Nadal abruma a su bestia

El balear se sobrepone a sus siete derrotas previas y apabulla (6-3 y 6-1) a Djokovic en la final de Montecarlo. Suma 20 títulos de Masters 1000 y 42 triunfos consecutivos en la arcilla monegasca.

Nadal abruma a su bestia
Nadal celebra su octavo título consecutivo en Montecarlo.

Sobre la arena del ‘Country Club’ de Montecarlo, una leyenda: Rafael Nadal Parera, el señor de la tierra, castiga cada bola con la violencia de los elegidos. Desde el otro lado de la pista, boqueante, se otea la figura de Novak Djokovic, el número uno del mundo. Pero el serbio es un mar de dudas. No parece ese tenista sanguinario, ese que no conoce la derrota ante Nadal desde 2010 (7-0, todo en finales). Salta a la pista abrumado por el aura del español, que crece cuando pisa la tierra monegasca. Porque aquí, al nivel del mar, esconde su revés para azotar con virulencia con la derecha. Aquí, bajo el sol mediterráneo, sus bolas brincan como si fueran muelles. Así, en su templo, somete a su bestia (6-3 y 6-1), suma un nuevo trofeo de Masters 1000 (20, ocho de ellos en este escenario) y toma impulso para lo que se avecina.

“He estado muy sólido, muy seguro con el servicio (85% de puntos ganados con primeros saques) durante todo el partido”, comenta el balear, que vuelve a registrar un nuevo récord con 42 triunfos consecutivos en un mismo torneo (los mismos de Bill Tilden en los años 20 en el US Open). “Esto me ha dado la oportunidad de atacar con más facilidad con mi ‘drive’. Él (Novak) ha tenido altibajos, pero no puede estar siempre impecable. Sé que ha sido una semana dura por lo de su abuelo (falleció el pasado jueves). No sé cuánto ha podido afectarle, porque ha llegado a la final”, continúa.

Y es que Nadal cambió drásticamente su versión con respecto a sus últimos precedentes con Djokovic. Consciente de las armas del balcánico como restador (posiblemente el mejor del circuito), alteró el servicio con diligencia científica. Nunca dio dos golpes iguales, tejiendo un laberinto de saques al cuerpo con otros en las líneas. De hecho, sólo cedió diez puntos con primeros. Resuelta esta falla, Nadal se quitó las cadenas al resto. En el último precedente entre ambos en la final del Abierto de Australia (la más larga de la historia de un Grand Slam, 5 horas y 53 minutos), allá por enero, únicamente se procuró seis opciones de ruptura. Hoy, en cambio, dispuso de hasta ocho. La primera abrió brecha (2-1) y marcó el camino de un parcial de 6-0 (se pasó de 4-3 al 6-3 y 4-0) que dejó helado a Djokovic, sometido a la presión.

Todo porque Nadal no concedió ningún momento de respiro. Los puntos apenas maduraban, ya fuera por la agresividad del mallorquín o por la impaciencia del serbio (computó 25 errores no forzados). Es ahí, en el terreno de las emociones, donde el serbio había tumbado a su rival en las siete últimas finales. Donde se había gestado su fortaleza. Sin embargo, jugó sin cadencia ni tranquilidad. Nadal le tendió la mano (4-1 tras ‘break’ del serbio), aunque fue insuficiente. Le devolvió la rotura en blanco inmediatamente y cerró el partido por la vía rápida con un ‘ace’. Por la vía de los campeones.

De este modo, defendida su corona en el Principado, Nadal afronta el resto de la gira sobre tierra batida con el ánimo renovado. Sin apenas entrenamiento (estuvo 15 días fuera de las pistas por una tendinitis en la rodilla izquierda), ha sido capaz de revertir la tendencia con su bestia negra en la lucha por un título. Mañana viajará a Barcelona, pero su mente está puesta en París (Roland Garros) y Londres (Wimbledon y Juegos Olímpicos). Su camino aún le deparará nuevas batallas con Djokovic. Pero algo ha cambiado. Ahora sabe que todo es posible.