Olé mi barrio: Cristiano Ronaldo

Olé mi barrio: Cristiano Ronaldo

Nadie en Funchal podría imaginarse un 4 de Febrero de 1985 que al día siguiente nacería una estrella. Ni siquiera un tal utillero de un tal Andorinha, es decir, ni siquiera el padre de Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro. Incluso se podría decir que Dolores Aveiro –la madre- soñaba con que su hijo fuese político, y de los buenos. De ahí que le pusiese el nombre de Ronaldo por su ídolo de la época, Ronald Reegan., un hombre que según ella representaba la autoridad, cosa que desde luego, no escasea en su hijo.

"Olé mi barrio: Cristiano Ronaldo" es un reportaje de VAVEL Magazine. Puedes leer la revista completa pulsando aquí.

Nadie en Funchal podría imaginarse un 4 de Febrero de 1985 que al día siguiente nacería una estrella. Ni siquiera un tal utillero de un tal Andorinha, es decir, ni siquiera el padre de Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro.  Incluso se podría decir que Dolores Aveiro –la madre- soñaba con que su hijo fuese político, y de los buenos. De ahí que le pusiese el nombre de Ronaldo por su ídolo de la época, Ronald Reegan., un hombre que según ella representaba la autoridad, cosa que desde luego, no escasea en su hijo.

Toda esta unión de sueños y sensaciones tenían lugar en una freguesía de la localidad de Funchal, algo así como un barrio, llamado San Antonio.  Y en contra de su máxima estrella, San Antonio es una freguesía modesta. Al igual que la famililia del astro luso, sus habitantes -22000 en la actualidad- son gente trabajadora y humilde, que tienen en sus hijos la mayor ilusión que cualquier persona pudiese tener. 

Esta freguesía no es precisamente rica ni lujosa, aunque es la más importante de Funchal, la capital de la conocida isla de Madeira. La familia Dis Santos Aveiro vivía cerca de un parque, y en la casa habitaban los padres y los tres hermanos de Cristiano. Estaban muy unidos, y uno de sus principales valores era la cohesión  entre los miembros de la familia. Continuamente se apoyaban unos a otros, una fórmula excelente para que todos gozaran de oportunidades en la vida, y que trae como consecuencia que todos se sientan orgullosos y sientan suyo el triunfo del otro. 

Era una familia que vivía con lo justo, no le quedaba otro remedio al tener que alimentar y sacar adelante a sus cuatro hijos con el sueldo de una cocinera y de un jardinero que por las tardes era utillero de un modesto club, el Andorinha, que sería a la postre el primer club del ahora extremo madridista. 

La religión estaba más que presente en la vida diaria de la familia, y también del pueblo. No podía ser menos en un niño llamado Cristiano, y en un barrio que creció gracias a una ermita, instalándose las casas y sus habitantes en torno a esta, hecho que se remonta al siglo XVI. De hecho, muchos de sus edificios más destacados tienen que ver con la religión, como la Iglesia Parroquial.

Como muchas otras historias de deportistas, la de Cristiano también empezó por una pasión desproporcionada por lo que más ama, el fútbol y el balón. El pequeño Ronaldo acudía todos los días al colegio, al igual que el resto de los niños del barrio. Pero había algo que le hacía distinto. Y es que solía escaparse para ¡jugar al fútbol!. Evidentemente esto en casa traía repercusiones, y los padres se veían obligados a frenar tal pasión por la pelota, castigándole en su cuarto. Era insuficiente, ya que de nuevo, Cristiano Ronaldo se escapa por la ventana para poder seguir perfeccionando su habilidad con el balón.

No lo podía controlar, como si de dos polos opuestos se trataran Ronaldo y la pelota iban siempre pegados, siempre juntos y el pequeño Aveiro  seguir perfeccionando su habilidad con el balón. tenía en el esférico a su mejor amigo, un amigo que le llevaría a lo más alto, al estrellato del fútbol mundial. Evidentemente nadie en San Antonio podía ni siquiera imaginarse que este chaval obsesionado con el balón pudiese convertirse algún día en uno de los hombres más admirados del planeta futbolístico. Un niño que jugaba por las calles de su barrio con una pelota no podía ser nunca una estrella del balompié.

¿Pero en qué campos jugaba el hijo menor de la familia Aveiro? Evidentemente no era nada del otro mundo, en un barrio de clase baja no había sitio para los campos de fútbol lujosos, y ni hablar de hierba o sintéticos. Así que empezó jugando en una cancha de fútbol sala, como casi todos los que de pequeños jugábamos al fútbol. Una cancha de cemento o baldosa, con dos porterías sin red y de hierro, y todo el campo rodeado de una alta alambrada para que no escapara el balón y tener que ir a por él, cosa que seguro hasta el pequeño Cristiano odiaba. Una cancha de tamaño pequeño, evidentemente, y donde Cristiano solía jugar partidos con sus amigos, bien fuesen de la misma edad o más mayores, poco importaba, ya que ninguno llegaba a su nivel. Tal era el disfrute cuando jugaba que muchas veces se hacía el sordo ante la llamada de su padre para comer. El fútbol se lo daba todo, era su alimento, su energía y su mundo social. Parecía que el jugar le daba fuerzas, que estaba más cansado cuando no practicaba que cuando llevaba cuatro horas seguidas persiguiendo y golpeando un balón.

Bajar a la cancha era una rutina, como ir al colegio o como dormir. Cuando no iba el pequeño Aveiro no era feliz, le faltaba algo.  Así pasaron los meses, jugando con sus amigos partidillos de aficionado, hasta que un día su carrera empezó a tomar forma.

Gracias a su primo, Cristiano tuvo la oportunidad de jugar en un club más o menos profesional –al menos podía estar federado-. Ese club era el Andorinha, precisamente donde su padre hacía las veces de utillero. Tal era su calidad que empezó a jugar federado a la temprana edad de 6 años, con dos menos de lo permitido.

Aquí fue cuando por primera vez pisó campos de hierba, y aunque era sintética la diferencia era evidente. Siguió perfeccionando su calidad y sobre todo, su carácter. Era un chaval al cual la idea, solo la idea de perder le provocan un mal estar impropio de su edad, una competencia casi innata que poco más y podría haberse considerado patológica. Con dos años menos –como poco- su superioridad sobre los demás era casi insultante. Conducía el balón con una maestría propia de un Maradona o similares. Incluso su manera de correr desprendía pequeños mensajes de triunfo y superación personal. Poco a poco se fue adaptando al equipo e instaurándose como el jugador más peligroso del mismo. No había muchas esperanzas de que Cristiano llegara a ser algo en el fútbol, pero al menos ya no eran nulas. 

Ya empezaba a ser conocido en su barrio, e incluso algunos habitantes se desplazaban al campo del Andorinha para ver a “ese del que hablaba el vecino”. Un campo de hierba sintética como dijimos anteriormente y muy al estilo portugués. Donde aparte de vallas o redes –que también había- , una montaña servía de límite del campo, para que los balones no se perdiesen. Rodeado de maleza,  muros y vallas publicitarias de poca monta y negocios locales, jugaba Cristiano todos los fines de semana, y entrenaba por semana. El campo actual poco tiene que ver, incluso el modesto Andorinha se ha permitido instalar unos vestuarios en la parte norte del campo.Aún así, la rutina seguía siendo protagonista en la vida de Cristiano Ronaldo. Se levantaba para ir al colegio, pasaba cinco horas esperando que llegara el momento de salir para poder comer e irse a entrenar con sus compañeros al campo del Andorinha. Todo seguía igual, su padre en la jardinería, su madre en la cocina y el pequeño escapándose cuando podía para jugar al fútbol. El barrio de San Antonio estaba viendo crecer a una futura estrella mundial. 

Ya los técnicos del Andorinha señalaban que Cristiano a sus cortos 6 años demostraba una individualidad que ya le suponía algún que otro problema con los miembros de su equipo. Pero la realidad es que sus compañeros no respondían al nivel que el luso exigía. Los habitantes de la freguesia no se limitaban a mirar al joven, sino que participaban en su progresión, lo que su tiempo y economía les permitía. El barrio estaba volcado en la mejoría del futbolista. 

No pasó mucho tiempo hasta que los dos grandes de Madeira (Marítimo y Nacional) se fijaron en aquel chaval que ya despuntaba a su corta edad. Finalmente fue el Nacional quien, a cambio de veinte balones y dos equipaciones para los infantiles del Andorinha, consiguió llevarse a la mayor promesa futbolística de la isla de Madeira. A partir de ahí, la historia ya conocida de un joven que fue llamado a una prueba por el Sporting de Lisboa, y comenzó su ascensión en el mundo futbolístico, hasta llegar a ser la máxima expresión del futbol actual.

Familia, apoyo y mucho, mucho amor por un balón fueron los detonantes de la calidad de uno de los mejores jugadores del mundo. Olé Cristiano, y sobre todo, olé su barrio, San Antonio, una freguesía que es la cuna del fútbol moderno, y de la cual Ronaldo estará más que orgulloso.

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