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Roland Garros: la tierra parisina vale un billete para la hierba inglesa

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Roland Garros: "La armada española" más allá de Nadal

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Roland Garros: Nadal, Djokovic y la historia

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Sobrehumanos

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Dice la Real Academia de la Lengua Española (RAE) que lo ímprobo es atribuido a un trabajo con intensidad, de enorme aplicación. Una cualidad fuera de los límites terrícolas y alejado de lo natural. También se concibe como una capacidad impropia de la raza humana, muy limitada tanto física como mentalmente. Aunque, a veces, surgen genios entre millones de nacimientos que arrebatan credibilidad a la fe humana. Figuras casi extraterrestres que sonrojan la racionalidad terrenal y ponen en serias coyunturas la imaginación de la humanidad. Dos de esos talentos, Novak y Rafa, se citaron en Melbourne para dedicar al mundo su particular exhibición de dones. Lo hicieron.

Seis largas sombras se vislumbraban sobre la oceánica pista del Rod Laver Arena. Seis atisbos de congoja a la espalda del número dos del mundo, Rafa Nadal. Seis piedras en el camino, una por cada final que su nueva Némesis, Novak Djokovic, hizo tropezar al balear. Sin embargo, las lúgubres siluetas de año atrás apenas ensombrecían el ímpetu del gladiador español por deslumbrar al serbio, una oportunidad óptima para recordar por qué quiere el trono que un día perdió. No empezó mal. La primera manga, la toma de contacto con el público aussie, refrendó las sensaciones a las que aspiraba el mallorquín después 80 minutos de lucha digna de epopeya. Un sinfín de intercambios que acabaría escribiendo el fin del primer capítulo con 7-5 para el español.

Savia nueva y refrescante. El lomo del sofisticado bestiario despertaba calmado el inicio del segundo set, consciente de haber experimentado una bocanada de aire distinta como medicina que olvidara los seis enfrentamientos previos. No obstante, el aparente enfermo en la pista, Djokovic, revitalizó su organismo con dos sets memorables. Un primer servicio deplorable volvió a teñir las esperanzas nadalianas  con colorantes fúnebres. Volvía ‘Djoko’, aquél titán que destierra cualquier ilusión adversaria después de que ésta se endulce los labios. El serbio finge tropezar para levantarse con más valentía que nunca. Dos estacazos al corazón de Rafa sirvieron para apedrear el ánimo de remontada.

El retorno de viejos recuerdos se plasmaba en el rostro de Nadal. Paupérrimas sensaciones que instaban la repetición –por séptima ocasión- de un nuevo derrumbe. La grada decidió interceder en la lucha extraterrestre para abrazar al que parecía más ‘humano’ de ambos, bien porque notaba la desesperación en los ojos del manacorense o bien por amortizar –aún más- el ticket de la final más larga de la historia del Open de Australia. Lo cierto es que ‘Nole’ armaba el brazo para cementar la bola al fondo de pista de su rival sin error, sólido como roca, pero Rafa conseguía una vez tras otra defender ‘su’ muralla ante el incansable ataque enemigo. El ‘tie-break’ dilucidó el regreso al empate y un quinto –y definitivo- set.

Fue entonces cuando los dioses aplaudieron boquiabiertos la grandeza de dos individuos nacidos en la Tierra, aunque autóctonos de otra galaxia. Los dos danzarines más refinados del circuito sedujeron al planeta con un baile sólo a la altura de divinas personalidades. Ambos, auspiciados por la gloria tenística, encajaron golpes a diestro y siniestro sin tambalear un momento. Sólo se puede grabar el nombre de un ganador, por lo que Nadal acusó la asfixia del cansancio y acabó tumbado mientras el balcánico alzaba los brazos hacia el Olimpo.

Y llegó la séptima vez, la séptima punzada que achaca el alma del español. Quién sabe si será la definitiva. Nada apunta a ello, se saborea a lo lejos una rivalidad que puede perdurar años. Conscientes de su sobrenaturalidad, ‘humanizan’ su unión con un abrazo, gesto de agradecimiento. Son sobrehumanos, sí, pero –también- son amigos.

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