Wimbledon: Rosol apaliza a Nadal y da la sorpresa del torneo

El checo Lukas Rosol, número 100 del ranking, protagonizó la campanada del año al derrotar al finalista de 2011 en cinco mangas - Es la derrota más sonada de la carrera de Rafael Nadal.

Wimbledon: Rosol apaliza a Nadal y da la sorpresa del torneo
Rosol, de rodillas sobre el césped de la Centre Court al certificar su victoria.

40-0 con Rosol al saque. El checo ejecuta, por vigésimo segunda ocasión en el encuentro, un saque directo. Se tira al suelo literalmente, rebosante de alegría, y manda a Rafa a pasar los seis peores segundos de su vida. Esos que transcurren desde que alcanza la red hasta que aparece Rosol, pletórico, a estrechar su mano. Seis segundos en que es centro de atención de focos y flashes, y no precisamente por firmar una nueva hazaña. Acaba de caer tras un maratoniano partido (7-6(9), 4-6, 4-6, 6-2 y 4-6) ante el número 100 del ranking, tras cinco años seguidos apareciendo en la final de Wimbledon -dos victorias y tres subcampeonatos- y siete años después de la última ocasión en que, entonces a manos de Gilles Muller, cayera con tanta celeridad en un Grand Slam.

Desde el principio del encuentro Rafa sembró dudas. Las que, por lo mal acostumbrado que tiene al mundo a verle vencer, ya dejó entrever en Halle cayendo ante Kohlschreiber o aquí en primera ronda, sufriendo más de lo debido ante el débil terrícola Bellucci. Lo que parecían meras anécdotas han demostrado hoy no ser coincidencia sino síntoma de que algo no iba bien. Ya tras la disputa de la primera pelota se vio al balear más desdibujado de lo habitual. Rosol mostró su carta de presentación a la Centre Court a base de cañonazos, y la única respuesta posible de Nadal fue amarrar como pudo sus saques para, tras salvar una bola de set, asegurarse la disputa de la muerte súbita. Allí el checo resistió más de lo esperado, pero tras perder dos nuevas bolas de set terminó cayendo bajo el yugo de Rafa tal y como estaba previsto en el guión. Todo bajo control.

Rosol golpeó la pelota con la irreverencia del que no tiene nada que perder Parecía vislumbrarse la luz al final del túnel para el número 2 mundial, pero en lugar de salir del atolladero por el camino adecuado, se metió por un vericueto de recobecos y dudas. Pronto, lejos de reafirmarse tras la conquista del primer set, Rafa cedió un break que no podría ya recuperar. Y es que Rosol, más descarado que talentoso y sin absolutamente nada que perder, se lanzó a tumba abierta a la yugular del balear. Con una fiereza inusitada en todos y cada uno de sus golpes, castigó vehementemente cada error de Nadal. Toda bola corta, alta o golpeada con miedo por el manacorí era devuelta en forma de palo, como si los dioses de la hierba hubiesen elegido al checo como defensor del tradicional juego sobre césped y verdugo del principal exponente de la nueva generación de tenistas amantes de la línea de fondo. Así, el bueno de Rosol lograba no solo empatar la contienda sino adelantarse en el luminoso repitiendo en la tercera el mismo esquema: rotura de servicio y saque imposible de contestar. El número 100 se situaba a un paso de la gloria, de derrotar al número 2. Su táctica de intercambios fugaces en cuanto a su duración y centelleantes en velocidad había funcionado a las mil maravillas.

A estas alturas del partido no había marcha atrás. Era la hora de la verdad para Rafa, acostumbrado como nadie a lidiar con estas circunstancias. Ya había superado otros partidos con comienzos negativos en estas mismas pistas ante Haase o Petzschner en 2010. Incomodado por el corsé del juego sobre hierba, que le obliga a adoptar unos mecanismos difíciles de compaginar con su estilo de juego, vio que no obtenía frutos del intercambio de golpes con un Rosol divino y optó por tirar por la calle del medio y hacer lo que más le gusta en los momentos tensos: incomodar al rival. Así, bajando la velocidad y liftando la bola más de lo debido en pasto, empezó a buscar las cosquillas al checo. Aguantó este el arreón inicial, pero antes del ecuador de la manga aparecieron las dichosas cosquillas, que no hicieron reir a Rosol sino a un Rafa que logró cuatro juegos seguidos para restablecer la igualdad liberando toda la rabia acumulada. El "Vamos" que acompañó a la consecución del cuarto parcial retumbó en el All England Club y llegó a sonar hasta en Manacor.

Había llegado el momento de Rafa, que recuperaba confianza, sensaciones y tino. Pero entonces llegaba la noche en Londres, y con ella la decisión del juez de silla no de postergar el set definitivo para la jornada del viernes, sino de cerrar el techo y jugar el quinto y definitivo parcial con luz artificial. Esto provocó un parón de casi una hora que enfrió la raqueta de Nadal, que apenas había llegado a ponerse tibia, y concedía un tiempo muerto vital a Rosol, que empezaba a acusar el esfuerzo y aprovecharía, según declaró tras el partido, este impasse para darse una ducha y recibir atención de su fisio. Una vez cerrado el techo y encendidos los focos, el que se llevó una auténtica ducha pero de agua helada fue Nadal. Cuando todo pintaba bien para el manacorí, recibía un break en el primer juego. Ventaja para Lukas, pero todo un mundo por delante para enmendar la plana. Mas pasaban los juegos y el checo, cada vez más sólido, volvía a ser el cañonero impávido de los sets anteriores, y Rafa un espectador de lujo. Así se llegó hasta el décimo juego, en que Rosol serviría para vencer.

El checo dio una lección de cómo conjugar raza y temple en el último juego Última oportunidad para Nadal, y primera para Rosol de hacer historia con la victoria más grande de su carrera. Se dirige el checo a servir, y se frena antes de iniciar la ejecución del servicio. Las palmas sudan y las piernas, mitad por el cansancio y mitad por la tensión, piden un descanso que el checo les concede flexionándose y ganando unos segundos. Al otro lado, Rafa mira con sangre en los ojos dispuesto a devolver todas las bolas. Pero su buena disposición queda en nada ante la lección que su rival da al mundo de jugar bajo presión. Tres saques directos y un cañonazo de drive ponen a Rosol en órbita. Al instante, el checo se tira al suelo literalmente y Nadal, metafóricamente en su caso, se cae por los suelos. Es sin ninguna duda la derrota más dura y sonrojante de su carrera para el número 1 nacional. Acostumbrado a la victoria por castigo y tan hambriento como el primer día, la derrota hiere alma, orgullo y cabeza.

Este tropiezo, primero tan tempranero para Nadal en un Grand Slam desde 2005, supone para el manacorí la pérdida del número 2 mundial en favor de Roger Federer, quien solamente defiende cuartos por la final de que hacía defensa Rafa. Además, mina su confianza de cara a los Juegos Olímpicos, que tendrán lugar en este mismo escenario y en los que Nadal defenderá el oro logrado en Pekín 2008. Pero si alguien conoce el método para recuperarse de una caída así es él. Trabajo, trabajo y más trabajo será la receta. Pero fuera ya del All England Club, en el que Rosol continúa adelante. El sábado se las verá con Philip Kohlschreiber, en un duelo que reunirá a los dos últimos verdugos de Rafa sobre tierra -el alemán le ganó hace dos semanas en Halle-. Será momento de ver si Rosol se ve afectado por el famoso síndrome que afecta a aquellos que dan tamaña sorpresa para caer en la siguiente ronda, como fue el caso de Gulbis, que se despidió ayer del torneo tras derrotar en su debut a todo un Tomas Berdych. Por el contrario, tiene en Robin Soderling el mejor espejo en que mirarse. Con un esquema casi idéntico, batió a Rafa en Roland Garros 2009 y a partir de ahí se consolidó en la élite hasta la aparición de la mononucleosis que actualmente le tiene lejos de las pistas.

Con Nadal fuera de combate, las opciones de la Armada en Londres quedan reducidas a tres. La principal es David Ferrer, el hombre que siempre está. El de Jávea tendrá como próximo rival al estadounidense Andy Roddick. Las otras opciones son las de Nico Almagro, que se cita este viernes con Gasquet, al igual que Fernando Verdasco, tercer y último español en liza a quien ya espera el belga Xavier Malisse en tercera ronda.