El oficio de los malditos

Hay un lugar en Navarra donde, durante siglos, la superstición ha estado por encima de la razón. Donde un odio profundo ha marcado el día a día de unos pocos malditos. Donde durante siglos ha existido una raza maldita.

El oficio de los malditos
Elizondo, capital del Valle del Baztán (Navarra) | Imagen: Iñaki Roldán

El Valle del Baztán es frío. Frío y silencioso. El verdor de las laderas contrasta con el húmedo gris de las nubes que, durante la mayor parte del año, encapotan los pueblos que ocupan el valle. Allí, entre pequeños pueblos y serpenteantes carreteras se encuentra Bozate: un barrio de la cercana localidad de Arizcun en el que durante siglos convivieron los marginados agotes.

Barrio de Bozate. | Imagen: Iñaki Roldán
Barrio de Bozate. | Imagen: Iñaki Roldán

No había en ellos ninguna cualidad física que les identificara como tales. Compartían la misma fe, creencias y físico que los habitantes de localidades vecinas. Pero vivían completamente al margen de la sociedad, trabajando la piedra y la madera primero y más tarde el hierro; artesanos que solo tenían permitido utilizar los materiales de los terrenos del señor de Ursúa. Con ellos creaban obras como la nave del santuario de La Antigua en Zumárraga.

Los agotes fueron ebanistas, carpinteros, cordeleros, curtidores, forjadores de hierro e incluso cazadores de ballenas; pero nunca respetados. Aún hoy no está claro su origen: algunos historiadores apuntan a su condición de desertores de un ejército godo como la causa más probable de que habitaran en esta zona de Navarra, aunque también existe la creencia de que pudieron llegar desde Francia como criminales huidos. Orígenes que no ayudan a explicar por qué fueron discriminados y condenados al ostracismo hasta bien entrado el siglo XX.

Un vecino de Bozate cuida de su huerta. | Imagen: Iñaki Roldán
Un vecino de Bozate cuida de su huerta. | Imagen: Iñaki Roldán

Los vecinos los consideraban herejes y leprosos, lo que derivó en una marginación social y económica que les mantuvo encerrados en el barrio de Bozate durante siglos. Además, tenían prohibido casarse con vecinos de otros localidades, lo que les llevó a practicar la endogamia. Incluso en las iglesias a las que acudían a misa, tenían reservada una puerta que los habitantes de otras localidades no podían utilizar: así no se mezclaban con otras gentes del valle.

Xabier Santxotena es uno de los pocos que admite ser descendiente de agote. Lo admite y se enorgullece de ello, lo que le ha llevado a crear el museo de Santxotena donde, fiel a sus antepasados, trabaja la madera, el hierro y la piedra para crear obras que expone en las nueve bordas que se levantan en el bosque de Arizkun.

Obras de Xabier Santxotena. | Imagen: Iñaki Roldán
Obras de Xabier Santxotena. | Imagen: Iñaki Roldán

En estas obras, Xabier representa escenas y personajes que guardan relación con la mitología y cultura vasca. Encontramos, por ejemplo, esculturas en madera de Miguel de Unamuno, un eguzkilore o una representación de su maestro, Jorge Oteiza, con el que mantuvo una estrecha relación y que le ayudó a encontrar su vocación en aquello en lo que sus antepasados se refugiaron: el arte.