Ricardo Zamora, un mito entre trincheras

Ricardo Zamora, un mito entre trincheras
Ricardo Zamora, un mito entre trincheras

Cuando el árbitro pitó el final del encuentro comprendió que todo había acabado para él. Mientras sus compañeros saltaban de alegría y corrían a celebrar la victoria con su capitán, éste, les miraba emocionado siendo consciente que nunca más volvería a poder vivir sensaciones similares. El republicano Madrid Fútbol Club que desde 1931 había perdido su título de Real, acababa de vencer el Campeonato de España de 1936 -la que hoy denominamos Copa del Rey-, y al mismo tiempo Ricardo Zamora concluía su carrera deportiva como sólo a los mitos se les permite terminarla. Pocos minutos antes, gran parte de los testigos presentes en el campo de Mestalla hubieran podido asegurar al ver salir el violento disparo de Eugenio Escolá, que el gol del empate del FC Barcelona era una realidad irremediable. Pero Zamora les recordó a los espectadores que seguía, pese a sus 35 años, siendo El Divino, cuando se lanzó a su izquierda consiguiendo despejar con la punta de los dedos un balón al que medio estadio ya había dado por gol.

Quedaban lejos sus inicios en el football amateur de principios del siglo XX, cuando decidió llevar la contraria a su padre y dejar a de lado su carrera de medicina por el nuevo y apasionante deporte que había llegado de Inglaterra. La Olimpiada de Amberes de 1920 le consagró poniendo nombre propio a la furia española, para poco después convertirse en el primer futbolista profesional y en el primer ídolo de masas del deporte español. Defendió la portería del Universitari, RCD Español, FC Barcelona y Real Madrid, demostrando en todos ellos unas condiciones innatas que le permitieron revolucionar lo que hasta ese momento había sido el estilo de juego característico de los guardametas. 

Pero retomando nuestra historia, aquella tarde de junio de 1936 tras imponerse el Madrid por 2-1 al FC Barcelona, Zamora comunicará su decisión de retirarse del fútbol tras haber jugado quince años en la selección nacional y disputar 47 partidos, récord que sólo podrá superar José Ángel Iribar en febrero de 1975. El ídolo daba paso al mito, en un país que pocas semanas después dejará las pasiones deportivas a un lado, cuando comience la guerra civil y sobrevivir se convierta en el principal objetivo de los españoles. En el convulso Madrid del verano de 1936, la gran popularidad de Ricardo Zamora no será suficiente para asegurarse cierta tranquilidad frente a los antecedentes que le relacionaban con personalidades del entorno católico y su trabajo desde 1935 como redactor del periódico Ya, publicación ligada a la jerarquía eclesiástica. Varios medios se harán eco de su supuesta muerte y lo utilizarán como arma propagandística, e incluso en el Congreso de la FIFA celebrado durante esos días en Berlín, el presidente Jules Rimet al conocer la noticia pedirá un minuto de silencio en su memoria.   

El partido homenaje que se le había realizado en diciembre de 1934, y en el que el propio presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, le hizo entrega de la Orden de la República, no le servirá para evitar la detención y el posterior traslado a la cárcel Modelo de Madrid pocas semanas después del inicio del conflicto armado. Dentro del centro penitenciario, su popularidad le permitirá contar rápidamente con la simpatía de los carceleros, consiguiendo que le dieran un balón para que pudiera organizar partidos de fútbol entre los presos. Mientras tanto, al enterarse que Zamora seguía vivo y recluido en la cárcel, el mundo del fútbol se movilizará para solicitar su libertad. Varios actos se realizaron durante esos meses, pero merece destacarse el partido amistoso entre las selecciones de Cataluña y Valencia en octubre de 1936, en el que ambos capitanes solicitarán al presidente de la Generalitat, Lluís Companys, que se interesará por la difícil situación que vivía su compañero. El propio presidente de la FIFA, Jules Rimet, tras conocer la situación en la que se encontraba Ricardo Zamora, también reclamará en un comunicado la libertad del famoso futbolista, recordando que éste pertenecía a una “gran familia que rehúsa las fronteras como rehúsa que hay cuestiones de raza, religión, de política”.

Gracias a la ayuda del poeta anarquista Pedro Luis Gálvez y las gestiones emprendidas por la Embajada de Argentina, logrará salir de la cárcel Modelo y refugiarse en dicha legación hasta que estuvo preparado su traslado a Valencia, en donde finalmente se podrá reunir con su mujer y su hijo. La odisea no terminará en esta ciudad, dado que poco tiempo después de su llegada embarcará en el Torpedero Tucumán con destino a Francia. En una difícil situación económica, Zamora entrará en conversaciones con el Olympique de Marsella para volver al fútbol.

Desgraciadamente, este club tenía cubierto el puesto de portero y no podrá ser contratado, condenando a la familia de Zamora, que pocos meses antes era una de las más privilegiadas del país, a tener que sobrevivir con la ayuda de amigos y conocidos. Y será un amigo, o mejor dicho, su gran amigo Pepe Samitier, con el que había compartido vestuario en el FC Barcelona, Real Madrid y en la propia selección nacional, quien será determinante para conseguir traer a su antiguo compañero al Niza, club en el que Samitier hacia las veces de jugador y entrenador al mismo tiempo.

Inicialmente Zamora será contratado como entrenador, pero la insistencia de Samitier al presidente le acabará por obligar a tener que volver a ponerse bajo los palos en la temporada 1937-38, retrasando un poco más la definitiva retirada del portero. Mientras tanto, sus intentos para conseguir que su madre saliera de España tuvieron éxito reuniéndose finalmente toda la familia en París, para poco tiempo después volver a entrar a España por la “zona nacional” a través de San Sebastián. A lo largo de la guerra participará en algunos partidos benéficos, que no le libraron de ser procesado por haber abandonado la zona republicana refugiándose en Francia, tardando varios meses en reincorporarse a la zona controlada por los sublevados. La decisión que tomó durante la guerra le provocará importantes problemas con el franquista Consejo Nacional de Deportes, costándole finalmente seis meses de inhabilitación y varios días en la cárcel, hasta que en 1940 podrá recuperar su puesto como entrenador dirigiendo al Atlético Aviación, con el que logrará las ligas de 1940 y 1941. 

Al que pocos meses antes era considerado un ídolo de masas, que ya protagonizaba películas y anuncios publicitarios cuando todavía no existía la televisión, se le mirará con recelo y desconfianza desde ambos bandos. Contradicciones de un país que tendría que esperar a la llegada de Kubala y Di Stefano en la década de los cincuenta, para volver a encontrar un fenómeno social similar al que había generado Ricardo Zamora.