"La dulce ciencia" de los guantes
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"La dulce ciencia" de los guantes

Nombrado mejor libro de deportes de todos los tiempos por la revista Sports Illustrated en 2002, La Dulce Ciencia recopila en un único e inolvidable volumen las clásicas piezas del periodista del New Yorker A.J. Liebling sobre boxeo, esa «Dulce Ciencia de los Moratones». A través de sus páginas, Liebling nos ofrece un retrato animado e idiosincrásico del universo pugilístico de principios de la década de 1950.

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Luis Ariel Acosta Montero

Los anglosajones llaman al boxeo "la dulce ciencia". Es una expresión irónica, por supuesto, ya sabemos que este deporte no es dulce, y hay quien pensará que no tiene nada de científico. Sin embargo, lo cierto es que el mundo de las letras, de Conan Doyle a Hemingway, siempre tuvo afinidad por este deporte, uno de los pocos en que el objetivo principal es herir al contrario y que, como la tauromaquia, encierra grandes contradicciones morales. 

Sin embargo, sus geniales escritos van mucho más allá de la mera crónica deportiva. Con su inconfundible estilo, Liebling siempre busca la historia humana detrás de la pelea y evoca la tensión y la atmósfera en el estadio tan nítidamente como lo que sucede en el ring, capturando así este feroz arte como nadie lo había hecho antes. Considerado el autor que mejor supo retratar el ambiente pugilístico, en una ocasión afirmó: "El boxeador, como el escritor, debe estar solo".  

Sobre el vademécum púgil 

El título surge en referencia al boxeo como una «Dulce ciencia», que aparece en el memorable libro de Pierce Egan, «Boxiana» (1810), donde se combina ya la crónica deportiva con el retrato moral de la sociedad inglesa de principios de siglo.  

Liebling abarca en su obra el período que va desde junio de 1951 a septiembre de 1955, y por sus páginas desfilan Joe Louis, Sugar Ray Robinson, Rocky Marciano, Archie Moore y Kid Gavilán, entre otros celebrados púgiles, y los combates que les encumbraron al olimpo de una mitografía popular, que aún pervive con singular fuerza narrativa. 

Estos textos ostentan un indudable carácter literario por su cuidado estilo prosístico, detallada psicología de personajes y minuciosa observación de conflictivas situaciones, incluyendo, cuando se requiere, el tono bronco y desabrido de la mejor crónica periodística, con su intrínseca violencia descriptiva: «Terminado el tercer asalto, el lateral derecho de la cabeza del pobre Pelirrojo (Sandy Saddler) estaba empezando a inflamarse a causa de los violentos crochés de izquierda, y según avanzaban los minutos, parecía un viejo balón medicinal asimétrico al que alguien le hubiera pintado rasgos humanos» (pág. 248).  

En todo momento se detalla la compleja gestualidad de la lucha, las estrategias del cuerpo a cuerpo: «Y entonces Robinson, el boxeador casi inmaculado, el epítome de la elegancia en los cuadriláteros, lanzó un golpe salvaje desde muy atrás del hombro, como un niño, no logró hacer diana en su rival por mucha distancia y cayó a plomo de bruces» (pág. 83).  

Este libro se lee como un ensayo sobre las pasiones humanas, una reflexión acerca de la ambivalencia entre triunfo y fracaso, un relato cercano a la novela negra y el cine policíaco, un alegato en favor de la dura nobleza de esta «dulce ciencia», la defensa del periodismo al pie de la noticia y la consideración de la crónica deportiva como una modalidad expresiva plenamente literaria. Conviene destacar la excelente labor del traductor, Enrique Maldonado. Una obra altamente recomendable más allá del propio interés pugilístico. 

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