Nadal VS Djokovic: El miedo se desgarra con ritmo
Nadal afronta su tercera final consecutiva de Grand Slam ante su bestia negra, con quien arrastra un 0-6 adverso. Las piernas, con un día extra de descanso, y la reconstrucción mental, ventajas estratégicas del español.
Un hombre abandona con el gesto torcido el Nacional Tennis Center, la sede del US Open. Lo hace abatido. Acaba de perder su sexta final de manera consecutiva ante un jugador concebido para su exterminio. Ante Novak Djokovic, una Némesis inabordable. Entonces levanta la vista. El portón de entrada a Flushing Meadows reza una leyenda. “Quiero despertarme en la ciudad que nunca duerme siendo el rey de la colina, el número uno. Si no puedo hacerlo aquí, lo podré hacer en cualquier sitio”. Los fragmentos de New York, New York de Frank Sinatra resonaron con fuerza en su cabeza. “Debo creer. Debo seguir luchando”, se inspira. Hoy, cuatro meses después, esta convicción le ha devuelto a Rafael Nadal Parera una nueva oportunidad para la redención. Al otro lado del mundo, en Australia, el hogar de los sparrows y los magpies, el español afrontará este domingo (09:30 horas española/Canal+) la lucha por un nuevo título de Grand Slam (el undécimo) frente al número uno del mundo. Y lo hará más consciente que nunca de sus posibilidades.
Porque esta nueva batalla, la más encarnizada de la actualidad (16-13 para el español), se presenta con llagas en carne viva. Por un lado, Djokovic arrastra la tortura mental y física a la que le sometió Andy Murray en semifinales (6-3, 3-6, 6-7, 6-1 y 7-5 en 4 horas y 50 minutos). “Va a ser crucial que me recupere físicamente”, comenta el serbio, exhausto; “ante Rafa, obviamente, será un partido de desgaste. Tengo que estar preparado para jugar cinco sets. No pienso entrenarme más, ya he estado suficiente tiempo en la pista (14 horas y 58 minutos). Ahora todo será recuperación”. Estas palabras contrastan con la situación de Nadal. Con un día extra de descanso (venció por 6-7, 6-2, 7-6 y 6-4 el pasado jueves a Roger Federer en 3 horas y 42 minutos), y menos tiempo en las piernas en esta penúltimo examen (68 minutos descontados al reloj), el balear contempla esta diferencia sustancial como un aval si el partido llegase a jugarse a capa y espada. Aunque no se fía.
“Es difícil de creer. Parece cansado, pero dos horas después sigue corriendo igual. No creo que el cansancio le vaya a pasar factura. Si vuelves a jugar un partido de cuatro horas es posible que estás más machacado, pero si yo me recuperé en 2009 ante Verdasco en un choque de cinco horas, lo lógico es que él se recupere después de haber jugado con Murray un partido un poco menos intenso”, asegura Nadal. Su incredulidad es manifiesta. Djokovic teatraliza cada movimiento en un lenguaje corporal que invita al engaño, exaltando miserias que luego son puños. Aun en el abismo, es capaz de responder con fuego. “La clave estará en jugar bien, en aguantar un ritmo alto de pelota. Ahogarle y evitar que ataque fácil. Tiene una ventaja mental y técnica con respecto a Rafael. Es el número uno y juega en una superficie en la que es mejor. Es el claro favorito”, analiza Tío Toni.
Lo dice escrutando el pasado. Nadal ha perdido sus seis últimos duelos con Djokovic, todas en 2011. Todas finales (Indian Wells, Miami, Madrid, Roma, Wimbledon y Estados Unidos) y todas dolorosas, sobre todo las dos últimas, decididas en grandes plazas. Pero también hay motivos para el optimismo. El número dos del mundo ha ido fortaleciéndose según avanzaba el torneo. Llegaba con las dudas del cambio, con la incertidumbre por saber si la alteración en la raqueta (ahora porta una más pesada -3 gramos- en busca de potencia) era aventurada. Asimismo, antes de saltar a la pista en primera ronda se sumió en lágrimas por un pinchazo en el hueco poplíteo, por detrás de la rodilla, que todavía luce en forma de vendaje. Ahora, dos semanas después, se ve en una final que parecía “inesperada” y con argumentos forjados en pura roca. Nunca Nadal golpeó con tanta violencia. Nunca fue tan agresivo (computa 218 golpes ganadores, uno menos que ‘Nole’). Nunca dependió tan poco de su rival.
“Al final del año pasado ganaba partidos, pero sin la línea de un jugador de alto nivel. Ganaba más o menos porque soy quien soy. Ahora venzo por tenis, por intensidad mental y por piernas” resume el español. En definitiva, gana por ritmo. Aquella fortaleza sobre la que ha levantado hasta diez títulos grandes (al menos uno en cada año desde 2005) en su carrera. Ésa que olvidó al final de 2011 por el miedo a un Djokovic que parecía invulnerable. La misma que hoy ha reconstruido y bruñe con el tacto de los elegidos.



