No hay mayor revolución que la evolución

Revolución y evolución: dos respuestas antitéticas a un mismo problema.

No hay mayor revolución que la evolución
Foto: www.elmundo.es

Yo también creía que había cosas imposibles hasta que en 1992, en plena Europa, hubo una guerra brutal. Dicen que los bombazos de Yugoslavia descosiéndose a mordiscos resonaban en Venecia. Los turistas que tomaban café en la plaza de San Marcos, también creían que era imposible, supongo, aunque lo estuvieran escuchando. Pérez-Reverte lo contó bastante bien en un librito corto, "Territorio Comanche", por si alguien quiere aprender algo de historia y de paso, periodismo. Ahí me di cuenta de que esta paz latente que tenemos, tácita, democrática pero imperfecta si se quiere, que podría parecer eterna, es muchísima más frágil de lo que nos pensamos.

Podría vencernos la tentación de creer que la historia va a detenerse en este momento, y que como mucho, reformaremos el presente para que jamás deje de ser un presente estático. Creer en la felicidad de que la vida ya sólo puede trascurrir por límites más o menos civilizados. Podríamos caer en el error incluso de pensar que la sociedad en la que vivimos no va a conocer ni un proceso violento más, pero eso sería creernos los mejores habitantes que han poblado la tierra en toda su existencia, y a poco que decidas mirar a tu alrededor, no parece que estemos en lo cierto. Si la paz no se trabaja, si no se apuntala, si la democracia no se cuida, no se pule, no se le desprende de los costrones de mugre de los que intentan medrar saltándose las normas, royendo los cimientos, el edificio se nos viene abajo seguro. Si a la sociedad que conocemos se le amenaza con lenguaje prebélico como está pasando en estos momentos, algún día, el que menos nos esperemos, alguien se encargará de que directamente sea bélico y ya no habrá quien detenga el aluvión de terror. ¿Ninguno ha oído hablar de la caja de Pandora? Me temo que No. Quizás ese sea el problema.

Nadie suele detenerse mucho en ello pero lo imposible suele ser más efímero que un transatlántico insumergible. Siempre. Hoy, muchos también creen que todo es imposible, hasta que dejen de creer porque la realidad les desmienta y muchos bienintencionados acaben rememorando a Ortega cuando la Segunda República española se les desmontó en mil pedazos nada más empezar: no es esto, no es esto. Las grietas que sufre nuestra sociedad hace tiempo que dejaron de ser una anécdota. Queda poco espacio para ser razonables porque cada vez la gente tiene menos miedo al caos pero aun estamos a tiempo de evitar una demolición descontrolada que es a lo que nos llevaría el delirio revolucionario. Si no conseguimos endereza el rumbo, nuestra vida puede ser un infierno. Hemos llegado a un extremo tan peligroso en el que nos importa tan poco todo, que antes de decidir qué queremos levantar vamos a tirarlo entero. No va a quedar en pie nada. Un solar humeante. Y nos dirán los mesías que arrastren a la masa que da igual, que no nos preocupemos de llenarlo todo de destrucción y desgracia, que ya veremos cuando acabe la orgía de sangre cómo arreglamos el edificio, cómo pintamos el portal y de qué forma decoramos las habitaciones. Lo malo de todo es que quizás, cuando lleguemos a ese punto no haya edificio que arreglar porque habrá sido declarado en ruina y los vecinos que aún queden vivos, desahuciados. Por los mesías, que no se preocupe nadie. Ellos siempre ganan, aunque todos los demás perdamos.

No creo en las revoluciones. Siempre me han parecido una forma de buscar un atajo que nunca conduce al punto deseado sino que terminan por perderse entre búsquedas de poder personal, violencia gratuita y más desesperación que al comenzar, por la frustración que produce el fracaso de no cambiar las cosas. Las revoluciones, en el mejor de los casos, suelen partir de una idea respetable y terminan en una realidad despreciable, con una cantidad de violencia en medio que sólo de pensarlo pone los pelos de punta. Las revoluciones se suelen llevar por delante en primer lugar a los mismos desamparados por los que las iniciamos, por lo tanto es normal que como paria que soy de esta sociedad, las revoluciones me horroricen. Yo creo en las evoluciones, como la que nos ha traído biológicamente hasta aquí. Evolucionar nos evita cometer los errores que las prisas siempre te causan. Si tanto creemos en Darwin, ¿por qué lo despreciamos para crear nuestra sociedad?