web, se ve bajar a Rajoy del avión con traje y corbata, después de un viaje trasatlántico, pero se reúne con Merkel sin chaqueta y con la camisa desabrochada. Todo un detalle.

No es que sea importante para el devenir del mundo, pero da que pensar. Al igual que el hecho de que el encuentro se desarrollara en un barco, con lo peligrosas que son todas las metáforas náuticas. Parece mentira que aún no sepan que toda metáfora náutica termina tarde o temprano en el Titanic. Siempre.

Si los políticos han llegado a confundir hasta el atuendo adecuado, qué no habrán hecho con las decisiones que no vemos pero que nos afectan en nuestro sufrir diario. Si lo piensas, los escalofríos al descubrir en manos de quién estamos pueden amargarte la comida o el té de las cinco. En este mundo público en el que lamentablemente no hay ideas, sino sólo eslóganes, el atuendo tiene su importancia y tendría que ser cuidado entre los cargos públicos mucho más de lo que se hace. Ya que sus palabras son huecas, casi inexistentes, la única forma que tienen de mostrar respeto a la ciudadanía de la que emana su poder, es con su forma de vestir cuando nos representan. ¿Alguien se imagina que un futbolista viajara con las botas de tacos puestas en un avión y jugara el partido con los zapatos de patear aeropuertos?

Como la ética ni está ni se la espera, al menos señores políticos nuestros, tengan estética, por favor. Si a la ciudadanía la tienen ajustada, qué menos que a ustedes les moleste un poco el nudo de la corbata, para compensar.