Un genio para todo

Federer sufre para remontar (3-6, 7-5 y 7-5) a Berdych en Madrid, iguala el récord de 20 Masters 1000 de Nadal y le arrebata el número dos del mundo.

Un genio para todo
Federer celebra su tercer título (2006, 2009 y 2012) en Madrid.

La batalla se juega contra los elementos. Está la tierra, azul y resbaladiza como el hielo. Está el viento, que suspira malos consejos cuando te descuidas. Incluso el fuego, que se desprende de cada impacto de Tomas Berdych. Y en pleno vórtice, inmisericorde, un genio. Un Roger Federer que compite con la experiencia, que remonta un set adverso y que reacciona por partida doble (tras encajar ‘breaks’ con 5-3 a favor en el segundo y tercer parcial) antes de coronarse por 3-6, 7-5 y 7-5 en Madrid. Una gesta al tratarse de su cuarto título de la temporada (tras Rótterdam, Dubai e Indian Wells), su vigésimo Masters 1000 (récord que comparte con Nadal) y su regreso al número 2 del mundo (se lo arrebata al balear). Y todo rozando los 31 años y sin apenas ritmo tras llevar 44 días fuera de las pistas. Sencillamente único.

Y ello a pesar del panorama propuesto. Ante Berdych, un gigante (1,96 metros) con pies de plomo, siempre estuvo a merced del guión propuesto de sus brazos. Cada bola era una invitación a la línea. Cada resto, un disparo profundísimo. Así, arrancó desatado (0-3), impidiéndole a Federer cualquier respuesta (apenas sumó el 29% con segundos saques en el primer set). Ni siquiera su primera ruptura (2-0 en el segundo parcial) le dio alas al suizo, que seguía sufriendo para mantener sus servicios. Y es que Berdych no dejó de golpear con el mazo. La pista primaba la osadía (dados sus 650 metros de altitud), contribuyendo a su juego plano. Rompió cuando Federer servía para cerrar la manga (5-3), aunque no evitó un ‘break’ posterior fruto de los nervios.

La tensión se palpaba en el ambiente. Los pisteros cogían los rastrillos para distribuir la tierra apelmazada. Y Will Smith sonreía mientras su amigo Federer salvaba tres bolas de ‘break’ en la reanudación (con 3-6, 7-5 y 15-40). “C’mon Roger”, rugía el público. Lo hizo con riesgo e inteligencia. Levitando por una tierra que sólo él ha comprendido. Y sin alardes, poniendo en juego cada bola y obligando a Berdych a golpear en movimiento, allí donde más duda. Ni siquiera importó que volviera a regalar la ventaja (pasó de un 5-3 a un 5-5) cuando servía para cerrar el partido. Ni que desaprovechara tres bolas de partido. Sabía que hoy tenía una nueva cita con la historia.

Este triunfo evidencia la fortaleza del tenista suizo. Por un lado está su inmaculada racha (42-3) desde que cayera en semifinales del pasado US Open ante Novak Djokovic. Por otro, su capacidad para adaptarse a unas circustancias tan comprometedoras como las de la arcilla azul. Y todo cuando muchos ya le daban por muerto. Ahora, con Roland Garros a la vista (arranca el 27 de mayo), nadie le descarta. Ya se sabe, los genios siempre vuelven.