Camino a Londres - Tomas Berdych, el eterno aspirante
El checo vuelve a la orilla del Támesis por la inercia de una temporada anodina a su talla. Hastiado por ser el arquetipo de la aptitud sin frutos, aún confía en permutar su candidatura en amenaza.
Viaje en el tren de los recuerdos. 4 de julio de 2010. Londres. El sol y la brisa estival portean el olor de la hierba y de las fresas con nata en una danza sensorial seductora. El aroma no pasa desapercibido para Tomas Berdych mientras hunde continuamente el espinazo para responder al impulso de Rafael Nadal, el segador de esperanzas. “A este paso voy a perder. Pero da igual. Cómo disfruto con este dolor”, debe pensar. Es la voz de la reflexión tras la caída. Acaba de culminar un itinerario para predilectos que le ha llevado a la final en Miami, semifinales en Roland Garros y final en Wimbledon. Un mismo paso dado en distintas superficies (cemento, tierra y pasto). El último hacia la extinción de un estigma adherido a su piel desde su etapa júnior: traza de campeón sin regularidad.
Si conjuga el nivel de Wimbledon en 2010, será una amenaza Sonido de raíles crujiendo. Próxima parada, Pekín. 9 de octubre de 2011. Un hombre debate consigo mismo raqueta en mano nada más ceder la primera manga ante Marin Cilic. Mirada perdida al público, donde varias entusiastas levantan carteles que evocan gestas del pasado. Es su imagen de blanco señorial 15 meses atrás, su última comparecencia en el domingo definitivo. Esta ojeada troca a revelación. A géiser de energía pura olvidada. Y con ella, al final de 29 meses de estío sin apretar la mandíbula ni levantar un título. A la conclusión de una semana perfecta tras continuos pasos en falso: 7 semifinales y 7 cuartos de final a lo largo de 2011. Demasiadas dudas en el momento de la verdad, en el umbral donde se edifican los campeones.
Pues Berdych ha convertido una temporada de lo más insustancial en un ejercicio de estabilidad emocional. Sin hacer apenas ruido, el jugador de Valasske Meziric, de 26 años, repite cartel en el O2 Arena de Londres (no superó en 2010 la fase de grupos) con una campaña que coge su punto álgido en el rush final. Apenas unos cuartos de final en Melbourne Park, en enero, abanderan su participación en lo que a grandes plazas se refiere. Pero su éxito en el ATP 500 en China y sus zarpazos morales sobre Federer (Cincinnati) y Murray (Bercy), este último en su mejor momento profesional, hablan de un tenista rearmado para la causa cuando el reloj marca la hora. De uno de los pocos postulantes a maestro que llegarán a la cita en línea ascendente tanto física como mentalmente. Y resguardado desde la zanja esperando su oportunidad.
Sin apenas presión, su candidatura cotiza al alza Porque si con algo cuenta el número 7 del mundo es que ni se le ve ni se le espera. Encuadrado en el grupo A, quizás el más competitivo con Djokovic (con quien debuta el próximo lunes), Murray y Ferrer, partirá libre de presión y con licencia para demoler estados de euforia. Asimismo, la progresiva ralentización de la pista anglosajona aporta matices a su favor. Su planta (casi dos metros) y su golpe de martillo se ven favorecidos con el bote alto de la bola, sobre todo cuando ha de desplazarse para defenderse con el revés. Aunque sus principales opciones partirán desde su letal servicio y su ‘drive’ humeante, ambos propuestos como respuestas veloces, sin largos intercambios donde verse contra las cuerdas. Si se adueña del ritmo, si carga de electrodos la pelota en los primeros golpes, se convertirá en amenaza.
Resuenan chirridos que nos devuelven a la calidez del vagón de nuestro convoy imaginario. Es la última estación, Londres. El tiempo ya no mira hacia atrás, sino al presente. Nuevamente el Támesis observa como fiel testigo el devenir de los acontecimientos. Pero lejos del clasicismo que rodea a Wimbledon, la capital inglesa se viste futurista para la ocasión. Es el broche final de la temporada. La oportunidad para que el penitente culmine su peregrinaje, para que deje su papel de eterno aspirante. Es imprevisible, incómodo y un peligro en las distancias cortas. Así es Tomas Berdych. Y esta es su historia.



