Djokovic gana el duelo del miedo y alcanza la final
El serbio será el rival de Rafa Nadal en la gran final al imponerse a Andy Murray por 6-3, 3-6, 6-7(4), 6-1 y 7-5 tras casi cinco horas de encuentro.
El número 1 del mundo tendrá la oportunidad de defender el domingo su corona de campeón en Melbourne. Novak Djokovic ha alcanzado la final del Open de Australia tras derrotar a Andy Murray (6-3, 3-6, 6-7(4), 6-1 y 7-5) en un partido que no pasará a la historia por el nivel tenístico pero que hizo las delicias de los aficionados de todo el mundo por el esfuerzo y la lucha de dos fueras de serie. Ambos tuvieron que lidiar durante todo el encuentro con la presión y fue el serbio quien mejor la manejó en los momentos clave para alzarse con la victoria, alcanzando así por segundo año la final en el primer grande de la temporada.
El encuentro comenzó con multitud de dudas por parte de ambos contendientes. Novak, herido por Hewitt y Ferrer, no parecía el mismo jugador que levitaba por la pista durante la primera semana. Murray, lejos de aprovechar la contingencia, saltó al choque inmerso en una constante pelea consigo mismo, como si no tuviera suficiente con la que iba a mantener durante cinco largas horas con el propio Djokovic. Ni uno ni otro estuvieron atinados en una primera manga más propia de partido dominical en un club de tenis que de unas semifinales de Grand Slam. Así, se terminó por apuntar un desastroso set inicial (ambos sumaron 9 winners por 35 errores no forzados) quien menos erró: Novak Djokovic.
Otra vez le tocaba a Murray enfrentarse a la pesada losa que lleva en la espalda y que le impide jugar de tú a tú con los Djokovic, Federer y Nadal. Parecía que no iba a despojarse de ella en todo el partido cuando comenzaba el segundo set cediendo su saque a la primera ocasión, pero entonces llegó su despertar. El espíritu de su nuevo entrenador, Lendl, se manifestó en la raqueta del escocés, consiguiendo dar la vuelta a la manga. Fueron 65 minutos en los que Murray disputó uno de los mejores sets de su carrera. Todo empezó con el 1-0 y saque del serbio. Un gran resto le permitió definir en la media pista con un smash a placer, gracias al que soltó la tensión acumulada durante los diez juegos previos. Por fin empezaba a sentirse cómodo, a no sólo desplazarse sino también golpear, y por una vez en su carrera a disfrutar en una gran cita. El 1-0 pasó, no sin sufrimiento, a convertirse en un 3-6 para el de Dunblane que igualaba momentáneamente la contienda. Los catorce golpes ganadores que conectó provocaron que Djokovic, visiblemente cansado, pudiera siquiera dar respuesta. La igualdad no llegaba sólo al marcador, sino también a la pista. Murray estaba dominando a Djokovic, y parecía abrirse un nuevo escenario.
Pero algo no terminaba de ir bien. El lenguaje corporal del hijo de la nueva capitana británica de Copa Federación no era el adecuado. Ningún "Come on!", reservando Andy los gritos para los momentos de frustración. El puño arriba jamás, ni siquiera para secar el sudor y la humedad del pegajoso ambiente de Melbourne. Tampoco iban mejor las cosas al otro lado de la red, donde Djokovic luchaba con más corazón que cabeza, en un constante querer y no poder. Frustrante para alguien acostumbrado a no tener rival en los últimos meses. El serbio parecía ahogarse por momentos, buscaba la sombra en las esquinas y alargaba lo indecible los descansos, con la complicidad muda de John Blom, el juez de silla local, que protagonizó un arbitraje nefasto dejando todo en manos de la tecnología, aspecto del que tanto Murray como Nole se quejaron en repetidas ocasiones.
Murray tuvo a Djokovic contra las cuerdas Pero era el momento de Andy. Emanaba, pese a la tensión que le embargaba, mejores sensaciones que el pupilo de Marian Vajda, que desde su banquillo trataba de dar ánimos a la estrella serbia. Murray no quiso esperar, se sentía bien y lanzó el órdago: al ataque sin remisión. Sin demasiado convencimiento pero con la valentía que le caracteriza, Novak envidó y pudimos ver los mejores momentos del encuentro. Juegos interminables de hasta 15 minutos, intercambios de más de 40 golpes, defensas imposibles y tiros con la peor de las intenciones. Los dos se pusieron en sexta marcha y el espectáculo fue colosal. No correspondía pues que el set se decidiese de otro modo que no fuese en la muerte súbita. Ahí fue mejor Murray, que manejó el tiempo, fue siempre por delante y se anotó la muerte súbita (7-4) en la segunda bola de que dispuso para hacer subir el tercer parcial a su casillero. Si Djokovic parecía exhausto al comienzo del set, ahora no existían adjetivos para describir su estado, más cercano a la extenuación que nunca. Murray lo tenía a sus pies.
Murray siempre será Murray
Comenzaba el cuarto set. Al saque el escocés, con una de las mejores oportunidades de su carrera. A punto de llegar a la final por la puerta grande. Fue entonces cuando nos demostró que da igual Corretja, que Lendl que el mismísimo Fred Perry redivivo. Unos tienen el gen campeón en la sangre y otros, como es el caso del bueno de Andy, no. Tenía a Djokovic herido de muerte, acorralado contra las cuerdas del cuadrilátero y pocos menos que tirando la toalla. Y en lugar de ir a por él, optó por cederle la iniciativa: pecado mortal. El serbio, casi andando, tiró de casta y comenzó a hacer su mejor tenis. De buenas a primeras logró un break en blanco y se fue directo a por el set, sin que Murray respondiese. Lejos de hacerlo, el escocés empezó a autodestruirse. Dobles faltas, bolas que no pasaban la cinta... Ahora sí era expresivo Andy, que había perdido el duende. Antes de que pudiera recuperarlo, el "Idemo" (expresión serbia equivalente al famoso "vamos" de La Armada) retumbaba en la Rod Laver Arena. Djokovic no estaba muerto. No sabemos si se había ido de parranda con Peret o estaba guardando fuerzas para los sets decisivos, pero el caso es que con un contundente 6-1 dibujaba un nuevo panorama totalmente inesperado.
Llegaba la contienda al quinto set. Sin tie-break. Una pelea a tumba abierta entre dos jugadores a los que ya les flaqueaban las piernas. El problema fue que a Murray, además de las piernas, le fallaron también la cabeza y la muñeca. La desconcertante resurrección del serbio le pilló por sorpresa, y ya no había margen de error para nadie. Ambos acudieron a sus primeros servicios para empezar con buen pie, pero cuando se avecinaba el ecuador del set Djokovic demarró. Con un tenis más agresivo y directo que en todo el encuentro, buscando resoluciones rápidas y huyendo de los intercambios largos que martilleaban su cuerpo y daban ventaja a Murray, fue él quien hería ahora a su rival con una rotura mortal de necesidad que confirmó a continuación con el saque. 5-2, y la final a un paso. Parecía cuestión de tiempo que Djokovic certificara la clasificación, pero el destino aún reservaba un recobeco más por el que meterse huyendo de toda lógica.
La fortaleza mental de Djokovic fue decisiva Murray hizo en ese momento lo que no había hecho hasta entonces: quitarse los complejos. Sin nada que perder, se lanzó a una aventura arriesgada en la que fue valiente y terminó obteniendo frutos. Salvó su saque y a continuación, cuando Rod Laver ya cogía las escaleras para acercarse a felicitar a Djokovic, rompió el saque del serbio a 0 y se anotó posteriormente el suyo. ¡¡5-5!! La grada estallaba de júbilo ansiando que el encuentro no sólo se prolongase, sino que no terminase jamás. Espoleado por el público, Murray no se detuvo en la igualada sino que siguió apretando hasta conseguir el 15-40 que suponían dos bolas casi de partido para el de Dunblane. Entonces, Murray volvió a ser Murray y Djokovic volvió a ser Djokovic. Sirvió como nunca el serbio, con una mentalidad a prueba de bombas, y se acongojó como siempre el británico, incapaz de quebrar. La pluma que el británico cogió para escribir una hoja dorada en su historia resultó estar otra vez, y ya ha perdido la cuenta, sin tinta. Se fue así a la silla con la presión, por tercera vez, de tener que mantener su saque para seguir vivo. Pero tanto fue el cántaro a la fuente que terminó rompiendo. Él solito, con dos bolas largas y otras tantas que besaron la malla, entregó en bandeja la victoria a Djokovic en un duelo con tintes épicos que pudo ganar cualquiera, pero sólo quiso, y supo, uno: el de siempre.
Con esta victoria Novak Djokovic vuelve por segundo año consecutivo a la final, donde se las verá con el tenista al que el año pasado venció en todos sus duelos: Rafa Nadal. El manacorí contará con la ventaja de tener un día más de descanso, vital sobre todo a la vista de cómo terminó Djokovic ante Ferrer y hoy mismo, mostrando visibles problemas físicos. Si hoy fue dura la batalla, lo del domingo puede dejarnos sin palabras.



