La resurrección veraniega
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Recién arranca el 2015. Solo pasaron 41 días desde que el calendario se reinició y, en Boca Juniors, hubo pocos partidos para aceitar los últimos engranajes antes de ir en busca de los grandes objetivos: Copa Libertadores, Copa Argentina y torneo local. Sin embargo, en este poco tiempo, el presente de la imagen del Xeneize dio un giro de 180 grados. De ser un equipo abofeteado por el fracaso y que vagaba sin rumbo en la cancha, pasó a ser un equipo sólido, prometedor, de amplio recambio y capaz de vencer a quien sea. A continuación, en VAVEL, cómo cambió el juego de Boca a lo largo del verano para lograr un cambio tan rotundo respecto del final del 2014.

El revés necesario para tocar fondo

En el primer desafío, estaba en frente nada menos que el flamante campeón del fútbol argentino, Racing Club. Ante un equipo compacto, ordenado, contraatacador, vertical, directo y vertiginoso, el Xeneize no tuvo mejor idea que ir directamente a chocar con la defensa rival, adelantar su última línea -la única que no tenía el cien por cien de sus titulares- y someterse a la ofensiva de Diego Milito, Gustavo Bou y Ricardo Centurión.

Si bien, en forma fortuita, empezó ganando con un gol desde el vestuario, luego sucumbió ante lo que mejor sabe hacer el equipo que conduce Diego Cocca: el contragolpe. Cuatro fueron las veces que el arco de Agustín Orion fue penetrado, lo que decantó el humillante 4-1, que, si bien se dio en un contexto desnaturalizado, fue justo.

Es que Boca se quedó con dos hombres menos cuando promediaba el primer tiempo, pero esto ocurrió porque los jugadores fueron víctimas del nerviosismo y la impotencia a la que fueron sometidos por un rival que era superior, que ya le había remontado el marcador y al que no podían encontrarle la vuelta. Y si la Academia no hizo más goles, fue porque le faltó puntería.

Ese nerviosismo e impotencia con la que los dirigidos por Rodolfo Arruabarrena jugaron ese partido era el mismo que se vivía día a día y la faceta que el Xeneize lució esa noche en Mar del Plata era un simple reflejo de su realidad anímica. Aquel partido parecía ser una continuación del 2014.

La recuperación

Poco podría analizarse del partido que, días después, el club de la Ribera empató 2-2 con Vélez Sarsfield. Los suplentes de ambos equipos dieron todo por conseguir la victoria y se quedaron cortos. Sí se vio a un Boca más disciplinado y táctico, pero con ese miedo característico a sufrir otro duro golpe. La actitud no había sido muy diferente, pero estos futbolistas necesitaban otra motivación para sacar lo mejor de sí, una motivación como el Superclásico.

Ante el rival de toda la vida, el Xeneize tenía que dar un golpe de timón, sea como sea. Además, no se trataba solamente de River Plate, sino del River que le había ganado todos los partidos del año pasado e, incluso, lo eliminó de la Copa Sudamericana. Si bien ahora no era por los puntos, sí era por el honor. La urgencia de otro partido con el Fortín, que determinaría el ingreso o no a la Copa Libertadores, le impedía al Vasco alinear a sus mejores hombres para enfrentar al Millonario, que para colmo, puso toda la artillería pesada en la cancha.

F: Mundo D La Voz

Desde el primer minuto del partido, se vio a los suplentes de Boca muy concentrados en cada pelota y con muchísima predisposición para presionar y quedarse con los balones divididos. Los últimos conquistadores de la otra mitad de la gloria no tuvieron respiro y nunca lograron hacer pie en el partido. Algo era diferente, algo había cambiado. No eran ni más rápidos ni más precisos. No eran ni más fuertes ni mejores que antes. Simplemente eran distintos desde aquello que es intangible: la decisión, la rebeldía, el espíritu indomable y, sobre todo, el compromiso.

En el primer tiempo, Boca lastimó en ataque y se defendió con criterio. Fue un equipo muy corto que estaba metido entre las líneas del rival para interrumpir su circuito de juego. En el complemento, lució un cansancio evidente por la ardua tarea de los primeros 45 minutos, pero consciente de tal esfuerzo, no salió a desgastar sus últimas energías, sino que las administró, se retrasó en el campo, no sufrió en su arco y, de contra, pudo haber decretado un marcador más holgado. El 1-0 fue un resultado chico para lo que fue el trámite del partido, pero sumamente valioso.

El gran desafío

Nuevamente aparecían en el horizonte los de la V azulada. Esta vez, era un encuentro de mucha importancia, el principal objetivo de la pretemporada, ya que estaba en juego el acceso a la máxima competencia del continente. Con lo mejor que tenía, Boca fue a enfrentarse con el Fortín en duelo poco amistoso.

Ante un rival que no lo atacó, el Xeneize tuvo que asumir el protagonismo, pero sin desprotegerse. Vélez intentó emular lo hecho por Racing, pero no encontró las mismas facilidades que los blanquicelestes lo habían aprovechado días atrás. El partido se hizo más cuesta arriba para los dirigidos por Miguel Ángel Russo cuando se toparon con el tremendo gol de Nicolás Colazo desde afuera del área, cuando faltaba poco para que finalice la primera mitad.

En el segundo lapso de juego, Boca, a sabiendas de su ventaja, dejó de arriesgar y aceptó la propuesta de Vélez de intercambiar los roles. Ahora los de Liniers atacaban y los de azul y amarillo se defendían. El Xeneize volvió a mostrarse sólido en esta faceta, tal como los suplentes lo habían hecho ante River. En este terreno, la falta de puntería le impidió liquidar el partido antes de que termine, pero el 1-0 volvió a alcanzar, esta vez, para sellar el pase a la Copa Libertadores de América.

La consolidación

No todos los hombres que habían hecho el desgaste necesario para conquistar el premio mayor estaban disponibles para una revancha con el máximo rival, así que Arruabarrena volvió a conformar un equipo alternativo para enfrentar, luego de una semana, a la Gallardeta Mecánica.

Luego del antecedente de siete días atrás, River salió con una actitud diferente a buscar el partido, a tratar de contrarrestar el juego xeneize con la fortaleza de sus jugadores para las pelotas divididas. Pero Boca se anticipó y no se prendió en ese partido, sino que le dio el balón al Millonario, lo espero y atacó los huecos que este dejó en defensa. Se puso arriba en el marcador rápidamente y luego no le tembló el pulso para seguir poniendo tierra de por medio entre uno y otro.

El Xeneize le traspasó aquel nerviosismo e impotencia que tenía en el comienzo del año a River, quien no solo perdió los estribos, sino también a tres futbolistas por tontas expulsiones. Apoyado en una sólida defensa, un veloz contragolpe y una enorme serenidad durante los 90 minutos tanto para abrir, dormir y cerrar el partido, Boca cerró el resultado más abultado del Superclásico en la historia del profesionalismo, el 5-0 que terminó de consolidar al equipo que dirige Rodolfo Arruabarrena, que le permite remontar un mal comienzo y también soñar con la gloria venidera.

El tiempo dirá si este buen trabajo que Boca hizo durante en la pretemporada dará sus frutos en la competencia oficial o si solo quedará en una anécdota de verano.
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