La maldición del 95

Segovia acogió en el mes de junio de aquel año el Campeonato de España de Ciclismo, una edición en la que el conjunto Banesto arrasó con su triplete en la prueba de Ruta, mientras que Melcior Mauri se hizo con el triunfo en la prueba contra el crono. Pero, en la categoría de aficionados, tuvo lugar una trepidante carrera con uno de los pódiums más prometedores de aquella época. Desgraciadamente, el destino tenía reservados desenlaces inesperados para cada uno de sus integrantes.

La maldición del 95

Los Campeonatos Nacionales celebrados en Segovia en 1995 quedaron grabados para siempre en la retina de los aficionados al ciclismo por la tremenda exhibición del equipo Banesto en la prueba de fondo en carretera, copando las tres primeras plazas. De hecho, el dominio de la escuadra navarra fue tan abrumador que el hombre que aparecía en todas las quinielas como gran favorito, Miguel Induráin, ni siquiera formó parte del trío vencedor, ocupando la sexta posición final.

Pero más allá del éxito obtenido por Jesús Montoya, escoltado en el pódium por José María Jiménez y Vicente Aparicio, y de la victoria de Melcior Mauri en la modalidad de contrarreloj, me gustaría hablar de lo acontecido en la categoría de aficionados, una prueba en la que se dieron cita varios corredores destinados a convertirse en referencias del panorama nacional en años venideros y que, por diversas razones, vieron truncadas sus carreras deportivas antes de tiempo.

La prueba en línea para aficionados se disputó el día 24 de junio de aquel año 1995. El recorrido, 14 vueltas al Circuito de La Piedad, era prácticamente calcado al que tuvieron que afrontar al día siguiente los profesionales y contó con la ayuda, en lo que a diseño se refiere, de Pedro Delgado que un año después de su retirada puso su granito de arena a la hora de confeccionar un trazado muy exigente, con continuos repechos y sin apenas zonas de descanso para los corredores. A todo ello hay que unirle, además, el calor que durante aquel fin de semana fue protagonista en la capital del Acueducto.

En un principio, la carrera se planteó como una dura batalla entre dos selecciones (se competía por autonomías), la vasca y la navarra. A priori, eran los primeros quienes conformaban un bloque más potente pues contaban en sus filas con corredores de la talla de Roberto Heras (con licencia vasca por militar en un equipo de Euskadi), Joseba Beloki, Javier y Ricardo Otxoa, Unai Osa, Bingen Fernández, Imanol Aiestarán y Aitor Burgallo. Los ocho terminarían dando el salto al profesionalismo años después. Por su parte, Navarra se presentó en la línea de salida con Miguel Morrás, campeón del mundo junior un año antes en Ecuador, ejerciendo de líder y acompañado por David Latasa e Igor Flores.

Y lo cierto es que la prueba no defraudó. Pese a los intentos de aguar la fiesta al combinado vasco de un Miguel Morrás tremendamente combativo durante toda la jornada, los hombres dirigidos por Juan Ignacio Elosegi consiguieron mantener a raya al navarro y ya en la Cuesta de los Hoyos, el repecho final en el que se suelen decidir la mayoría de las pruebas disputadas en Segovia, fue Ricardo Otxoa quien puso la rúbrica al trabajo de todos sus compañeros proclamándose campeón nacional.

El podio lo completaron Morrás, segundo, y Roberto Heras, que ocupó la tercera plaza. La foto de aquel día era la de tres de los ciclistas más prometedores de nuestro país pero, casualidades de la vida, aquel trío vería cómo sus carreras se truncaban antes de tiempo; eso sí, unas por causas más trágicas que otras.

Ricardo Otxoa, exultante al entrar como vencedor aquella soleada mañana en el Paseo de Ezequiel González, no contaba con que el destino le tenía preparado un duro revés tan sólo seis años más tarde. El día 15 de febrero del año 2001, mientras se entrenaba en tierras malagueñas junto a su hermano Javier, ambos fueron arrollados por un vehículo que se llevó por delante la vida y las ilusiones de un corredor que a base de constancia y sacrificio se había labrado un futuro dentro del ciclismo nacional. Ricardo se marchó sin lograr ningún triunfo en el campo profesional pero su recuerdo aún hoy perdura entre los aficionados. Tenía 26 años.

Más efímero, aunque con un desenlace menos trágico, fue el paso por el profesionalismo de Miguel Morrás. Al igual que Ricardo, el que fuera campeón del mundo júnior dio el salto con el equipo ONCE, pero su aventura no duraría mucho. Los constantes problemas de rodilla le obligaron a retirarse con sólo 23 años, poniendo fin así a una de las carreras deportivas más prometedoras en el ciclismo de aquellos años. Por suerte para él, supo rehacer su vida y hoy es un importante economista fuera de nuestras fronteras.

El tercero en discordia, Roberto Heras, sí tuvo tiempo de brillar en el mundo del ciclismo y, a diferencia de Morrás y Otxoa, su final llegó debido a su propia inconsciencia a la hora de coquetear con según qué prácticas prohibidas. Ganador de la Vuelta a España y de otras muchas carreras, sus relaciones con el turbio mundo del dopaje dieron al traste con el único superviviente, deportivamente hablando, del pódium de aquel 24 de febrero de 1995 en Segovia.

A los tres, el destino les realizó un quiebro que nunca hubieran esperado y que les impidió que el ciclismo, ése deporte en el que tantas ilusiones habían depositado, se convirtiera para ellos en el paraíso que siempre desearon.