Carlos Salvador Bilardo: un personaje imposible de olvidar
Carlos Salvador Bilardo

Sus Orígenes

El italiano Salvatore Bilardo emigró con su familia desde Sicilia hacia Argentina a principios del siglo XX. El barrio La Paternal de Buenos Aires los acogió y fue testigo de su austeridad familiar. El lugar se destaca por albergar la mayor concentración de fábricas y comercializadoras de muebles en toda la ciudad. Se instalaron en una pequeña casa, justo en el lugar donde abrirían su propia fábrica de muebles unos años más adelante.

De su hijo Calogera Bilardo nació Carlos Salvador, a solo unas cuadras del estadio de Argentinos Juniors, hoy condenado a la Primera B Nacional. Allí, a los seis años, Carlos empezó la relación con su amiga la pelota. Fue el primer regalo que recibió de su padre y el comienzo de una larga historia. Se jugaban partidos entre veredas que terminaban cuando, al caer la pelota en algún patio de vecinas furibundas, regresaba pinchada. Los retos se trasladaron entonces a la Plaza Roque Sáenz Peña hasta que Bilardo empezó a entrenar con las inferiores de San Lorenzo de Almagro.

En una entrevista para el diario colombiano El Tiempo, Bilardo cuenta con orgullo que es un hombre de calle. Afirma que estos hombres tienen ventaja sobre el resto, y que el hecho de haber crecido entre apostadores de caballos, chances y todo tipo de juegos, además de futboleros empedernidos, le enseñó a asimilar las cosas con diferentes matices.

Entre todos sus compañeros de la “escuela de la calle”, Bilardo fue el único que asistió a la universidad. Cuenta entre risas que sus amigos “conspiraban” contra él para que no descuidara sus estudios. Cuando se acercaba la media noche, simulaban despedirse en el café y partir hacia sus casas. Esperaban que Bilardo llegara a la suya, y luego regresaban. Solo lo supo varios años después, pero entendió que lo hacían con un cariño enorme.

Entre sus relaciones con todo tipo de personas en el barrio, una en especial marcó su destino. Las conversaciones que sostuvo con el doctor Juan Ganduglia y la cantidad de visitas que este recibía a diario, le mostraron a Bilardo una posibilidad de éxito en el campo de la medicina. Estudiaba en las noches prendido a una pequeña lámpara de 25 kilovatios, pues su abuelo, de pasado paupérrimo, no le permitía abusar de la energía eléctrica. Para Carlos no era fácil, pero las exigencias de su madre retumbaban en su cabeza: “si no estudiás, no jugás al fútbol”, le advertía. Así combinó los entrenamientos de “el Ciclón” y su vocación por la medicina que, según él, le permitía estar cerca de la gente.

Su etapa como futbolista

Una tarde de 1958, mientras estudiaba las funciones del corazón en la casa de Pariso, un compañero de facultad, recibió una llamada de San Lorenzo que exigía su presencia al día siguiente en las instalaciones del club Atlanta para jugar con la primera en la Copa Suecia. Debutó a los 20 años anotando dos goles (ganaron 2-0) contra Bohemio, como sueñan todos los aspirantes a futbolistas. Sin embargo, Bilardo lo tomó con tal naturalidad, que después del partido volvió a casa de su amigo para seguir estudiando. En Bohemio fue titular aquel día Osvaldo Juan Zubeldía, quien sería un referente en la vida de Bilardo.

En San Lorenzo jugó tres años más, alternando en el equipo campeón del 59 y en la Copa Libertadores del 60. En 1961 pasó al Club Deportivo Español, un alicaído equipo fundado por colonos españoles que actualmente milita en la cuarta división argentina. Allí no tuvo inconvenientes para continuar con su formación académica. Permutaba los entrenamientos del equipo con entrenamientos personales (en los pasillos del hospital donde practicaba), y durante los viajes o concentraciones recibía el apoyo de los médicos del club con sus obligaciones educativas. Cuenta que a pesar del trajín, solo reprobó una materia en toda la carrera: farmacología.

En el 65 pasó a Estudiantes de La Plata, pero solo hasta octubre de 1966 recibió el diploma de médico. En ese momento pensaba jugar únicamente dos o tres años más al fútbol para montar su propio consultorio. Pero su etapa exitosa en “el Pincha” lo haría cambiar de opinión y dedicarse completamente al deporte.

Es acá donde reaparece la figura de Osvaldo Juan Zubeldía, personaje histórico e ídolo, tanto en Estudiantes de La Plata como en Atlético Nacional de Medellín. El maestro compartía con Bilardo sus orígenes y su orgullo hacia la escuela de la calle. Según el propio Carlos, Zubeldía no solo les enseñaba de fútbol; también les mostraba realidades de vidas muy diferentes a las que vivían ellos como futbolistas, inmersos en la total comodidad. Era sencillo y contundente frente al pizarrón y también era elocuente conversando en los largos trayectos de tren (más de 70 kilómetros) que separaban el barrio de Bilardo –y de varios jugadores- de La Plata. Como “un obsesivo” lo describió Bilardo cuando cuenta que llegaron a pasar hasta 40 días concentrados y varias noches en vela realizando dibujitos con instrucciones sobre cómo moverse en la cancha. Ni hablar cuando Osvaldo, casi imperativamente, forzó el matrimonio de seis o siete jugadores que estaban de novios (Bilardo entre esos). Zubeldía les advirtió que, en vista de que el campeonato acababa el 17 de diciembre y la Copa iniciaba el 27 de enero, “el que quisiera casarse debía hacerlo ahora, porque después no tendría tiempo para la luna de miel”.

Estudiantes, que para entonces era un club modesto, ganó, de la mano de Zubeldía, una Liga argentina en el 67, tres Libertadores consecutivas (68, 69 y 70), la Copa Interamericana del 69 y la Intercontinental del 68 al Manchester United. Luego de esa sucesión de triunfos históricos, Bilardo dejó el fútbol activo al final de la temporada 69/70.

Su etapa como entrenador

Siguiendo su plan inicial, reanudó su carrera en la medicina, pero nunca abandonó el fútbol. Simultáneamente realizó el curso de entrenador, y después de poco tiempo, Zubeldía tocó a su puerta de nuevo. Osvaldo quería que Bilardo fuera su asistente de campo. “El Narigón” no lo pensó un solo instante; desde su etapa como jugador, Zubeldía despertó en él una pasión, una vocación. Se había interesado por la táctica y la estrategia, y quería seguir aprendiendo del maestro. Así compartieron un año más al frente de Estudiantes de La Plata hasta que Osvaldo aceptó, en 1971, un ofrecimiento para dirigir a Huracán y Bilardo asumió el cargo de entrenador en propiedad con “el Pincha” ese mismo año. Salvó a Estudiantes de las incómodas posiciones del descenso y decidió aumentar su preparación como director técnico.  

Con la responsabilidad que sintió sobre sus hombros y el peso de la historia reciente del club platense, Bilardo se esforzó al máximo por prepararse lo mejor posible antes de asumir un nuevo reto. En 1972 viajó junto a su ayudante a los Juegos Olímpicos de Múnich. Durmiendo en hostales para estudiantes y viajando en un auto prestado –que según Bilardo olía a salami y podía percibirse a metros de distancia-, gastaron todo lo que tenían en el fútbol. Visitaron estadios y entrenamientos de importantes equipos y conversaron con grandes protagonistas del mundo del fútbol para enriquecer sus charlas y sus fundamentos.

De Zubeldía, además de conceptos tácticos y estrategias futbolísticas, Bilardo heredó la severidad y la exigencia. En la misma entrevista para el diario El Tiempo, Bilardo cuenta cómo le dio a Ignacio “el Chango” Peña una gran lección. Peña era una prometedora estrella del fútbol argentino; había deslumbrado en la banda izquierda del Boca de Di Stéfano, pero su carácter díscolo y su presunta propensión a beber alcohol, sumado a su aura de fama, lo hacían una persona difícil de tratar. En una ocasión, “el Chango” no se presentó al entrenamiento de Estudiantes. Bilardo, entonces, al finalizar la práctica, recorrió los más de 50 kilómetros que lo separaban de la casa de Peña. Tocó a su puerta, y en cuanto lo vio, lo obligó a vestir ropa deportiva y salir a correr para entrenarse en solitario. Después de ese episodio, ni Peña ni ninguno de sus compañeros volvió a faltar jamás a alguna sesión de prácticas.

En Estudiantes dirigió hasta 1976 y alcanzó un subcampeonato en el torneo argentino. Pero su destino parecía no desligarse del de Osvaldo Zubeldía. Este dirigía al Atlético Nacional de Medellín en Colombia, y un periodista conocido logró recomendar a Bilardo ante Álex Gorayeb, histórico dirigente del Deportivo Cali, para que lo llevaran a dirigir en ese país. Bilardo aceptó, y a pesar de la resistencia inicial que mostraron hinchas y periodistas a su llegada, los triunfos avalaron su paso por tierras cafeteras. El Deportivo Cali fue, por primera vez en su historia, finalista de la Copa Libertadores en el año 78, perdiendo el título ante Boca Juniors.

Para la época, las diferencias entre el futbolista colombiano y el argentino eran notables. Bilardo cuenta que le costó aceptar, particularmente, la costumbre de los “viernes culturales”. “El Narigón” pensaba que eran jornadas de lectura, teatro o pintura, pero comprendió que lo único que realmente hacían los jugadores colombianos en ese espacio era beber aguardiente hasta altas horas de la madrugada. Incluso llegaban a los entrenamientos con claras muestras de resaca. El consejo que Bilardo recibió de Zubeldía fue no meterse con el tema, pues un generoso gravamen al alcohol favorecía la educación de Colombia por esos años. Por si fuera poco, Bilardo cuenta que en más de una ocasión mientras hacía la ronda por las habitaciones del hotel de concentración, encontró a los futbolistas del Cali fumando marihuana sin ninguna vergüenza. Siempre eran los mismos seis, y como no se consideraba un experto en el tema ni el apropiado para aconsejarlos, optó por juntarlos en una misma habitación y evitar que contaminaran al resto.

Y no solo los jugadores eran diferentes. El fútbol en sí también lo era. No existían divisiones inferiores y no se observaba a los niños jugando en los “potreros”. El gran atractivo de la época era un torneo de “rodillones” (exjugadores mayores de 40 años) que se organizaba antes de los partidos oficiales. Gorayeb contactó a Bilardo, quien no podía entender esta falta de profesionalismo, con Carlos Ardila Lülle, un magnate y empresario de Medellín –accionista del Atlético Nacional de Zubeldía- dispuesto a invertir en el fútbol. Su gestión consistió en organizar un campeonato con jugadores juveniles, menores de 20 años, que fue un éxito rotundo y dio a conocer a futbolistas de la talla de Carlos Valderrama y Bernardo Redín.

Fue así como, dos años después de sus gestas en Deportivo Cali y en el fútbol colombiano, Bilardo pasó a dirigir el seleccionado de fútbol de Colombia en la eliminatoria para el Mundial de España 82, al que no pudo clasificar.

Bilardo cuenta que su etapa en Colombia le dejó tal cantidad y calidad de anécdotas, que perfectamente podría escribir un libro compilándolas todas. Recuerda en particular su contacto con los narcos de la época, y que incluso conoció al temido Pablo Escobar. Cuenta además que el capo de la cocaína le enseñó a no abrazar a nadie en las fotos para evitar que lo involucraran con personas indeseadas. Desde ese día, Bilardo aparece en las fotos con sus manos hacia adelante, obedeciendo el consejo de Escobar.

Aprovechando su figura en Colombia y su contacto con los cabecillas de las organizaciones criminales, Bilardo intentó mediar entre los jefes del cartel de Cali y el cartel de Medellín, e incluso afirma que “estuvo a punto de lograrlo”, y que asistía a la cancha y a hoteles para comer con ellos.

Selección Argentina

Finalmente en el año 83 Bilardo asumió la dirección técnica de la selección argentina. Allí vivió toda la furiosa demostración de la pasión que sienten los hinchas argentinos por el fútbol. Es más, debió sufrirla a tal punto que, después de que su casa fuera apedreada varias veces por hordas de intransigentes seguidores, mandó a su hija y a su esposa a vivir donde su suegra y colgó un cartel de “se vende” en la puerta de su domicilio para aparentar que estaba vacío. En esos momentos le dijo a Gloria, su mujer: “si fracaso en el Mundial de México no volveré al país, lo tengo claro”. Cuenta con frustración que nunca pudo acompañar a su hija en ningún acto público: ni en la primaria ni en la secundaria ni en la universidad; “tenía que protegerla”, dice.

Bilardo, al igual que su maestro Zubeldía, fue tildado de obsesivo e intenso cuando estaba al frente de sus equipos. Cuenta que con la selección argentina en el Mundial de México 86, entrenaban hasta la manera de celebrar los goles: defensas con defensas, volantes con volantes y delanteros con delanteros, para evitar un desorden si el rival reanudaba rápido el juego. Además, siendo completamente consciente de la situación del país en aquel entonces, Bilardo era austero al extremo en sus viajes con la selección. No tomaba taxis (solo viajaba en buses de línea), comía “fiambre”, como él mismo lo llama y, cuando necesitaba reunirse con alguien importante, lo citaba en el lobby de algún hotel que conocía desde antes e intentaba llegar primero que su invitado; si fallaba, se ponía de acuerdo con algún empleado para que este le avisara que Bilardo había salido pero que regresaba enseguida.   

Con su rigidez y su exigencia, Bilardo implantó exitosamente un novedoso sistema táctico en el Mundial de México, el para entonces sorpresivo 3-5-2. Eso, sumado a la explosión de Diego Armando Maradona, Brown, Ruggeri, Burruchaga y Valdano, catapultó a Argentina hasta el partido final. Antes, la albiceleste venció a Corea del Sur (3-1) y a Bulgaria (2-0) en la primera fase, y empató con Italia (1-1). En octavos de final enfrentó a los aguerridos uruguayos, a los que vencieron por 1-0. En los cuartos de final vencieron 2-0 a Inglaterra en aquel recordado partido de “la mano de Dios” y el mejor gol en la historia de los Mundiales, ambos con Diego como protagonista. En semifinales se deshicieron de la sorpresiva Bélgica (2-0), y en la final enfrentaron a Alemania Federal que dirigía el legendario Franz Beckenbauer, al que vencieron por 3-2.

Bilardo y sus hombres fueron recibidos como héroes nacionales de regreso al país, y así continuó con su labor al frente del seleccionado albiceleste con el que repitió una campaña excepcional en el Mundial de Italia 1990. Sin embargo, aquella Copa empezó con un traspié frente a la inexperta Camerún, que los derrotó 1-0 y terminó llevándose el primer lugar del grupo. Después de ese partido, sabiendo lo que le esperaba en Argentina si salían en primera ronda, Bilardo afirmó: “prefiero que el avión se caiga antes que regresar al país en caso de caer eliminados tan pronto”.

Después de la derrota frente a los africanos, Argentina derrotó a la Unión Soviética (2-0) y empató con Rumania (1-1), lo que le bastó para avanzar a la siguiente fase. Pero lo más destacable de este Mundial vino justo después, en los octavos de final. Argentina, dubitativa, debía enfrentar a Brasil que llegaba con puntaje perfecto y su característico fútbol espectáculo. Después del partido, el defensa brasilero Branco denunció que durante el juego recibió, de parte de un asistente de Bilardo, una botella con agua para refrescarse. Sin embargo, afirma el zaguero, había otra sustancia en la botella que le produjo náuseas y una sensación de somnolencia que lo dejaron completamente desorientado y confundido durante varios minutos. Esta versión nunca fue confirmada oficialmente, pero años más tarde, varios jugadores como Ruggeri, Basualdo y el mismo Maradona admitieron la marrullería ingeniada por Bilardo. Argentina ganó 1-0 y posteriormente eliminó a Yugoslavia (0-0) en cuartos de final y a Italia (1-1) en la semifinal por la vía de los penales, con un extraordinario Sergio Goycochea.

En la final se enfrentaron nuevamente a Alemania, dirigida aún por “el Káiser”. El partido fue peleado y trabado, y Maradona –que ya consumía cocaína- intentó inútilmente, con su tobillo destruido por los golpes recibidos, vencer nuevamente a los germanos. El partido lo decidió un dudoso penal sancionado por el árbitro uruguayo (nacionalizado mexicano) Edgardo Codesal, y Alemania obtuvo su revancha solo cuatro años más tarde.

Depués de la selección

Después de ese par de Mundiales, Bilardo rechazó las propuestas para seguir al frente de la selección. Era tal su popularidad, que el entonces presidente argentino, Carlos Saúl Menem, intentó convencerlo para que continuara; pero “el Narigón” había tomado su decisión. Tuvo pasos fugaces por el Sevilla español, al que llegó junto a Maradona en 1992 y donde compartieron una temporada; por Estudiantes de La Plata, Boca Juniors y las selecciones nacionales de Libia y Guatemala. Decidió que no dirigiría más, y desde hace cinco años ostenta el rimbombante puesto de Coordinador de las selecciones AFA.            

Según dice, intenta no interferir en lo futbolístico, “aunque le gustaría”, pero de vez en cuando deja titulares de prensa y frases para resaltar. Al igual que toda Argentina, Bilardo espera que Messi, emulando al Maradona de antaño, se lleve la copa a Buenos Aires en la casa de su eterno rival sudamericano. 

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