¿Vocación pública o afán de lucro?
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Probablemente, una de las primeras pagas de la historia, por dedicarse a la política, se encuentre en la antigua Atenas. En esta polis, había un “equivalente” (y aquí se pueden poner todas las comillas que se deseen) a nuestros parlamentos actuales, como era la Boulé, cuyos miembros recibían una pequeña paga. Asimismo, Pericles también terminó instaurando otra pequeña compensación para los asistentes a la Asamblea, que era el órgano verdaderamente decisivo en la Democracia Ateniense. En ambos casos fue necesario establecer una remuneración, ¿por qué? Porque en un sistema democrático como el ateniense, si el poder solamente hubiera sido ejercido por aquellos privilegiados que podían vivir de las rentas, además de romper su concepción igualitaria del poder, habría puesto en clara desventaja a los más humildes.

Este aspecto también es posible encontrarlo en sistemas representativos como el nuestro. Por ello, la figura del liberado político tiene sentido y es importante. Si aquellas personas que quisieran dedicarse a la política no cobraran un sueldo por ello, solamente podrían estar en ella los más ricos; y revisando la política parlamentaria de los siglos XVIII y XIX, por poner un ejemplo, observamos que legislaban prácticamente en un único sentido. Ahora bien, en lo concerniente a este punto, sí que hay una diferencia remarcable entre Atenas y los regímenes actuales: la manera en la que se designan los cargos públicos.

Mientras los miembros de la Boulé ateniense eran seleccionados por sorteo, los diputados actuales son elegidos. ¿Qué plantea esta característica? Que los diputados se postulan voluntaria y directamente para conseguir una parcela del poder. Entonces, obviamente, desean ese poder. Por el contrario, en Atenas era el poder el que les encontraba a ellos. Es más, incluso con ese componente de suerte, los controles previos (“Dokimasia”) y posteriores que se llevaban a cabo sobre estos seleccionados, dificultaban muchísimo que éstos se enriquecieran gracias a la política. ¿Qué nos indica esto? Que quizá Rousseau no iba desencaminado cuando decía aquello de que en una auténtica democracia, ostentar una magistratura no es una ventaja, sino una carga.

En cambio, en la actualidad, la condición de diputado parece ser algo codiciado y muy atractivo. Sin embargo, cuando los ciudadanos atenienses iban a votar a la asamblea, no lo hacían en absoluto por el dinero que percibían. Realmente les importaba lo que podía pasar allí, tenían una concepción pública de la vida política, y nadie quería ser “idiota” (para un griego antiguo, “idiota” era aquel que se desentendía de los asuntos públicos). Esa manera de entender la política es verdaderamente interesante. Por tanto, el incentivo del diputado no debe ser económico, sino vocacional. En este sentido, un sueldo más austero serviría para distinguir los que realmente tengan una vocación pública de aquellos que únicamente desean lucrarse.

Entonces, ¿qué sucede con el régimen de incompatibilidades? Los miembros de la Boulé ateniense probablemente se dedicaban en exclusiva a este órgano, y además era muy difícil que se enriquecieran en el cargo. ¿Qué ciudadano ateniense podía desear formar parte de la Boulé, en estas condiciones, si no es por vocación? Los griegos conocerían que, en ocasiones, cuando se mezclan asuntos públicos y privados es posible que aparezca una cierta corrupción. No obstante, la corrupción surge también por otras causas, de modo que finalmente deben ser criterios éticos los que determinen la importancia de esta cuestión.

¿Para qué se eligen diputados? Una de las respuestas sería que para gestionar los recursos de todos. Así que, si también se dedican a sus propios asuntos económicos, es algo que, estéticamente al menos, resulta poco apropiado. Asimismo, cuando alguien cobra un sueldo que le permite vivir dignamente, pero lo hace a costa del erario, puede ser que se espere de él una dedicación exclusiva y no solo prioritaria. Además, la política no deja de ser la búsqueda del bien común, y es difícil concebir este bien cuando a la vez se están atendiendo asuntos particulares. Por todo ello, podría ser oportuno que los diputados cobren un sueldo digno (aunque probablemente menor que el actual) y se dediquen solamente a sus labores públicas. Puesto que, teóricamente, y tal y como recogerían los manuales de retórica del político tradicional: “están ahí para servir al pueblo”. En cualquier caso, para tratar de garantizar esta idílica premisa, siempre se puede recurrir a la “Dokimasia” griega.

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