Crítica Toni Erdmann: La risa de los alemanes
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Cuando se escucha hablar de humor alemán no puede imaginarse uno lo que está a punto de ver en pantalla. Quizás algún chiste inteligente sobre la sociedad actual, comentarios acertados y políticamente correctos sobre Willy Brandt y alguna escena reconciliadora que produzca en el espectador la sensación de tranquilidad controladora. Nada de los que podríamos llamar habitual ocurre en Toni Erdmann.

Comienza la acción con una llamada a la puerta, un momento rutinario en la vida de todos nosotros que sin embargo se torna esperpéntico: Un ser enorme, casi monstruoso, y casi desnudo entra en escena, el delirio se desata. La hija de tan curioso ser es Inès, una alta ejecutiva alemana que trabaja para una gran compañía, pero con un enorme vacío en su interior. Con esa premia ambos personajes comenzarán una larga travesía por el funcional mundo de los negocios alemanes. La acción se desarrollará en las discotecas de Rumanía, los parques, las fábricas y los despachos.

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Es en ese ambiente gélidamente competitivo donde Winfred (el padre de la joven) aboca al caos. Las situaciones de anarquía destruyen el rematadamente falso "bienintencionalismo" alemán empresarial para poner de manifiesto la enorme hipocresía que ello encierra. Bromas infantiles, pelucas, dentaduras horrorosas, bailes y hasta disfraces valen a este padre para hacer llegar a su hija el sentido cotidiano de la existencia. Un sentido que no se le hace llegar de una forma rotunda ni mesiánica, sino en forma de sutil carcajada.

Decir que durante sus largos 162 minutos la risa no paran de ingresar en el espectador sería exagerar y si bien es cierto que existen algunas escenas innecesarias lo contrapone con lo valiente de su mensaje. Es esa valentía la que saca a la palestra temas tales como el enorme machismo que se respira en el mundo empresarial, un establishment rígidamente masculino que humilla a nuestra protagonista con su padre mirando y con la cocaína en la mesa.

Toni Erdmann es osada, necesaria y con un arresto inconfundiblemente irónico que hará al espectador preguntarse "¿Cómo ha podido suceder todo eso en una pantalla de cine?" Maren Ade arrasa sobre los tópicos de buena conducta a base de despintado maquillaje facial, firmando una obra importante que se resume en el cálido abrazo de un padre a su hija.

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