Crónica de una desaparición anunciada
Haciéndole un guiño al brillante García Márquez, nos acercamos a una noticia de la que pocos medios se han hecho eco: la desaparición de un histórico club gallego, el fin del Compostela S.A.D. El bello y armonioso estadio de San Lázaro, será testigo sempiterno de lo que ya es historia, donde, con esfuerzo e imaginación, aún se pueden escuchar los ecos de los goles de Ohen, santo y seña de la mejor época del equipo de la ciudad del Apóstol Santiago.
Campus Stellae. No, no es ningún dicho en latín, sino el nuevo nombre de lo que antes se conocía como Compostela S.A.D. que tristemente, ha pasado a nueva vida. No solo se pierde un nombre, sino que con él se va parte de la historia del fútbol, y es que el 29 de enero, el deporte rey perdía un pedazo de su pasado, una porción pequeña sí, pero impregnada en magia como la que más. La seducción, encantamiento y brujería con la que Santiago de Compostela capta a millones de adeptos, estaba patente en un equipo especial, querido por todos y admirado por su progreso en el momento de su debut en la máxima categoría. Como casi siempre, la sombra y penumbra de lo económico, ese mundo del que se quiere rehuir en el fútbol y que, paradójicamente, es parte inherente del mismo, ha sido el causante de la catástrofe apostólica, el SD Compostela S.A.D., ya no existe.
Como muchos otros equipos, el Compos empezó desde lo más bajo, fundado en 1962, comenzó su andadura por los campos de la Tercera División. Con el paso de los años se fue haciendo un hueco entre los grandes de España, y en el 91, de la mano de Castro Santos logró el ansiado ascenso a la división de plata. Comenzaría una andadura de diez años que serán recordados como los mejores de su historia. Los comienzos de tal camino eran más que esperanzadores, en la temporada 1993-94, jugó la promoción para el ascenso a primera, con otro histórico de similares características y que afortunadamente se ha recuperado, el Rayo Vallecano. Ambos equipos disputaron una de las eliminatorias más feroces e igualadas que se recuerdan, tras dos conatos fallidos, el Tartiere dictaba sentencia. En tierras asturianas, los gallegos se sintieron como en casa y entre Ohen, José y el seguro socorro del apóstol, lograron el ascenso a lo más alto del fútbol nacional.
Una vez allí se sintieron como quien alcanza la catedral por excelencia tras el largo camino, un trayecto que en este caso había sido de rosas, y que a la vuelta,se tornarían en espinas. Una vez allí, Fernando Castro Santos seguiría alargando su leyenda y la de su equipo, que se amparaba en su máxima estrella, Ohen, para conquistar las más aventuradas hazañas. El goleador de origen nigeriano logró nada menos que 48 dianas en cuatro temporadas en Primera División. Tras cuatro años al máximo nivel, el conjunto gallego se asomó de forma peligrosa al abismo, volviendo de nuevo a segunda división tras consumarse su descenso en una muy igualada eliminatoria frente a un equipo que comenzaba su meteórica carrera, el Villareal.
Era el principio del fin, el descenso a segunda fue algo parecido a una herida mal curada, y que a la postre acabaría con la vida de un histórico. El presidente por aquel entonces y aún polémico a día de hoy, Caneda, decidió invertir lo indecible para asegurar la vuelta, cuanto antes, a primera división. Con un sueldo estratosférico y un equipo lleno de nombres, el Compostela tan solo pudo ser octavo, y ahora con una economía insostenible. Un descenso a segunda B confirmaron los peores augurios, y aunque el equipo regresó pronto a la división de plata, pronto se vería con la soga al cuello, ya que los jugadores se habían pasado toda la temporada sin cobrar.
La situación del Compostela estaba plagada de dificultades, de nuevo volvía a vivir la ciudad gallega un descenso a segunda B de su equipo, esta vez marcado por la huída de sus jugadores más significativos. El plantel no alcanzó el nivel ni siquiera para la división de bronce, y el descenso a tercera se consumó. La desaparición perseguía al Compostela de manera compulsiva, y Caneda intentaba evitarla de la forma más inverosímil. El presidente compró los derechos de la marca SD Compostela, aplicándola al club Campus Stellae cuando logró acceder a la presidencia del mismo.
Sin embargo, y como anunciábamos en el titular del artículo, la desaparición era un hecho anunciado. Como el que rema para salvarse en medio del océano, el Compostela luchaba contra la desaparición, algo inevitable. Esta reciente temporada, de nuevo los problemas económicos volvieron a hundir el barco gallego, la aventura había llegado a su fin, este 29 de enero, el SD Compostela S.A.D. desapareció. El Campus Stellae hereda la historia de un club mágico, místico, que aún sigue dando un toque de hechicería al pasado del balompié.
¿Lo mejor que nos queda? Los recuerdos. El Compostela seguirá vivo siempre que nosotros, los aficionados al fútbol y a eso que nos cautiva, que nos hace prisioneros del mismo, sigamos recordando al mítico Ohen, sigamos recordando el gol de Ronaldo, uno de los mejores de la historia ante precisamente este club, y sigamos recordando que una vez, hace ya mucho tiempo, en un fútbol sin jeques ni millonarios caprichosos, la magia triunfó y nos mantiene aún prisioneros de la misma. Todo ocurrió en un estadio llamado San Lázaro.
Luchemos para que otros equipos históricos, como el Oviedo o Logroñés entre otros muchos no corran la misma suerte.

























