El Nadal de siempre
El balear, reconstruido para la guerra, jugará la final del Abierto de Australia tras reducir (6-7(5), 6-2, 7-6(5) y 6-4) a Federer. Cuarta final consecutiva de Grand Slam para el español.
Cuando la noche se baña en colores (unos fuegos artificiales celebran el Día Nacional de Australia), un hombre salta para no perder sensaciones. Corre para protegerse del frío y del viento. Para no olvidar su fortaleza. Ese hombre es Rafael Nadal Parera, especialista en torturas. Acaba de robarle la iniciativa (6-7, 5-2) a Roger Federer, su víctima predilecta. Lo ha hecho lentamente, pulgada a pulgada, estrujándole su frágil corazón en intercambios eternos. Tanto le confunde que hasta el suizo concede cinco juegos consecutivos (1-0 y 0-40 en el tercero), incluso hasta varios ‘break’ de ventaja en el tercer set. Al final, Nadal, que espera en la final al vencedor del Novak Djokovic-Andy Murray, termina venciendo (6-7(5), 6-2, 7-6(5) y 6-4) en otro capítulo (el 27º entre ambos) reservada a la historia. Esa que dice que en las dificultades, Nadal siempre prevalece.
Pero hasta ese momento, es Federer el que manda. Su revés aristocrático vuela, no sufre en el debate. Arranca desatado (0-3), limpio en el impacto, con la velocidad y elegancia de los genios. Pero Nadal calla y observa. Arrinconado, va cavando zanjas sobre las que avanzar en la tormenta. Es decir, va haciendo el partido suyo. Así, poco a poco, los peloteos van ganando minutos. Sólo con ritmo se combate al talento puro. Iguala (4-4) antes de ceder finalmente la primera manga en el ‘tie-break’ con un revés largo. Pero da igual, el daño está hecho. Es el Nadal de las grandes tardes, el que se impone por desgaste. Es la historia que Federer tanto conoce y teme.
Pesan tanto los recuerdos que el suizo se desconecta del duelo. Falla más de lo habitual (63 errores no forzados, demasiados). Vuelven las cañas al repertorio, las aventuras sin sentido a la red. Directo en una autopista hacia el infierno. Pero Nadal, intranquilo por verse en la final antes de tiempo, le paga el peaje de vuelta. Desaprovecha incontables opciones de ruptura en la tercera manga antes de verse nuevamente contra las cuerdas (4-3 y ‘break’ para Federer). Si supera este trance, es por el peso de su leyenda (8-2 para el español en Grand Slam). Y por el de su brazo mecánico. Rema río arriba, fuerza un nuevo desempate que acaba siendo suyo y vuelve a romper en el noveno juego del cuarto set, en la puerta al parnaso. Sólo su concentración, a prueba de bombas, y su resistencia le facultarán para solventar dos nuevas opciones de ruptura en contra cuando sirve para ganar. Sólo así sabe ganar Nadal.
“He jugado muy agresivo, variando las direcciones bien al servicio. Sabía que iba a ser un partido de mucha tensión. Al principio Roger estaba jugando increíble. Me he limitado a esperar mi oportunidad y cuando ha llegado me he visto al mismo nivel o incluso un poco mejor que él. Comenzar así el año, en una final que parecía hace unas semanas inverosímil, es fabuloso”, comenta el balear, que suma su decimoquinta final de Grand Slam en su carrera. Y la cuarta alcanzada de manera consecutiva. Una cifra sólo apta para elegidos.
Ahora, Nadal tratará de asaltar su undécimo grande. Lo hará bien con Murray, bien con Djokovic, su bestia en 2011 con seis derrotas en tantas finales (Wimbledon y US Open, las más dolorosas). Aunque, sea quien sea, lo hará consciente de una verdad absoluta: su hambre y su juego vuelven a ser los de siempre. Y eso, viendo su historial, es toda una garantía de éxito.



