Érase una vez el infierno

Opinión. Atlético Nacional goleó a Deportivo Cali y ganó su decimosexta liga, ajustando 28 títulos en su palmarés. Esto sería un acontecimiento normal si no se analiza el contexto en el que se ganó.

Érase una vez el infierno
Más de 10.000 aficionados se hicieron presentes en el último entrenamiento 'verdolaga' - Foto: Juan Camilo Álvarez

Han pasado ya un par de días desde que Nacional fue campeón. Ya no tengo la voz rasgada y afectada. Se puede pensar, de manera arrogante, que ver a Nacional dar vueltas olímpicas en el Atanasio parece algo absolutamente cotidiano. Sin embargo, el objetivo de este texto no es hablar de trivialidades. Tampoco es la idea describir lo que ya todos vimos: los goles, las declaraciones y hasta las cargadas de jugadores e hinchas se pueden ver en cualquier lado. El tiempo no puede hacernos cometer la torpeza de olvidar todo lo que pasó antes del 5-1 final. Esta es otra historia. 

Primera escena: Armani evita una catástrofe.

Todo empezó el miércoles: Medellín, a diferencia de otras finales 'verdolagas', estaba bastante más calmada que de costumbre. Unas pocas camisetas eran lucidas con orgullo por la calle. En los barrios, las banderas en las casas y los globos en los negocios daban algo de color a la ocasión. A la hora del partido, algunos comensales empezaban a desocupar botellas de cerveza para ver el partido.

Alexis Henríquez comete penal, va Jefferson Duque al cobro. Por un momento, en Medellín se podía escuchar la caída de un alfiler. El 'Búfalo de Guarne' estrelló la pelota en el travesaño y hubo un gran suspiro generalizado. Los suspiros, con el pasar de los minutos, se convertían en bufidos de enojo. Armani tenía que sacar la pelota de su arco dos veces ante la pasividad y desconcierto de un equipo al que parecía estorbarle la pelota. En Palmaseca, mientras tanto, los hinchas locales empezaban a bordar su décima estrella y le cantaban el ole al cuadro de Reinaldo Rueda.

El DT vallecaucano, que había hecho escuela en el verde caleño, decía en rueda de prensa que Nacional se pudo haber comido cinco goles o más. Lo decía con una frialdad inexplicable, que contrastaba con las muchas botellas que se estallaron contra el piso esa noche en Medellín. Nacional había sido humillado en Palmaseca. Esto, sumado al papelón 'verdolaga' en Libertadores, generaban caras largas y palabras peyorativas contra el equipo. Los rivales, entre tanto, se relamían los labios para repetir el gracejo que cierto narrador exclamó al aire. Ahí empezó el infierno a arder en Medellín. Nadie lo veía, nadie creía en él, pero tal como las brujas "de que lo hay lo hay".

Segunda escena: Presión.

Foto: Internet
Foto: Internet

Era viernes. Al mejor estilo de los barras argentinos que meten presión en los predios de sus equipos, una bandera solitaria pendía de la malla que bordea la sede de Guarne: "No le falles a tu hinchada". A diferencia de otros años, no había una multitud exultante cantando a las afueras. No había colapsado la movilidad en la Autopista Medellín-Bogotá ni habían policías custodiando la salida del plantel. Una bandera y un lema eran suficientes para presionar. Al tiempo, se hacía viral una imagen en redes: el sábado a las 8:30 am había entrada libre en el Atanasio, el equipo haría su último entrenamiento con presencia de público.

A diferencia de los volcanes, que necesitan miles de años para formarse, este emergió de un día para otro. La costumbre dictaba que cientos de hinchas subían a la sede a hacer un 'banderazo' y alentar al equipo. Los deportistas, habituales en las cercanías del estadio, se sorprendían de ver tanta camiseta verde a día y medio de la final. Las imágenes son evidentes: más de 10.000 personas se hicieron presentes. De haber sido un partido, habría convocado más que seis o siete partidos de una fecha de fútbol habitual. Más de 10.000 personas se tomaron la molestia de levantarse temprano e ir a la cancha a ver media hora de penales y ejercicios de calentamiento. Ni siquiera la fuerte lluvia fue impedimento. Todos aguantaban frío y se rompían la garganta. La bronca era el magma que estallaba.

Domingo a la tarde, día de fútbol. A diferencia del miércoles, Medellín era un horno. Cada carro con su bandera pasaba pitando desaforadamente. Al vetusto estadio de la 70 con 48 no le cabía un alma desde horas antes. El bus de Nacional tardó media hora en entrar al complejo, abriéndose paso entre un mar de gente, banderas y pólvora. Había tal derroche de energía que más de uno pensaba que si Cali era campeón la cosa se iba a poner fea. De hecho, el bus de los visitantes fue recibido con huevos y mucha hostilidad. Al Atanasio Girardot le esperaban dos horas de locura. ¿Qué movía a toda esta gente? La bronca. El equipo que había hecho 49 puntos en la primera fase había sido humillado. Haber escuchado el ole en la televisión era suficiente motivo para sentirse ofendido.

Tercera escena: Érase una vez el infierno.

A las 7:00 p.m. casi todo ser humano que tenía sus pies sobre territorio medellinense dejaba todo de lado para ver el partido. Faltó poco para que el Metro dejara de funcionar por la misma razón. La tensión se materializaba en un cántico furioso de los 44.000 espectadores. Los jugadores rivales perdían la pelota con facilidad tras una rechifla insoportable. El estadio, sólido como roble tras la remodelación que lo había hecho sismorresistente, temblaba como si estuviera hecho de cartón. Quien aquí firma se niega a creer que la hinchada pueda voltear un partido. Hasta el momento, no se ha visto el primer hincha que tire un centro o que cabecee a gol. Sin embargo, a los 15 minutos del primer tiempo Nacional ya estaba 2-0 arriba. Cali parecía aterrado, débil, absolutamente devastado. Los hinchas, lejos de conformarse con el resultado que les garantizaba los penales, seguían siendo una masa furiosa que exigía humillar al rival.

Jefferson Duque, el mismo que había errado el penal en el partido de ida, el mismo que había sido protagonista de varias gestas 'verdolagas', marcó el 2-1. Ese gol bastó para desorientar al local. Cali aprovechaba para tomar la pelota y buscar el empate, crecido y haciendo por fin oídos sordos al infernal coro de los hinchas locales. Sin embargo, poco antes del final de la primera parte, Ibargüen la empalmó de aire y puso el 3-1. Desde lo más alto de cada tribuna se desató una violenta avalancha que arrastró damas, caballeros y niños por igual. La celebración era ruidosa y rabiosa, con sabor a venganza. Nacional volvía a igualar la serie pero los ánimos no se calmaron ni siquiera en el entretiempo.

Desde el pitazo que abrió el segundo tiempo hasta el burdo penal que Rosero le comete a Dayro Moreno pasaron 28 minutos. Tal como en la ida, cuando Jefferson Duque se enfrentaba a Franco Armani, se hizo un silencio que helaba los huesos. A diferencia de Duque, el botín de oro del campeonato la tocó sutilmente al palo contrario. El milagro parecía consumarse, aunque la sombra del 2004 parecía asomarse. En esa ocasión, Nacional había remontado un 3-0 en la ida y un inoportuno gol sobre la hora forzó los penales que ganó Junior. Las lecciones dolorosas son las que más a fuego quedan grabadas. La gente siguió pidiendo oreja y cola, como en los toros.

Dos minutos después, Dayro dejó a Rodin Quiñones mano a mano. El jovencito de la 18 remató con la misma furia de cualquier hincha. Arriba al ángulo. La gente del banco sale a correr. Una nueva avalancha se desata en las tribunas, en medio de gritos, lágrimas y abrazos. Nacional sacaba dos goles de ventaja faltando poco y nada. El equipo visitante, impotente, se conformaba con agredir casi de manera impune a su rival. Nacional tocaba la pelota de sol a sombra y de sombra a sol, casi implorando que los hinchas cantaran el ole. Los hinchas cantaron el ole, exigían eso y se les cumplió. Con el título a escasos segundos, quienes recordaban el gracejo de cierto narrador eran los hinchas de Nacional.

Cuarta escena: Todo está consumado.

Foto: Internet
Foto: Internet

El árbitro dio el pitazo final. Nacional devolvió el golpe y en una muestra desmedida de poder se quedó con el título. La gente, habiendo volcado toda su frustración previa en la tribuna, salió con una sonrisa débil similar a la que se tiene después de un orgasmo intenso. Empezó a llover y, a diferencia de los días previos, la gente decidió escamparse y aplazar la celebración un poco. Algunos buscaban transporte para llegar rápido a casa. Todo en Medellín, hasta el clima, retomaba su estado natural.

Nacional y su gente ya se jactaban previamente de ser el equipo más campeón. La palabra "jerarquía" desde hace tiempo es parte del léxico de hinchas y detractores que defienden su punto de vista. Lo que faltaba en la leyenda 'verdolaga', lo que quedó objetivamente demostrado, es que para los hinchas de Nacional ganar no es suficiente. Ganarlo sobre la hora o en penales no habría sido suficiente para opacar el baile en Palmaseca.

La hinchada exigía una venganza a la altura y Nacional cumplió. Sin violencia, sin invadir la cancha, sin milagros, sin regalos, sin intervenciones divinas en el último minuto. Esta fue otra historia, la historia de cómo todo un pueblo pidió y obtuvo una venganza. De hecho, fue la mejor y más linda venganza posible: la mayor goleada en la historia de las finales de torneos cortos.

Atlético Nacional