Claudio Tamburrini, cuando la vida se detuvo
Claudio Tamburrini, el primero a la izquierda en la lista de perseguido por la dictadura argentina.

Acostumbrado desde niño a detener balones envenenados que buscaban los angulosos recovecos de la meta de un club llamado Ciudadela Norte, a Claudio Tamburrini, arquero soñador e incesante pensador, la esfera de la vida se le detuvo un 23 de noviembre de 1977, cuando fue raptado por cuatro esbirros del régimen militar del grupo de tareas de la Fuerza Aérea, que le golpearon y subieron a una camioneta con destino a la tristemente conocida mansión del terror y la represión: La Mansión Seré, en Morón, provincia de Buenos Aires.

Su pecado ser estudiante de Filosofía con ideología y pensamientos de riesgo por sus vínculos y militancia a la Federación Juvenil Comunista, a la que dejó de pertenecer en 1974. Desde 1975 atajaba con éxito como portero profesional en la meta de Almagro, actividad que compaginaba con sus estudios de filosofía en la UBA. Para Tamburrini ser portero era un sueño desde pequeño, de Ciudadela del Norte pasó a las inferiores de Vélez Sarsfield, y como hemos citado en 1975 ingresó en Almagro, club de la Primera B en el que peleó la titularidad y aprendió del histórico Hugo Piazza.

Claudio era un buen portero, cuando tuvo que sustituir por lesión al veterano Piazza lo hizo con bastante tino y seguridad, por lo que el momento de su consolidación estaba cercano a producirse. Almagro jugaba un partido decisivo para el ascenso y Tamburrini iba a defender la portería local. El partido se desarrolló dentro de los límites de normalidad, con la lógica tensión de que Almagro necesitaba la victoria, pero con la certeza de que se iba a conseguir. Era el día más importante en la vida de Claudio y mediada la segunda mitad una extraña sensación recorrió su espina dorsal. Al borde del área un libre directo del equipo rival le mantenía alerta, con el bello erizado y la mirada clavada en el ejecutor, pero de repente el colegiado se le acercó y le dijo: ¡Súbase las medias!

Claudio tenía las medias bajadas e incumplía el reglamento, por lo que se dispuso a acatar la recomendación del colegiado, momento en el que uno de sus compañeros le gritó con un elevado grado de desesperación ¡Cuidado, van a patear! Por lo que Tamburrini reaccionó rápido lanzándose hacia un palo con tan mala suerte que el golpeo se había efectuado justo hacia el palo contrario. El estadio se le vino encima, el silencio le atravesó como un cuchillo de culpa y tuvo la sensación de que la vida se acababa de detener. Almagro había perdido el ascenso y Claudio la titularidad.

Paradojas de la vida y el destino hicieron que tan solo una semana después todo aquello del fútbol le pareciera un chiste, pudo comprender que aquello era tan solo un juego que te puede hacer reír o llorar, pero nada parecido a lo experimentado en La Mansión Seré, lúgubre lugar de tortura en el que la vida se detuvo para muchos de los allí secuestrados. La otrora majestuosa Mansión Seré fue cedida por el intendente Cacciatore a la Brigada Aérea de Morón y sus estancias acogieron los planes más perversos y depravados del régimen. Durante días su cuerpo sufrió los devastadores efectos físicos y psíquicos de la picana eléctrica, inquisidor elemento de tortura al que llamaban jocosamente “pequeña Lulú” y que hacía cantar a los elementos subversivos. Muy especialmente a Claudio, para el que sus secuestradores tenían un plan especial de burla: ¿Quién es el arquero de Almagro? – le decían.

Claudio contestaba apesadumbrado y tras propinarle un puñetazo en la boca del estómago le decían: ¡Pues atájate esta!

Pese a todo Claudio no perdía la esperanza de salir e incluso se inquietaba con la posibilidad de no volver a casa antes del cierre del libro de pases. Poco a poco se fue percatando de que el lugar y la situación avanzaban hacia un punto de no retorno, por lo que en uno de aquellos días de no vida comenzó a fraguarse un plan de fuga.

Tenía 23 años, cuando un 24 de marzo de 1978, en el segundo aniversario del golpe de Estado logró algo que parecía imposible en los centros clandestinos de detención de la dictadura: escapar de los verdugos. Junto a Daniel Rusomano, Guillermo Fernández y Carlos García protagonizó una fuga digna del mejor guionista de cine. Entre las tres horas que tenían entre recuento y recuento se deshicieron de las correas con las que los ataban para dormir, y lograron abrir la ventana y persianas de la celda. La adrenalina se podía respirar en aquel minúsculo habitáculo y el instinto de supervivencia humano superó con creces todos los niveles de terror a ser descubiertos. Ataron las mantas con las correas de cuero y se descolgaron por la ventana, primero Rusomano, luego Tamburrini y García, mientras Fernández se descolgaba el último, no sin antes despedirse de su más despiadado opresor, al que quiso dejar un recado pintado con un clavo en la pared: “Gracias Lucas”.

Desnudos y esposados bajo una intensa tormenta eléctrica, bajo un tremendo aguacero divino de libertad se sintieron vivos otra vez y comenzaron a correr en busca de un coche, pero ninguno estaba en condiciones para robar, por lo que optaron dividirse y encontrar la solución para una huida definitiva. Fernández logró abrirse camino y prometió que enviaría ayuda a sus compañeros, atrincherados en un garaje, desde el que pudieron comprobar la búsqueda aérea de los helicópteros, pero afortunadamente aquella lluvia divina se alió con ellos y la caza del fugado se tuvo que abortar momentáneamente.  A la mañana siguiente, el padre de García se presentó en el garaje con un coche y pudieron salir de allí.

Tamburrini no concluyó su pesadilla, durante tres meses estuvo refugiado y escondido, cambiando de casa constantemente. Con una identidad falsa comenzó a trabajar en diferentes oficios, recordando con especial cariño, que tan solo el día en el que Argentina ganó el Mundial, fue el que sintió un poco de libertad. Catorce meses después de ir de un lado para otro se marchó del país, desde el puerto de Iguazú llegó a Brasil donde le dieron la condición de refugiado político y voló hacia Estocolmo. Y en Estocolmo, liberado del horror comenzó una nueva vida, intentó regresar al fútbol probando en el AIK sueco pero no encontró la profesionalidad que buscaba, por lo que decidió entregarse por entero, en cuerpo y alma, a los estudios de Filosofía en la Facultad de Estocolmo.

Pasaron muchos años para que el hoy profesor de filosofía del derecho pudiera recomponer su historia y relación con su país, consigo mismo. En 1994 decidió escribir sobre una de sus grandes pasiones: el fútbol. Publicó ¿La mano de Dios? Una visión distinta del deporte. Donde abordó la sesgada utilización del deporte para exacerbar los sentimientos más extremos y nacionalistas de los seres humanos. Recordaba así la primera vez que la vida se había detenido, aguardando unos años más para contar su verdadera historia, la de Claudio Tamburrini, un ser humano que no tuvo la libertad para ejercer el sueño de un libre pensador. Una verdad contada 25 años después de su secuestro con, Pase libre. La fuga de la Mansión Seré. Donde nos mostró aquel maldito lugar en el que jamás se disputó un juego y en el que la vida se detuvo de una forma muy dolorosa y cruelmente veraz.

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