Manute Bol, la secuoya de la NBA
Foto: sirverdoso.es

La secuoya gigante es la especie más alta de entre todos los árboles, la proeza de lograr la altura que alcanza es un increíble equilibrio de fuerzas. Precisamente y escarbando en la leyenda, en ese equilibrio de fuerzas de la naturaleza descubrimos la historia de un dinka llamado Manute Bol, la gran secuoya de la NBA. El primer africano en jugar en la mejor liga del planeta, con el permiso del rumano Gheorghe Muresan, que le superaba por unos milímetros, el jugador más alto jamás visto, una máquina de poner tapones.

A ambos costados del río Nilo vive una etnia nilótica de Sudán del Sur denominada dinka, divididos en unos 21 grupos cada uno cuenta con un líder legítimo tribal. Uno de ellos fue Malouk Bol Chol, jefe tribal que destacó poderosamente por una cualidad genética que ha definido históricamente a su pueblo: la altura. Bol Chol que medía unos 2.39 m de altura tenía cuarenta esposas, más de ochenta hijos y centenares de nietos, todos ellos susceptibles de convertirse en un futuro en jefe tribal dinka. De entre todos de ellos destacaba un joven que tras crecer en aquel entorno salvaje, en plena armonía con la naturaleza decidió renunciar a la realeza tribal por un extraño sueño relacionado con un juego que descubrió entre los pueblos supuestamente civilizados.

Manute Bol era un chico profundamente educado en las primitivas costumbres de su pueblo, volcado en el pastoreo. Heredero de las costumbres y los genes, como a todo niño dinka le habían arrancado los dientes de leche a los cuatro años y habían marcado su cabeza a los once años de edad. El joven dinka inventaba canciones a sus toros favoritos y comenzaba a llamar la atención de las mujeres del poblado, especialmente porque la morfología de Manute crecía y se elevaba hacia el cielo como una majestuosa secuoya. Su nombre Manute traducido literalmente significaba bendición especial y aunque su padre Madut deseaba que siguiera sus pasos, que se convirtiera en su sucesor como jefe de la aldea, para Manute había reservado un destino diametralmente distinto al del pueblo dinka.

Su primo Edward jugaba en la selección de Sudan de baloncesto y un buen día Manute fue llevado junto a él por su tío y su padre para que le enseñaran a jugar. Cuenta Edward que no tardó en aprender, pero que la primera vez que intentó machacar se dejó dos dientes en la red. Intentaron enrolarle en Cleveland State, pero fue materialmente imposible, pues Manute jamás había ido a la escuela, por lo que acabó en una pequeña Universidad de la segunda categoría de la Liga universitaria como Bridgeport (Connecticut), donde demostró ser aquella máquina de taponar que dejó huella en la historia del baloncesto.

Manute descubrió el primer mundo, un mundo perdido en el que tan solo se encontraba a sí mismo en una cancha de baloncesto. Quería inscribirse en el draft y jugar en la NBA, pero todo el mundo le decía que poseía la altura pero que era demasiado delgado para enfrentarse a los poderosos hombres del básquet.  Manute era un dinka y para alguien que contaba la historia de que había matado un león con sus manos (aunque estuviera dormido) no existía el reto imposible y se propuso a hacer lo que fuera por cumplir su sueño.  Bol era un fenómeno especial, un reclamo para presidentes, entrenadores y presidentes que querían ver a aquel gigante africano que plantaba un muro en la zona de la verdad. Tomó ventaja Bob Ferry, presidente de los Washington Bullets (hoy Wizards) y Manute fue elegido en la primera ronda del Draft de 1985, con el puesto 31, convirtiéndose en su primera temporada en el rookie con más tapones, 387. Promedió 4,96 tapones por partido, la segunda mejor media de la historia.

Todo lo que contaban sobre Manute no bastaba para hacerse una idea real sobre el dinka más famoso de la historia, había que verle en directo y mirar hacia arriba para comprender su grandeza. Hizo todo lo posible para elevar el tono muscular, su peso y fortalecer su complexión física, pero Manute iba a seguir siendo gigante y muy delgado y así iba a hacer historia en la NBA. El africano jugó en la emocionante década de los ochenta y junto a las enormes estrellas de la citada generación contribuyó a que la NBA se convirtiera en un fenómeno global.

La peculiaridad física de Manute se hizo tremendamente famosa en el mundo y muy especialmente en EEUU, donde Woody Allen soltó la siguiente frase para recordar sus años como jugador de los Bullets: ”Bol es tan flaco que los Washington Bullets (su equipo) no gastan nada de dinero en él cuando tienen que jugar fuera: sencillamente, lo envían por fax” Y es que Bol pesaba unos 90 kilos, que unidos a su altura le conferían un aspecto muy peculiar, poderoso y frágil, un gigante de piel y huesos.

Chuk Douglas se convirtió en su representante, en su profesor, en parte fundamental de su integración a un mundo diametralmente opuesto para un dinka. Un dinka que supuso todo un reto para los grandes jugadores norteamericanos, cuentan que cuando los jugadores de los Celtics le vieron por primera vez hicieron una apuesta para ver quien machacaba por encima de él. Apostaron seiscientos dólares y no solo no lo consiguieron sino que Manute les hizo nueve tapones en aquel partido.

Manute formó un “dúo” tremendamente singular en los Bullets junto a Tyrone ‘Muggsy’ Bogues, el jugador más alto junto al jugador más bajo de la NBA, los 1,59m junto a los imponentes 2,31 m. Jugó durante tres temporadas en los Bullets y cuando firmó por Golden State Warriors, volvió a sorprender  a todos puesto que pasó de intentar tres triples en tres años sin anotar uno solo de ellos, a firmar una estadística de 20 de 91, tirando más de un triple por partido. La razón, el coraje y el tesón de Manute, que entrenó duro junto a Chris Mullin para mejorar en este recurso técnico del juego. Algo increíble verle lanzar triples, lo nunca visto en un jugador de su altura. Por entonces era un icono, un símbolo que tras jugar en Golden State se marchó a Philadelphia 76ers, donde firmó su última gran temporada en 1993.

Su artritis comenzó a ser incompatible con el deporte y su rendimiento comenzó a decaer, pasó por Miami Heat, nuevamente Washington Bullets, Philadelphia 76ers y Golden State Warriors. En 1995, Milwaukee Bucks interrumpió su contrato sin llegar a debutar,  jugó en la temporada 95/96 en Florida Beach Dogs y tras jugar en Uganda y Catar, se retiró definitivamente. Así acabó la carrera en la que el personaje siempre fue mucho más que el deportista, pero que dejó números realmente asombrosos. Manute fue el único jugador que acabó con más tapones que puntos, posee el récord de tapones en un solo cuarto: 8 (lo hizo dos veces). También el récord de tapones en una mitad: 11 (compartido con Elmore Smith y George Johnson). Y la segunda mejor marca de la historia en un partido: 15. Es el noveno máximo taponador de la historia, y el segundo en promedio (3,34, solo por detrás de los 3,50 de Mark Eaton), poseyendo además el máximo promedio de tapones por minuto, con 0,176. Puso más de dos mil tapones en toda su carrera y cuatro permanecen en la memoria de la gente: los que puso en diez segundos a Orlando. Por tanto y pese a que Manute jamás fue tratado, considerado seriamente como un gran jugador de baloncesto, sus acciones, sus números no corresponden tan solo a los de una atracción de feria, a la irrealidad a la que te llevaba su físico, creyendo estar viendo a un dibujo animado entre grandes estrellas de la NBA.  

Embajador del perdón, el olvido y la reconciliación

Su carácter extrovertido, siempre sonriente y su condición derrochadora jamás le apartaron de un mundo real para el que Manute solo tenía un nombre: Sudán. A Manute le preocupaba profundamente las noticias que le llegaban desde su país, que se deshacía desde 1983 en nombre de la religión y que en 1991 alarmó al planeta por una de las guerras más sangrientas de la década. El sur del país fue masacrado por el gobierno fundamentalista del norte, dos millones de civiles fueron asesinados y cuatro millones se tuvieron que desplazar huyendo de la masacre. Unos 30.000 niños perdidos llegaron a Etiopía tras afrontar una cruel Odisea de cinco meses a pie y sin alimentos.  Manute conoció la historia de estos niños en 1991, cuando aún jugaba en la NBA y viajó a la zona de guerra para conocerlos. Dos días después de su visita, del cielo cayó una lluvia de alimentos lanzados desde aviones enviados por la ONU. Muchos niños perdidos de una generación consideran que están vivos por Manute Bol.

Se estima que en diez años acumuló una fortuna de 4,5 millones de euros que gastó en ayudar a su familia y a un pueblo destrozado por décadas de guerra, un gigante, un hombre de enorme corazón. Luchador por la independencia y la reconciliación, una luz para Sudán, aquel que ejerció de jefe dinka a muchos kilómetros del río Nilo. Era África, lo que evoca, lo que significa, alguien tenía que hacer algo y Bol no se iba a quedar de manos cruzadas. Fue invitado por el gobierno fundamentalista del norte para una supuesta negociación de reconciliación, pero todo era una trama para que supuestamente se convirtiera al Islam. Manute se negó, pasó a estar en arresto domiciliario y para evitar un conflicto internacional, Sudán le permitió su regreso a EEUU tres años después.

Bol que arrastraba graves problemas de salud estaba totalmente arruinado, podía haberse quedado en EEUU con una fortuna amasada en las canchas de baloncesto, pero dio la cara por los que le necesitaban en su país. Diez años después no le quedaba un solo dólar en la cuenta corriente, pero pese a ello siguió sin renunciar a su pueblo. Puso su cuerpo a disposición de la publicidad con la intención de construir colegios en todo Sudán, todo un ejemplo que cambió la vida de mucha gente desfavorecida. Una figura fundamental en la reconciliación, un tipo que perdió 250 familiares a manos de los musulmanes del norte, pero que llegó a decir que no eran sus enemigos sino hermanos. Para Manute había un solo culpable: el Gobierno de Jartum que utilizó a la población, la esclavizó y militarizó para matar a sus iguales con la única finalidad de colmar los deseos del fundamentalismo del norte.

Bol enseñó a su pueblo a perdonar y olvidar, en junio de 2004 estuvo a punto de morir en un accidente de tráfico, pasó varios días en coma y jamás se recuperó del todo, fue el momento en el que antiguos compañeros le proporcionaron aquella ayuda que tanto necesitaba y tan acostumbrado estaba a prestar. Durante su recuperación llegó el final de la guerra en Sudán y de entre uno de los acuerdos de paz destacaba el de un referéndum en 2011 por la independencia. Regresó a su pueblo para vivir la paz y las elecciones, pero las medicinas que le administraban en Nairobi estaban empeorando su estado de salud, sufrió una reacción llamada síndrome de Steven Johnson y retornó de nuevo a EEUU con la esperanza de recuperarse y volver en un futuro cercano para vivir el histórico referéndum.

Para cuando llegó al hospital de Virginia era demasiado tarde, sus riñones habían dejado de funcionar, por lo que un 19 de junio de 2010 fallece en Virginia, EEUU, siendo enterrado en Turalei, su aldea natal. En Sudán se vivió intensamente la noticia de su fallecimiento y su funeral fue como el de un jefe de estado. El impacto de Manute acababa de hacer su último tapón a la intolerancia, una última contribución, un increíble triple lanzado por un gigante de piel y huesos volando hacia la reconciliación. En Sudán nadie le olvidará e historias como la suya nos deben servir como ejemplo para el resto del planeta, pues en el último rincón de esta esfera azul pueden estar conjuntándose las fuerzas de la naturaleza para crear a un nuevo Manute, la majestuosa secuoya que hizo historia en la NBA y salvó miles de vidas. Y esta historia en momentos en los que un tercio de la población de su joven país se enfrenta a la inanición de manera inminente, debe cundir en la conciencia de todos, que si no reaccionamos ante la desesperación de un pueblo, tenemos que hacerlo para honrar la memoria de un ser tan grande como Manute.

Foto: www.rsvlts.com

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