El día que me enamoré de Roger Federer
El cuerpo erguido, la raqueta pegada a su lado y la mirada perdida. Así se encontraba Roger Federer, sentado en su silla justo antes de servir para derrocar a Bernard Tomic, la nueva perla del tenis mundial. El maestro y el alumno aventajado compartían pista pero no sensaciones. El helvético le estaba ofreciendo una nueva clase maestra, la enésima de su carrera y el joven australiano sólo podía mirar y aplaudir los golpes geniales del de Basilea. “Que no tenga prisa, será uno de los más grandes”. Así resumía el partido Federer nada más concluir, y seguramente esté en lo cierto, no seré yo quien ose quitarle razón al tenista más grande de todos los tiempos.
Pero no es del partido de hoy de lo que yo os quiero hablar, sino de uno de esos deportistas por los que uno “mataría”, por los que uno ama el tenis, Roger Federer. Y para ello tengo que remontarme al año 2003, cuando un chico como yo, tan normal, con mis 15 años recién cumplidos degustaba el primer gran partido de Roger Federer que hay en mi memoria. Era una cálida tarde de julio y Andy Roddick, un bombardero norteamericano salido del horno se presentaba como una temible amenaza para Federer en las semifinales de Wimbledon. Ahí me enamoré del suizo, de su elasticidad, de su estética, de un tenis que hasta ese momento desconocía. Federer estaba apalizando a Roddick y lo estaba haciendo sin sudar, elegante. Apenas pude pestañear durante hora y media.
Fue un shock para mi disfrutar de aquello. Había crecido con los misiles de Sampras, con la excentricidad de Agassi o el sacrificio de guerreros como Bruguera o Courier y, de repente, de la noche a la mañana surgía Federer. Todo cambió, el tenis no era un deporte, era arte. La derecha, el revés, el elegante movimiento al servir, su desplazamiento, todo era diferente, todo era mejor, todo era especial. Aquel día cenando miré a mi padre y le dije: “Papá, Federer será número uno del mundo pronto”. Me miró con ternura, tampoco él había asimilado el fenómeno Federer, un fenómeno al que diez años más tarde, osease hoy, venera y admira por encima de cualquier otro deportista.
Aquel Federer dista mucho del que hoy conocemos. Han pasado nueve años, 70 títulos y 16 Grand Slams. Se dice pronto. Tengo que admitir que me he emocionado con más de uno de sus logros, que he disfrutado la mayoría y que he aplaudido todos ellos, porque aquella tarde de julio construí un mito en mi cabeza que luego confirmarían las pistas. En el fondo me duele que Federer haya sido tan grande pues poco después de conquistar aquel Wimbledon empezó a ser admirado por un mundo entero lleno de resultadismo y alejado de la vieja estética del tenis que tan bien representa el genio de Basilea.
Y esto es sólo un breve homenaje a uno de esos ídolos ocultos que uno mantiene en clandestinidad, sólo es una de esas historia que considero interesante compartir con la gente, ¿por qué acaso tú no tienes tus héroes? ¿O es qué nunca te has emocionado? Yo un día me senté a disfrutar del deporte de mi vida y dos horas más tarde me levante queriendo ser Federer. Hoy, nueve años después ya no quiero ser Federer, ni tampoco parecerme a él. Solo le pido que me siga brindando pequeñas gotitas de satisfacción con cada drive paralelo que coloca en la línea de fondo.



