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Nadal siempre prevalece

Nadal siempre prevalece

El balear remonta ante Murray para alcanzar su quinta final de Wimbledon en seis años. Djokovic, nuevo número uno del mundo, le separa de su tercera corona en la Catedral de la hierba.

Todos los fantasmas parecen disipados. Andy Murray camina con puño en alto hacia su silla con la satisfacción de haberle robado su primer set a Rafael Nadal Parera en tres comparecencias en Wimbledon, en el escenario donde la historia cobra forma. Las sombras de Fred Perry (último campeón británico en 1936 de un Grand Slam) o Henry Austin (último finalista de las Islas en Londres en 1938) empezaban a despejarse para el nuevo héroe anglosajón, para el discípulo de la memoria local. Pero algo las trasladó desde el inframundo. Fue el brazo armado del hasta hoy número uno del mundo. Fue su mente, tan organizada como pétrea. Fue su contundencia para salir del abismo con 1-2 (15-30) en contra al inicio del segundo set. Fue su forma de convertir un partido-venda para el orgullo de una de las escuelas más tradicionales y excelsas, en el estribillo que ya se canta en medio mundo: pase lo que pase, Nadal siempre sobrevive. Así se explica que remontase (5-7, 6-2, 6-2 y 6-4) en dos horas y 59 minutos para clasificarse para su quinta final en el All England Club y para citarse con Novak Djokovic, el hombre que le ha despedido de lo más alto del ránking. El único que no parece tenerle miedo.

Y es que desde esa oportunidad perdida por Murray, el panorama sufrió una revolución. Apenas quedaban migajas del Nadal estéril de la primera manga (58% primeros servicios y 11 errores no forzados, demasiados). El mismo que se veía esclavo en el intercambio de golpes. De ese depredador sin colmillos ya nada se supo una vez sorteó el abismo. Tras sacar adelante ese cuarto juego, volvió a recuperar su instinto en la selva salvaje. “Andy cometió ahí un error fundamental con su derecha que le habría dado dos opciones de ‘break’. Pero lo superé y me vine arriba”, confirmó después. Lo hizo entrando en el fango, atreviéndose a subir más a la ignorada red y concretando la dirección de su saque, cada vez más nocivo. De este modo encadenó un parcial de 7-0 que le concedió la igualada y una ventaja sustancial (2-0) en el tercer parcial, que no dejó escapar con el ‘spinnaker’ desplegado. Mientras, Murray caía en la vorágine de los desaciertos (38 computó sin esfuerzo del rival). Incluso el servicio, el sostén de su juego, había mutado hacia dobles faltas aniquiladoras. “¿Por qué no caes en la línea?”, se le oyó gritar ante la grada, tan respetuosa como entusiasta. Ya se olía la tragedia.

Pero la pelota sólo obedecía a Nadal, el dueño que mejor la trata. Volvió a romper a Murray (2-0), la quinta vez en todo el encuentro, y aplicó su táctica del parabrisas para aplanar el último aliento del británico, herido por una estocada en la cadera desde su último entrenamiento. El de Dunblane lo intentó todo para debatir, llegando a disfrutar de sus últimos cartuchos en forma de bolas de ruptura con 2-1. Pero su esfuerzo fue en vano. Acabó hincando la rodilla ante el mallorquín, como en cuartos de final en 2008, semifinales en 2010 o en París hace unas semanas también en la penúltima ronda. Y todo sin un mal gesto del hasta este lunes el mejor jugador del planeta. Es tal la admiración mutua de Nadal con la tradición británica y con Murray que esas imágenes tienen vetada su entrada en la hierba londinense, sede del decoro de fina seda. “Estoy triste por Andy, merecía ser finalista. He tenido que jugar mi mejor tenis para ganarle, porque ha comenzado de forma fantástica. Le deseo lo mejor para lo que resta de temporada. Es mi amigo y siempre es un honor jugar contra él, un gran campeón, y ante este ambiente mágico”, comenta emocionado.

Ahora, con su vigésima victoria consecutiva en Wimbledon (no pierde desde la final de 2007 ante Roger Federer), y con la seguridad de que el tobillo izquierdo ya no es un problema (jugó sin anestesia), Nadal afronta su principal reto. Djokovic, vencedor en su semifinal ante Tsonga por 7-6(4), 6-2, 6-7(9) y 6-3, media entre él y su tercer entorchado en este noble club, el que supondría su undécimo título de Grand Slam. “Será un gran partido. Ya he perdido este año en cuatro finales contra Novak. Haré el máximo para que no haya una quinta”, avisa el balear. Es el choque deseado. El actual número uno del mundo con el que lo será (por escasos 480 puntos como mínimo) en varios días. Los dos mejores jugadores del momento. “¿El favorito? Depende de muchos factores, pero probablemente lo sea Rafa por su experiencia”, pronostica Murray con la mirada perdida. Y mientras ‘Nole’ está celebrando su nueva condición, Nadal descansa para recuperar fuerzas. El ránking no le importa. Lo que le interesa es luchar por los títulos y seguir haciendo historia. El domingo, pase lo que pase, volverá a citarse con ella.