Una aplanadora nacional

Talleres ganó de punta a punta la Primera B Nacional 2015. Lo afrontó para mantener la categoría, pero terminó siendo el primer campeón invicto de la divisional. Solidez y eficacia, las claves.

Una aplanadora nacional
Pablo Guiñazú festeja su gol del ascenso ante All Boys. (Fuente: Mundo D)

El martes 27 de octubre del 2014, Talleres le ganó 1 a 0 a Sol de América en Formosa y consiguió el tan ansiado ascenso a la Primera B Nacional. Ansiado no sólo desde lo deportivo, sino porque su estadía en el Argentino A, o Torneo Federal, fue un verdadero vía crucis para todo el Mundo Talleres. Además, se dio a menos de un año de la asunción de Andrés Fassi a la presidencia y de Frank Darío Kudelka a la dirección técnica. ¿El detalle? Perdió apenas un encuentro y de local.

Para afrontar la máxima categoría del fútbol argentino, el elenco de barrio Jardín mantuvo la base, sumó refuerzos de jerarquía y algunos incógnitos que terminaron siendo claves a posteriori. El objetivo estaba claro: no cometer errores del pasado (en 2013 ascendió y perdió la categoría una temporada después) y mantener la divisional. Si la permanencia se aseguraba con anticipación, ahí sí verían para qué estaban.

El arranque no pudo haber sido mejor: 16 puntos sumados sobre 18 posibles. El debut fue con victoria 2 a 1 ante Brown de Puerto Madryn en el Kempes, con tantos de Ramis y Solís. Luego, le siguieron el empate 1 a 1 a domicilio ante Juventud Unida de Gualeguaychú (Solís) y 4 triunfos consecutivos: 2 a 1 ante Villa Dálmine (Velázquez y Strahman), 3 a 0 vs Juventud Unida en San Luis (Solís, Ramis y Strahman), 2 a 0 vs Central Córdoba de Santiago del Estero (Ramis y Encina) y 2 a 1 vs Ferro en Caballito (Solís y Strahman).

La premisa era mantener la categoría, pero este inicio de torneo obligaba a replantear la misma. Pero todavía faltaban muchas fechas, había mucho hilo en el carretel como para realizar conclusiones a futuro y, además, quedaba lo más difícil. Es que al equipo albiazul le tocaba una seguidilla de partidos complicados, claves para saber dónde estaban parados. Y vaya que salió airoso de ellos: empate 1 a 1 ante Instituto (Klusener) y Nueva Chicago en Mataderos (Jeréz Silva). Luego obtuvo dos victorias importantes por 2 a 1: ante Crucero del Norte (Solís y Burgos) y ante Los Andes (Olivera y Solís).

Habían pasado 10 fechas, casi la mitad del torneo, y Talleres ya sumaba 24 puntos sobre 30 posibles. Ni el más optimista hincha albiazul hubiera pensado semejante arranque, que tenía como denominador común el gol. Esa racha se cortó en la undécima fecha, ante Almagro, con el que empató 0 a 0 de local. Pero se recompuso rápidamente y logró ganar 4 partidos más al hilo: 2 a 1 vs Gimnasia en Jujuy (Klusener y Cháves), 3 a 0 vs Atlético Paraná (Olivera, Ramis y Strahman) y dos victorias más por la mínima y con goles de Klusener, ante Douglas Haig en Pergamino, y Estudiantes de San Luis.

La victoria más importante hasta el momento era ante el "Lobo" jujeño, por dos motivos: el primero, porque le sacaba 7 puntos de diferencia a su inmediato perseguidor; y, el segundo y más importante, porque ese triunfo le permitía asegurarse la permanencia en la segunda categoría del fútbol argentino.

El torneo iba llegando a su recta final y el ascenso cada vez iba tomando forma. Talleres venía encumbrado pero no pudo doblegar a un necesitado Independiente Rivadavia y apenas rescató un empate en blanco en Mendoza. No obstante, al conjunto de Kudelka le tocaba dos partidos consecutivos de local y ante equipos siempre complicados. Pero para ser campeón hay que ganarles a todos, o por lo menos a los rivales directos, y así sucedió: venció 1 a 0 a Santamarina (Klusener) y fue redondeando el ascenso ante Boca Unidos, que hacía 7 partidos no le convertían un gol y que venció por 2 a 0 (Solís y Strahman).

Ahora sí, el ascenso estaba en jaque. Faltaba arrinconarlo contra las cuerdas, dejarlo sin opción, tirarlo a la lona y asegurárselo de una vez por todas. Floresta, el lugar y All Boys, el rival. Si ganaba, Talleres ascendía; si empataba, tenía que esperar que Chacarita no venciera a Independiente Rivadavia; si perdía, definía de local ante Brown de Adrogué.

El partido se jugó como una verdadera final. Porque el “Albo” necesitaba asegurar la permanencia y no quería ser el invitado a la fiesta. Fue un primer tiempo trabado, aguerrido y poco jugado. Por ese motivo, Burgos vio la roja y Talleres se quedaba con un hombre menos. El complemento continúo con la misma tónica y el empate, a esa altura, era negocio. Hasta que a los 38’ apareció Lessman para abrir el marcador y postergar los festejos visitantes.

El conjunto cordobés, contra viento y marea, fue en busca del empate y lo consiguió un minuto después por intermedio de Klusener. Ahora sí, el punto sumaba a favor. Pero quedaba una escena más de la película, un capítulo más del libro y 10 segundos más para Pablo Guiñazú. El “Cholo”, a los 49’, sacó un zurdazo que se clavó en el ángulo y desató el delirio albiazul en todo el país. Con este triunfo, Talleres regresaba a la Primera División después de 12 años y obtenía el segundo ascenso en el lapso de 7 meses.

El torneo ya había terminado para los “Matadores”, pero aún quedaban dos fechas más por disputar y por mera obligación. Y ambos encuentros terminaron en empate: 0 a 0 vs Brown de Adrogué, al que la gente asistió para festejar en vez de ver un partido, y 1 a 1 vs Chacarita (Bay), que terminó subcampeón, en San Martín.

De esta manera, Talleres se consagró como el primer campeón invicto desde la creación de la Primera B Nacional. Desde lo numérico fue perfecto: sumó 49 puntos producto de 14 victorias y 7 empates, anotando 31 goles (tercer equipo más goleador) y recibiendo solamente 11 (conjunto menos goleado).

La deuda, de alguna manera, estuvo en lo futbolístico. Talleres no brilló por su juego y estuvo lejos de caracterizarse por su tiki tiki. Pero tuvo algunas cosas muy importantes que necesita un equipo para ser campeón: un 11 ideal o, en su defecto, regular y recambio, en algunos casos, más importantes que los titulares.

Por ejemplo: cuando Caranta se lesionó, apareció Herrera que estuvo 701 minutos sin recibir goles y batió el récord histórico del club. En la defensa, Cháves (un gol) y Quintana fueron unas fijas, Olivera (2 goles) arrancó como titular pero cuando se lesionó apareció Komar en gran nivel. El sector izquierdo fue el que más dudas tuvo: primero jugó Arias, luego Bay y, finalmente, Achucarro.

En la mitad de cancha empezaron Burgos (un gol) y Jeréz Silva (un gol), pero cuando se recuperó Guiñazú (un gol) no salió más. Encina también participó (un gol) pero sus lesiones atentaron contra él. Por los extremos estuvieron las certezas: Ramis (4 goles) y Solís (7 goles) se ganaron la titularidad a pesar de que, en el principio, apareceían como alternativas. En el puesto de enganche alternaron Reynoso y Barrionuevo, mientras que de ‘9’ arrancó Velázquez (un gol), siguió Strahman (4 goles) y terminó jugando Klusener (6 goles).

Por otro lado, Talleres también tuvo solidez defensiva y eficacia en la ofensiva. Cada vez que jugaba el equipo de Kudelka, tenía asegurado un gol y medio por partido; por el otro lado, recibió medio tanto por encuentro. Los números son elocuentes.

No brilló ni goleó en cada fecha, pero así y todo fue una aplanadora. Porque fue superior a todos y cada uno de sus rivales, porque jugó igual de local y de visitante y porque nadie le pudo ganar.

Porque un campeón no necesariamente gana, gusta y golea, sino que le alcanza siendo mejor que el resto y Talleres fue el mejor de la categoría.