Psicología aplicada al deporte (I): el efecto pigmalión

Detrás del éxito o el fracaso de un deportista siempre encontramos una mente pensante. Influida por lo percibido, por las experiencias, por el contexto y, sobre todo, por sus propias expectativas, las cuales marcarán en gran medida su destino. El tener a tu yo interno como un rival o como un aliado se presenta vital a la hora de afrontar retos de gran magnitud. El miedo y la confianza se tornan vitales.

Psicología aplicada al deporte (I): el efecto pigmalión
Jordan anota el tiro ganador en las finales de 1998 / Foto: Sports Illustrated.

Todo sucedió un 14 de junio de 1998. Los Utah Jazz, uno arriba en el marcador, tenían la posesión a falta de 22 segundos para el final del encuentro, y de 10 para el final de la posesión. La victoria se antojaba vital para igualar a tres la final, que lideraba Chicago Bulls por 3-2. Karl Malone recibe el balón en la pintura, consciente de la importancia de encestar para seguir con el control del partido. Sin tiempo a reaccionar, veía cómo un enorme Michael Jordan le robaba el balón. El número 23 de los Bulls se paró a pensar durante escasas milésimas. Y se dio cuenta de que era el mejor, de que nadie podía pararle. A falta de 20 segundos para el final del partido, había un hombre sobre la pista que ya sabía el desenlace del encuentro, y de las finales. Ese número 23 ya había conseguido su anillo, aunque aún nadie lo supiese. Tras esas milésimas, Jordan se impulsó con su pierna derecha y comenzó el trote definitivo. Su actitud cruzando el campo mientras acariciaba una y otra vez el balón ya hacía sospechar algo. Su confianza no tenía límites. Una seguridad en sí mismo que conseguía lo imposible: asustar al miedo.

Los pensamientos pesimistas se mantenían, siguiendo la doctrina de Freud, en el inconsciente más profundo. Ni el mejor psicoanálisis lograría reflotar el miedo en aquel instante. Llegó a la línea de tres y se paró a pensar, a disfrutar. El fin ya estaba decidido, ahora tocaba elegir el medio. Le hubiese dado igual tirar desde el perímetro, desde la línea de libres o bajo la canasta, esa pelota acabaría tocando la red, por dentro. Él saltó, sus manos empujaron el balón y su confianza hizo el resto. Michael Jordan guardaba la pose de su tiro durante un segundo, consciente de que era una imagen para la historia. ¿Hubiera conseguido lo mismo sin tanta confianza?, ¿sin creerse el mejor? 

No cabe olvidar que estamos ante uno de los mejores, si no el mejor, jugador de baloncesto de la historia. ¿Resta esto importancia a la psicología, otorgando más peso a la mera ejecución física? Para nada. El jugador, o el deportista en general, no puede ser dividido en sus partes. El deportista, como persona, es un todo. Sus vivencias, su ambiente, sus pensamientos, sus sensaciones, y también su físico. Si bien cabe señalar que, al igual que el estado físico de un corredor de maratón influye en su marca, también lo hace su estado psicológico, adoptemos una visión biológica, o cualquier otra. 

Es imposible llegar, desde la psicología, a un nivel de precisión similar al que se llega en la medicina, capaz de decidir si un esguince permite a un deportista participar o no en la competición. Como ciencia joven que es, la psicología es incapaz aún de determinar si un problema psicológico imposibilita o no a un deportista, salvo que sea de especial evidencia. En cambio, sí nos permite saber que determinadas emociones, motivaciones y, en definitiva, percepciones internas, son capaces de influir de manera significativa en el rendimiento. No solo es aplicable a deportistas de élite, sino que es algo evidente en la vida cotidiana. 

El efecto pigmalión en el deporte

El caso de Michael Jordan tan solo es uno de los muchos ejemplos que se pueden encontrar día a día en el deporte, y en la vida real. El sentirse capaz para realizar una tarea incrementa las probabilidades de que se realice esta de forma satisfactoria. El efecto pigmalión se trata de un fenómeno psicológico por el cual la creencia de poder llevar a cabo una determinada tarea hace que la probabilidad de completarla con éxito aumente. De tal manera que si un equipo se muestra convencido de no poder ganar a otro, se aumentan las probabilidades de que esto ocurra. Trasladándolo al terreno futbolístico, encontramos un gran ejemplo en los penaltis, donde las expectativas del jugador a la hora de tirarlo son cruciales, y en varios equipos el tirador encargado de ejecutar la pena máxima es, simplemente, el que más confianza tenga en ese momento. Obviamente, el creerse capaz de marcar el penalti no asegura que esto se vaya a cumplir, "tan solo" aumenta la probabilidad de que ocurra. 

Es un fenómeno directamente unido a la confianza y la ansiedad. Ambos estados psicológicos son, en el caso del deporte, los precursores del efecto pigmalión, que se puede presentar en su forma positiva o negativa. Un jugador con confianza conllevará que se note más capaz de lograr las metas, y se genere así el efecto, en este caso positivo, tal y como ocurrió en esa final de 1998. En cambio, un estado de ansiedad generará dudas en el deportista, invadiéndole así una sensación de pesimismo y miedo al fracaso que, en muchas ocasiones, provocará el citado fracaso. La dificultad radica en ser capaz de cambiar el estado psicológico, lo cual está al alcance de muy pocas personas. 

El efecto pigmalión se suele encontrar unido a otro fenómeno similar: la profecía autocumplida o autorrealizada. Una serie de predicciones internas que son en sí causantes de que se conviertan en realidad. Ambos fenómenos pueden combinarse en las diversas fases de competición del deportista, siendo difícil distinguirlos al ser sus características tan paralelas. Se trate de efecto pigmalión o profecía autocumplida, parece clave el trasladar al deportista la sensación de poder conseguir sus metas. No significando esto que se vayan a lograr, aunque es seguro que las probabilidades aumentarán significativamente, de ahí la importancia de sentirse el mejor, de tener seguridad en sí mismo, esto es, la confianza. Por otro lado, encontramos en estos dos fenómenos una explicación a por qué la ansiedad o las dudas en el deportista tienen un efecto negativo en su rendimiento, generando unas expectativas que el propio jugador, inconscientemente, convertirá en realidad.

Lo que está claro es que aquella noche Jordan se sentía por encima del resto. Se sentía seguro, sabía que lo iba a conseguir y lo demostraba en su lenguaje no verbal. ¿El resultado? El balón acabó entrando, y aquella noche Chicago se proclamó campeón. Casualidad o no, la profecía acabó por cumplirse.