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Argentina venció 22-21 a Chile en un partido dramático y se clasificó a semifinales del Torneo Panamericano. El sábado, a las 14 horas, ante Brasil.

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El gol de Federico Pizarro, el del final, el que le dio vida a Los Gladiadores (Foto: Gonzalo Marino-7 versus 7).

Podría hacer un análisis del partido que acaban de jugar Argentina y Chile, cerrando el Grupo A del Torneo Panamericano, donde los albicelestes se jugaban la clasificación a semifinales del torneo que se organiza en el país, podría detenerme en un aspecto meramente estadístico, diciendo que Los Gladiadores, dirigidos tácticamente por Eduardo Gallardo, se encontraban terceros en el grupo, luego de la victoria 45-23 de Groenlandia ante Guatemala. Podría comentarles que Argentina necesitaba, en la previa, ganarle por seis goles de diferencia, o más, al conjunto trasandino para quedar primero y evitar a Brasil en una eventual semifinal. Podría recordarles que necesitaban ganar para clasificar, si Argentina empataba o perdía quedaba afuera de las semifinales, podría hacerlo. Podría decirles que, mientras seguía escribiendo esta nota, el público iba llegando a este Estadio Del Bicentenario, podría detenerme en eso, podría hacerlo.

Podría detener el foco en todo el partido, diciendo que fue muy duro, podría caer en el facilismo de decirles que fue una verdadera final en la que ambos equipos salieron a ganar o ganar, podría caer en un facilismo mayor: decirles que ambos equipos sabían que esta era su final. Podría hablarles de un partido vibrante, sufrido, dramático, no apto para cardíacos. Podría, pero no voy a hacerlo. 

Les voy a contar sobre un momento y les voy a hablar de una persona que, quizás sabiendo el nerviosismo que se vivía en las tribunas, en la parte de prensa, en todo el estadio o no, nos dio vida, ese aliento que necesitábamos, cuando ya no quedaba tiempo nada más, solo para la resignación. Quedaban 14 segundos de partido, teníamos 2 jugadores menos por las exclusiones a Sebastián Simonet y a Gonzalo Carou, el panorama era negro, era sufrido, se sentía afuera y adentro del 40x20. El encuentro estaba igualado en 21 luego del gol chileno hecho por Pablo Baeza, estábamos afuera de las semifinales, estábamos afuera de nuestro torneo, del que organizamos, estábamos perdidos, estábamos en los partidos del 5to al 8vo lugar. Estábamos muertos.

Pero siempre hay lugar para los milagros, para que el estadio sea un solo grito, para que el estadio sea un solo abrazo entre hinchas, periodistas, amigos, personas que no se conocían, para que todos seamos festejo. Para que seamos desahogo después de tanto sufrimiento, para que gente llorara en la tribuna, para que los periodistas vayamos de acá para allá puteando de alegría, quitándonos un gran peso de encima, para estar más vivos que nunca, para clasificar a segunda fase y jugar el sábado un partido bravísimo contra Brasil, el gran clásico. Un gol que fue seguido de un bloqueo, el de Federico Fernández, agónico, también aliviador, también festejado. Teníamos vida.

Les voy a hablar de un extremo derecho prácticamente tocado por una varita, un jugador que hace con una pelota número 3 cosas casi inverosímiles, un extremo derecho catalogado “el hombre de goma” por algunos periodistas. Les estoy hablando de un tipo que recibió la pelota, giró sobre el mismo Pablo Baeza, el jugador de Chile que nos sacaba de todo, un jugador que tuvo su último lanzamiento casi tirado en el piso y con lo que le quedaba de fuerzas puso el 22-21 definitivo para que Argentina este adentro de su torneo. Les estoy hablando del artífice de los goles milagrosos para Los Gladiadores, como ese en Guadalajara, México, allá por el 2011, con un gol de tiro libre directo cuando no quedaba tiempo por jugar en el primer tiempo. Les estoy hablando un jugador que usa la camiseta número 3 de la selección, que nos puso de pie cuanto estábamos caídos, cuando estábamos rendidos.

Les estoy hablando de Federico Pizarro.