Indestructible Djokovic
El serbio, roto físicamente, supera (6-4, 7-6(4) y 6-1) a un combativo Ferrer, que malgastó sus opciones. Murray espera en semifinales.
Un latigazo abre una herida. Y desata un aullido. Lo lanza a la noche de la Rod Laver Arena Novak Djokovic, el mejor tenista del planeta, mientras trata de alcanzar sin éxito una bola de David Ferrer que restaura la igualdad (6-4 y 2-2) al partido. Pero el grito es de dolor. Acaba de dejarse media pierna en su estirada imposible. A partir de ahí, el número uno de mundo es otro. Parece agotado. Se somete al ritmo de Ferrer, tremendo desde el fondo de la pista. Si vive es por puro talento. Lo hace hasta llegar a un ‘tie-break’ que exige sangre y sufrimiento. Y lo repite para remontar cuando marcha por detrás (2-4) en este desempate. Lo suyo es una oda a la resistencia. Termina venciendo (6-4, 7-6(4) y 6-1) en casi tres horas de agonía y gestos, quizás sobreactuados, que le citan con Andy Murray en semifinales. Otra batalla a la que someterse.
Aunque antes está la prueba de Ferrer. El alicantino debate a cara de perro. Hace del intercambio un maratón, una lucha por la supervivencia. Se llegan a computar hasta 34 golpes entre uno y otro. Nunca se había sometido Djokovic a tal rebeldía en lo que llevaba de torneo. Cada punto arrastra un minuto al reloj, que señalan ya 20 cuando el marcador luce un 1-2 para el español. Es entonces cuando el serbio crece. Resopla y recorre la pista como un condenado que trata de evitar la horca. Así encuentra ganadores (35 totalizó) en las líneas que le conceden su primera opción de ruptura (3-2). Y a la octava ocasión que se le presentaba. Todo un pulso entre dos de los mejores defensores del circuito.
“David es un luchador. Siempre te hace jugar otro tiro más. Me presionó al máximo, obligándome a buscar puntos ganadores”, explicó el balcánico después. Lo hizo cuando trataba de salir del cuerpo a cuerpo, en ese terreno donde el español mejor se mueve. Con dificultades, medio cojeando, dialoga cada peloteo como puede. Pero, cuando Ferrer le saca de la pista, cuando parece que su fortaleza medra, contragolpea con determinación. Ya sea de revés paralelo o abriendo ángulos ocultos. Sus argumentos, aun en el infierno, son ilimitados. “Sabía que iba a ser una noche larga. Tuve suerte de salirme con la mía al final del segundo set. Fue una ventaja mental”, explica ‘Nole’, que apenas tuvo problemas para imponerse en una tercera manga resuelta sin ritmo, a golpe de piedra.
Ahora, con el gesto turbado, Djokovic se presenta en unas semifinales del Abierto de Australia que se abren más que nunca. Su rival, Andy Murray, le ha visto retorcerse ante un Ferrer que dudó en apretar el gatillo cuando tuvo la más mínima opción. El escocés, que venció cómodamente (6-3, 6-3 y 6-1) al nipón Kei Nishikori, es diferente. Ya conoce el camino hacia la final (cayó en las dos últimas en Melbourne Park) y sabe que Djokovic no es la bestia de 2011. Parece indestructible, sí. Pero una que llega con una herida abierta.



