Urtain, la soledad de la leyenda

Cuando se cumple el 23 aniversario de su huida hacia adelante, VAVEL recuerda la gran historia de Urtain, un mito situado entre el tongo y la leyenda de un hombre de piedra con una fuerza sobrehumana.

Urtain, la soledad de la leyenda
Foto: ABC/Manuel Sánchez Bermejo

Campeón de Europa de los pesos pesados, ídolo indiscutible de masas el fenómeno Urtain traspasó fronteras. A Urtain le vino todo demasiado deprisa, la afilada y efímera señora que le encumbró (la fama), le impidió llevar una vida medianamente racional, pues Urtain se entregó a los brazos de la popularidad y, para cuando todo comenzó a fallar era demasiado tarde para reconducir la situación. Su gran historia fue tan inmensa que llegó a perder la noción de la realidad, bebiendo y viviendo una intensa vida repleta de éxitos y fracasos. En el tremendo corpachón de Urtain se descubre la paradoja de la debilidad, también la autodestrucción del mito y el falso pero atrayente rostro de la ya citada fama, cuya firma y rúbrica lleva impregnada la tinta del olvido. De partidarios y detractores de un mito entre el tongo y la leyenda incontenible del pesado hombre de piedra, cuya fuerza era sobrehumana.

José Manuel, el hombre de piedra

Foto: http://www.diariovasco.com/

José Manuel Ibar Azpiazu nació el 14 de mayo de 1943 en el caserío Urtain de Ibañarrieta (Cestona) en Guipúzcoa. En mitad de una posguerra, marcado por la escasez y el duro trabajo se fue moldeando el adusto rostro y la infancia del hombre de piedra. Creció en el seno de una familia de diez hermanos que pronto sufrieron la pérdida de su padre, este fue el primer golpe de la vida en el rostro de Urtain, que por entonces contaba con 16 años. Cuentan que su padre, tan poderoso físicamente como él, murió jugando, haciendo una apuesta. Saltaban sobre su abdomen sin causarle aparentemente ningún daño, José estaba acostumbrado a hacer exhibiciones de su poderío físico, pero en una de ellas saltaron sobre él sin estar preparado y el golpe acabó con su vida. José Ibar murió a la edad de 49 años, un guarismo maldito para la familia, como se comprobaría muchos años después.

Desde muy joven Urtain se reveló como un auténtico fenómeno en el levantamiento de piedra, era un harrijasotzaile sencillamente único, espectacular. Duro como el pedernal, el tremendo corpachón de Urtain fue cincelado por una de las más asentadas tradiciones del pueblo vasco. José Manuel batió todos los récords en el levantamiento de piedras. Con 19 años se casó con Cecilia Urbieta, su novia de toda la vida, con la que tuvo tres hijos, pero quizás en una unión más inevitable que sentida.

Sus comienzos en el boxeo

Foto: ABC

Tenía una fuerza sobrehumana, y el mundo de la piedra se le quedaba pequeño, era un tipo con una genética privilegiada, pues pese a beber y fumar de forma desproporcionada, hacía verdaderas exhibiciones de fortaleza al alcance solo de los elegidos. Es entonces cuando el boxeo irrumpe en su trayectoria vital, José Lizarazu consigue convencerle para que se inicie profesionalmente en el boxeo. José Manuel no estaba del todo convencido, porque la idea de pegar a alguien no le convencía demasiado, tampoco recibir golpes, pero su materia prima para este deporte era sencillamente extraordinaria.

Quizás el mayor hándicap que tenía José Manuel era la edad, pues para adquirir un nivel de élite es conveniente haberse iniciado en el boxeo a una edad más temprana, lógicamente para adquirir una base y asimilar debidamente los aspectos técnicos de la disciplina deportiva. En cualquier caso Urtain, que adoptó el apodo del caserío en el que nació, recibió en tiempo exprés, toda la formación necesaria de la mano de un gran entrenador como Miguel Ángel Almanzor. También Benito Canal, excampeón de España que se desplazó a San Sebastián para formar en el arte del boxeo a aquel chico que deslumbraba a todos levantando piedras en el País Vasco. Urtain tuvo buenos maestros y lo cierto es que aprendió poco a poco un oficio en el que marcó época.

Entre el tongo y la leyenda

Su primer combate fue el 24 de julio de 1968 en el campo de fútbol de Ordizia, en el que tras solo diecisiete segundos en el ring, lanzó fuera de las cuerdas con un devastador mandoble de derecha al santanderino Johny Rodri. El debut del famoso levantador de piedras como boxeador generó gran expectación y Urtain disipó dudas en menos de treinta segundos. Fue lo nunca visto para un boxeador, logró casi llenar un campo de fútbol y con dos poderosos zarpazos sacó a su rival del ring, aterrizando sobre la hierba. Una locura…

Pensó entonces Urtain que no debía ser tan complicado aquello del boxeo, muy especialmente porque a partir de ahí comenzaron a sucederse los triunfos, sus records de no KO. Era ciertamente complicado durarle más de un minuto al Tigre de Cestona. En tan solo año y medio Urtain logró un increíble y discutido record de veintisiete victorias por KO. Todo estaba preparado para asaltar el campeonato de Europa. La popularidad de Urtain llegó a niveles mediáticos pocas veces visto, pero la fama siempre tiene un precio por pagar y la prensa comenzó a indagar en su vida privada. Descubren entonces a un tipo sin dobleces, que carecía de malicia, simpático, quizás demasiado noble y aficionado a la fiesta, para el mundo que en un futuro acabará devorándole.  

Para entonces Urtain ya era un icono, un ídolo que llenaba en todas las ciudades, en todos los combates. Todos querían ver al fenómeno vasco, fortísimo, pero cuya realidad pasaba porque en el ring, en los estrictamente técnico tenía unas carencias que todo profesional del boxeo sabía identificar. Pero Urtain encarnaba al mito que la gente quería ver y su genética logró salvar situaciones que de otro modo habrían parecido imposibles. La gente quería ver en Urtain a Muhammad Ali y sus paisanos al sucesor de la leyenda vasca Paolino Uzcudun, pero las comparaciones no le beneficiaron, ni jamás le hicieron gracia a José Manuel. El profesionalismo del boxeo no encajaba demasiado bien el fenómeno Urtain, mucho menos que todo lo relacionado con el boxeador vasco, vendiera mucho más mediáticamente hablando, que los méritos de otros boxeadores con mayor técnica, que habían sido con campeones de Europa con anterioridad.

Decide entonces marcharse a Madrid y cambiar de manager y entrenador, a partir de ese momento Manolo del Río se convierte en el hombre más importante de su carrera. El preparador detecta que Urtain está muy verde técnicamente, y a base de trabajo intensivo consigue pulir defectos en el estilo pugilístico del fenómeno vasco. Pero Urtain, el mito tiene que luchar contra sus rivales y la sombra de una duda que le acompañó durante toda su carrera. La del tongo, puesto que era acusado de pelear contra paquetes y rivales de tercera que se caían al más mínimo roce, en lo que muchos consideraban combates vendidos. Rivales sin nombre y con una trayectoria pugilística bastante dudosa, bastante inferior a la fortaleza física de Urtain, que sacaba provecho de ello. Se hablaba ya del negocio Urtain en lugar del fenómeno Urtain y los hechos confirmaban las sospechas generadas entorno al mito.

El centro de atención

Había un importante sector que estaba a muerte con aquel chico que salía a tumba abierta a sacar del ring a su rival, y también otro relevante sector que creía firmemente que Urtain era un producto de la maquinaria de hacer dinero del boxeo. Si a ello sumamos que su estilo de vida no era el más recomendable para un deportista, tenemos el coctel idóneo para hacer quizás más grande al monstruo que se fue generando en derredor suyo. A Urtain le gustaba ser el centro de atención y se bebió y vivió intensamente la noche que le alumbraba, las mujeres que deslumbradas por el mito hacían cola en la puerta de una habitación que siempre tenía abierta.

Campeón de Europa de los pesos pesados

Foto: ABC/ Manuel Sanz Bermejo

Pese a todo Urtain se lanzó a la conquista del Campeonato de Europa, la federación le toleó disputar el título europeo sin ser campeón de España y sus compañeros de profesión no encajaban bien ese trato de favor. En cualquier caso ha llegado el momento que muchos esperaban, el púgil vasco ante un rival de entidad, el alemán Peter Weiland. En abril de 1970 y en el Palacio de los Deportes de la ciudad de Madrid, un combate histórico en el que todos querían verle acertar sobre la masa informe con peluquín que era ya por entonces el boxeador teutón. En cualquier caso Weilland era el vigente campeón de Europa de los pesados, un tipo con una importante envergadura, gordo, pesado y lento que sufrió ante la contundencia de Urtain. Pero, a diferencia de otros combates, el Morrosko de Cestona no estaba acostumbrado a que los combates se prolongasen en varios asaltos, por lo que entró en un terreno desconocido del que salió finalmente victorioso al vencer por KO a Weilland en el séptimo asalto, proclamándose nuevo campeón de Europa de los pesos pesados y dejando ver al mito de nariz aplastada y chapela.

La verdad del Urtain boxeador

Foto: Marca

A partir de ese momento su carrera entró en el terreno de la verdad, el deporte español necesitaba referentes en un momento de decadencia y encontró en Urtain el mito que estaba esperando. En el toreo, El Cordobés era el ídolo de masas y en el ring Urtain llenaba con 15.000 personas el Palacio de los Deportes, dejando hasta dos mil y tres mil personas que le esperaban en la calle. Por ello el régimen no tardó en interesarse sobre su figura y auparle como icono, ya se sabe eso del panet et circem tan importante para los gobiernos autoritarios o de otra índole. Y Urtain se dejó utilizar por la maquinaria franquista.

Lo cierto es que en siete meses nadie pudo arrebatarle el cetro de campeón de Europa, ni si quiera el alemán Jurgen Blin, al que venció por puntos en Barcelona en junio de 1970, tras permanecer por primera vez los quince asaltos en combate sin conseguir el KO del adversario. Indudablemente Urtain comenzó a enfrentarse a su realidad y por extensión a sufrir sobre el ring, pues la musculatura de Urtain no estaba moldeada para aguantar más de dos asaltos, tampoco su respiración ni su técnica. Por ello que en el combate de la verdad, el 10 de noviembre de 1970, en el estadio de Wembley de Londres, ante Henry Cooper, se destapó la cruda realidad del gran mito. Un boxeador en baja forma que ante el veterano púgil inglés quedó retratado como un aprendiz, una carnicería en toda regla que concluyó en el séptimo asalto, cuando del Río decidió tirar la toalla. El veterano Cooper deshace el mito del hombre invencible, Urtain fue destronado y se abrió un camino incierto para el boxeador vasco, que se consoló conquistando el campeonato de España ante Benito Canal, por KO y en el segundo asalto.

La resurrección del mito

De nuevo la sombra del tongo sobrevoló su carrera, pero Urtain salió como un toro en aquel combate, pegando duro a Canal y logrando que todo concluya rápido. De esta forma, logró reconducir su camino con la firme intención de demostrar a sus detractores que no estaba acabado y que los rumores de tongo eran infundados. La pelea de Madrid en diciembre de 1971 ante el británico Jack Bodell, representa la resurrección del mito, quizás por qué no la revancha personal de un tipo con una fuerza sobrehumana que logró callar muchas bocas. No en vano Bodell era un pesado enorme, un mastodonte de casi dos metros al que levantó del suelo con un derechazo para ganar por KO en el segundo asalto. Las bolsas que generaba Urtain con sus combates eran estratosféricas, ganó tanto dinero como dilapidó en su burbuja mediática. A Urtain le salían amigos por todas partes, que iban con él a mesa y mantel, que se aprovecharon de su boyante situación económica y su tremenda popularidad. Una cohorte de supuestos hermanos que le acabaron dejando tirado a la hora de la verdad.

La decadencia del enfermo

www.youtube.com

La gloria le duró poco porque medio año después, un viejo conocido, el alemán Jurgen Blind, le arrebató el título europeo de los pesados, que no volvería recuperar jamás. Se inició con esta derrota la decadencia de Urtain, que se despeñó por los arrabales de lo noche hasta que conoció a Marisa, la que sería su esposa y consiguió hacerle cambiar al menos un poco. En el aspecto deportivo la degradación física de Urtain fue francamente visible, su otro gran caballo de batalla, el alcohol, comenzó a ganarle la partida y a afectarle tanto en su vida deportiva como privada. Hasta ese momento la inmensa genética de José Manuel había solventado cualquier tipo de incompatibilidad, pero la edad no perdona y los golpes encajados por los efluvios de las borracheras comenzaron a ser demasiado grandes. Urtain no perdió el combate por KO por los golpes encajados de sus adversarios sino por el derechazo directo de la bebida. Pero José Manuel puso un triste epílogo a su carrera deportiva, aquel por el que se ganó el titular de Urtain acabado. Un último intento en Amberes por recuperar el título de campeón de Europa de los pesos pesados. José Manuel no entrenaba adecuadamente, presentaba una tripa oronda que revelaba que aquel mito caído ya no se dedicaba al boxeo. Pero Urtain, que sabía a ciencia cierta que aquello era una utopía, seguía confiando en su pegada, en su salvaje salida. Le dieron una enorme tunda y abandonó en el cuarto asalto ante el belga Jean Pierre Coopman, que certificó su final en el mundo del boxeo, que no así en los cuadriláteros, pues se dedicó durante un tiempo a exhibir su decadencia en los espectáculos de lucha libre, en los que recuperó el sobrenombre de "El Tigre de Cestona".

La soledad y el desenlace

En los 80, el hombre, el ser humano se hunde sin remedio. Antes de tirarse del décimo piso de la casa en la que vivía, Urtain había ido a comprar el periódico, como hacía cada día. Se suicidó a cuatro días antes de la inauguración de los Juegos de la 25ª olimpiada. Tenía 49 años y, al lanzarse al vacío, moría el mito y nacía la leyenda. Arrojó la toalla sobre la lona de cemento, derrotado por el alcohol, también por la soledad, y el olvido. Cuando todos los focos de la escena apuntan sobre ti y de repente se produce un apagón, sigues viendo la luz, pero es una luz ficticia, que se va desvaneciendo poco a poco, hasta que la cruda realidad te hace ser consciente de que estas solo.

Urtain sentía que le había abandonado todo el mundo, había entrado en una severa depresión y tampoco hacía demasiados esfuerzos por ser ayudado. Hacía unas semanas que vivía solo tras la marcha de Marisa, aquella mujer que había luchado denodadamente para sacar a la familia adelante y para que no se diera el fatal desenlace, pero en la cabeza del mito, la huida hacia adelante era inevitable. El 21 de julio de 1992, selló su epitafio sobre una acera: Urtain, la soledad de la leyenda.