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Un goleador más allá de los goles

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6 de Agosto del 2006, el día anterior había nacido mi hijo Luciano. Esperaba el alta para irnos a casa, alguién me comenta que Palermo iba a jugar ese día frente a Banfield, pese a que horas antes paradójicamente su pequeño hijo Stefano, de horas, había fallecido. Miré a mi esposa, a Luchy y pensé este tipo tiene una fuerza y una profesionalidad que pocas personas pueden poseer. La historia dice que Martín hizo dos goles esa jornada, que lloró y que a mi indefectiblemente alguna lagrima se me cayó, tal vez conmovido por su situación que se mezclaba con mi alegría de haber sido papá. Desde ese momento la admiración personal se me hizo carne.

Palermo fue un gran goleador no hay dudas, pero no es sólo eso. La capacidad de revertir situaciones duras para convertirlas en emoción, en estado puro, es lo que lo convirtieron en un mito y en años seguramente en leyenda. El “Loco” traspasaba el propio campo de juego y se colaba en el hincha que veía el partido. Que hincha de Boca no sigue emocionándose viendo el gol a River por la Libertadores, apenas recuperado de su primera lesión de ligamentos.

Cuantas hinchadas, después de haber dudado sobre su poca ductilidad o sus movimientos torpes, no se arrepintieron pensando “este nos emboca”. Y los embocaba. El tipo era así, carismático, provocador, o alguien olvida aquella tapa de revista vestido de Marilyn Monroe, había que tenerlos bien puestos para jugar el domingo, no achicarse y continuar con lo suyo, eso de hacer goles.

Hasta hace unos años pensaba, lo único que todavía no ha podido dar vuelta, es la espantosa sensación de errar tres penales en un partido con la camiseta de la Selección argentina, ya en el final de su carrera que difícil sería tener revancha. Definitivamente saqué la palabra “imposible” de mi vocabulario. Martín entró en aquella eliminatoria frente a Perú,  con el partido 1 a 1 y las chances del Mundial diluyéndose, como escenografía un Monumental en silencio esperando para estallar contra el técnico, jugadores, dirigentes y todo lo que tuviera que ver con la celeste y blanca. La lluvia acrecentaba el drama. Pero ahí estaba su pie para empujar la última pelota a la red cuando el tiempo se extinguía, en offside, a esta altura que importa, ese gol era el oxígeno que ya no había, el aire para todo un país futbolístico. Las gotas, las lágrimas, sobre el rostro del Titán, se confundían en esa postal para la posterioridad.

 Pero la historia con la selección no terminaba ahí, había un capítulo más, para que el dolor de los tres penales errados, no sólo fuesen revertidos sino también vengados. El Mundial de Sudafrica fue su última gran aventura, relegado lógicamente por monstruos como Agüero, Messi o Higuaín, él estaba ahí con la expectativa de jugar, de entrar, de participar tan solo unos minutos, se sabe que es el tiempo suficiente que necesita para seguir escribiendo su guión. Maradona lo llamó a los 35 minutos del segundo tiempo en el tercer partido del grupo frente a Grecia. Puedo jurar que cuando pisó el césped del Peter Mokaba de Polokwane la enorme cantidad de argentinos en el estadio y los millones que lo veíamos por tele pensamos, algo va a pasar, y pasó, la primera pelota que tocó fue adentro del arco griego, el gol se gritó tan fuerte en el país como si fuera la final del Mundial y sobre la hora. Martín dejaba definitivamente de ser amado en Boca y Estudiantes, para ser querido, respetado y admirado por todos los fanas del fútbol de país.

Ningún europeo podrá entender por qué se lo admira, su paso por Europa no fue un éxito, si hasta las piedras en el camino se trasladaron junto a él a Villarreal. Literalmente un muro de ladrillos se le cayó encima de su pierna provocándole la rotura de la tibia y el peroné, cuando festejaba un gol, así de increíble, así de loco. Vistió la camiseta del Betis y del Alavés, pero su destino no estaba ahí definitivamente.

Sin el verso de muchos futbolistas se definió siempre como hincha de Estudiantes, y el amor de la gente Xeneize nunca se lo reprochó, todo lo contrario, lo transformaron en el mayor ídolo contemporáneo del club. Sus dos goles en la Intercontinental ante el Madrid, el penal pateado y convertido con los dos pies al resbalarse frente a Platense. Una nueva rotura de ligamentos, su recuperación, gol a River colgándose del travesaño, de chilena a Banfield, de taco y de mitad de cancha a Independiente, a Velez de cabeza desde su campo, un gol más a River en su último superclásico son todos capítulos que se acumularon en su trayectoria.  Cuantas veces nos juntamos a charlar de fútbol y repetimos a coro, este equipo necesita un 9 tipo Palermo, eso fue, la identificación total con una característica puntual de delantero de area.

El 4 de febrero del 2012, 51.000 personas en la Bombonera y millones por la tele, lo despedirán como se merece, con amigos como él mismo expresó. Esta vez, ahí estaré con mi hijo aplaudiéndolo y cerrar una historia personal de admiración que nació el 6 de agosto del 2006.

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