Como esta hinchada loca seguro que no hay...
Hoy igual que ayer. Los hinchas coparon el Cilindro en el partido frente a Godoy Cruz.

"Hay una banda que es distinta, no es igual a las demás..." dice una de sus canciones. El 14 de diciembre, la famosa Guardia Imperial, como se conoce a los hinchas de Racing, pintó el Obelisco porteño de celeste y blanco, luego de que su querido club venció a Godoy Cruz y se consagrara nuevamente campeón. Esta no es una imagen nueva: de hecho, se repite cada vez que termina un torneo. Pero... ¿Por qué este festejo fue especial y distinto a los demás? La razón: 13 años de espera.

Racing no es un club abonado a ganar títulos, y sus seguidores bien lo saben. Lejos quedaron esos años de heptacampeonato y copas internacionales que le dieron al club el nombre de Academia. De hecho, en las últimas décadas, el panorama fue más caótico que esperanzador: el descenso, la quiebra, el gerenciamiento, 35 años sin títulos... Y los hinchas siempre estuvieron presente. Ninguna cargada de Independiente, Boca o River pudieron con el sentimiento de que algún día, su amado club volvería a la gloria.

Así fue como llegó el Apertura 2001, donde Racing se coronó campeón de la mano de jugadores como Bastía, Loeschbor, Lisandro López, Bedoya, Milito... Título que muchos creían abriría las puertas para que el club volviera a los años en donde el nombre Academia le quedaba justo. Pero la realidad fue otra: luego de ese torneo, Racing no pudo prosperar en la Copa Libertadores, y desde allí las malas campañas volvieron a aparecer. En 2011 hubo una chance de cortar tantos años de sufrimiento, pero la suerte les jugó una mala pasada y el club quedó relegado al segundo puesto.

Solo algunos ya adentrando la tercera edad fueron testigos de los años de gloria del club. De ellos salieron nuevas generaciones de racinguistas, aquellos que lucharon por salvar a su querido club. Esos mismos que se encargaron de transmitir a sus hijos la herencia celeste y blanca. Pero sin haber vivido los años de gloria, ¿cómo hacer que las nuevas generaciones tomaran los genes racinguistas? ¿Cómo explicarle a un niño lo grande es Racing si sus padres apenas lo habrán visto 2 o 3 veces campeón?

Abuelo y nieto emocionados por el campeonato.

La razón por la que aún hay muchos hinchas de Racing es el sentimiento de pertenencia que tienen al club, de mantener el legado de sus antecesores. No piensan solo en los títulos (aunque obvio, los desean a mas no poder), ellos solo piensan en los colores, en el nombre. No les importa que jugadores, que técnico o que presidente este en el club, solo quieren que quien esté cuide a su amado Racing como ellos lo hacen desde las tribunas.

El 2014 llegaba como si fuera un año más de vida. Al comienzo del año, la vuelta de un viejo conocido daba la sensación de que algo bueno se estaba por acercar, y los hinchas comenzaron a entonar "Este es el año Academia". A eso, se sumaba la falta de su eterno rival, quien jugaban en la segunda categoría. Por eso, los hinchas esperaban que el equipo, con Merlo a la cabeza, se vengara de aquel 1983 donde Independiente salió campeón mientras Racing sufría el descenso. Para su desgracia, fue todo lo contrario: el equipo de Avellaneda sufrió de la peor campaña en toda su historia. El enojo se había apoderado de ellos, a tal punto que comenzaron a pedir "que se vayan todos, que no quede ni uno solo".

Pero al año todavía no terminaba. Y la partida de un ídolo fue sanada con la llegada de otro: Diego Milito, uno de los gladiadores de aquel 2001, volvía al club con el sueño de llevar a Racing a lo más alto. Con un equipo y un cuerpo técnico totalmente renovado, los hinchas comenzaron a dudar de que lo que tanto querían se diera. Pero nada importó: ellos colmaban partido a partido las plateas del Cilindro para ver jugar a su querido club.

Y así fue como aquel 14 de diciembre, el sueño de 13 años se hizo realidad: Racing Club, de la mano de Cocca y Milito, se coronó nuevamente campeón. Por fin, las nuevas generaciones de racinguistas verían a su club ganando un torneo. Por fin las antiguas generaciones volvieron a sonreir y a sentir que les retribuían algo de todo lo que ellos dieron. Muchas emociones aparecieron, no solo por uno, sino también por el otro. Así fue como aparecieron postales inolvidables: todo el Clindro cantando y saltando, algunos hinchas con lágrimas de alivio en sus ojos, padres e hijos que se abrazaban agradeciendo la herencia heredada.

El obelisco, celeste y blanco.

Y nuevamente, el pueblo racinguista demostró porque su hinchada es distinta a las demás: todos los que se acercaron al microcentro porteño fueron a festejar. Con sus familias y amigos, con los bombos y redoblantes, con banderas y pirotecnia, con lagrimas y cantos, pero solo fueron a festejar. A ninguno se le cruzó por la cabeza aprovechar la situación para robar, cometer actos de vandalismo, ni lugar para la pelea hubo, cosa que es moneda corriente en estos tiempos modernos. Simplemente una cantidad de gente que, junto con el micro que transportaba a los jugadores y a copa, se acercaron a vivir una fiesta que duró hasta las primeras horas de sol en la ciudad.

Muchas locuras han hecho los hinchas de Racing. Desde velar a su eterno rival en el Cilindro, ponerse una peluca rubia al estilo He-man simulando la rubia cabellera de Merlo, haber acampado durante días bajo la lluvia o el calor para conseguir una entrada hasta pintarse la camiseta en la piel en el último partido del torneo. Todo sea por demostrar el amor al club. Todo sea por demostrar porque son distintos a los demás. Todo sea por Racing.

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