Sillas vacías, deudas y el miedo al gol
Las tribunas vacías son el paisaje recurrente en Portugal. / Imagen: SNS Group

El Benfica ganó 1-0, en un partido que tenía poca trascendencia, la de cumplir el calendario: un gol solitario de un serbio ansioso por probar su valor en Portugal decidió la contienda, después de 90 minutos donde el oponente, el Gil Vicente, no fue capaz de inquietar la portería defendida por Paulo Lopes. El Benfica, ya clasificado, enfrentaba al Gil condenado a jugar el juego por la simple satisfacción del mismo, hecho que, todavía así, no desinhibió a la formación de Barcelos, que, amontonada en su área por voluntad propia, se hizo de cuerpo muerto aunque presente. Los encarnados jugaron solos, y aunque sin oposición, apenas celebraron un aparatoso gol, ese, de Sulejmani, extremo que otrora fuera negociado por 15 millones de euros para el Ajax, club de la capital holandesa.

Hoy en día, segunda opción millonaria, Miralen se junta a las opciones dispendiosas como Funes Mori, Fejsa, Djuricic o Jardel, todos ellos jugadores condenados a disputar, salvo raras excepciones, los juegos de reputación más accesible, frente a adversarios cuyo presupuesto anual es, en una media, insignificante frente al del club de Da Luz. A pesar de la mayor regularidad de Fejsa (ausente en el partido en cuestión), consecuencia, en primer lugar, de lesiones de titulares que ocupan su posición (como Enzo o Matic) y de la salida del compatriota, el medio defensivo serbio tarda en comprobar su valor dada la cantidad de dinero pagada por su contratación: 5 millones de euros, precio similar al medio ofensivo Djuricic, que costó a los cofres encarnados 6 millones de euros y que todavía nada a mejorado el fútbol practicado por Jesus. En las tribunas, apenas 6.000 apreciaban el espectáculo, pobre, de un ascendente 70% en la posesión de balón contra un once gilista estático y aparentemente amedrentado por la hipótesis de tener el balón en el pie y de, posiblemente, tener que dispararlo a la portería contraria.

En el banquillo benfiquista, Jorge Jesus veía que el juego se desarrollaba en una tónica repetitiva y poco elocuente: primeros 9 minutos, 9 faltas señaladas por el juez del encuentro, ráfaga de interrupciones sucesivas, asociadas con una pobre comprensión de las leyes del juego, tanto por parte de los practicantes como por el árbitro. Jesus, que ya disponía de partidos accesibles para dar una oportunidad a los jóvenes valores formados en el club (es el caso del juego frente al Cinfães o el Leixões), volvió a esperar por los minutos finales para colocar a Bernardo, Hélder Costa y Cancelo en el campo: la presencia de los tres prometedores futbolistas fue, juntamente con la apuesta en los elementos lusos, el único aspecto positivo en un juego que de interesante tuvo poco.

Tribunas poco pobladas, juego mal disputado y deficientemente arbitrado (penalti pitado sobre Funes Mori sería una broma en Inglaterra), y todavía así –trágica ironía- la única esperanza de los jóvenes jugadores portugueses que aspiran a entrar en el once benfiquista, dado la constante falta de confianza de la estructura encarnada en la formación, camada de jugadores la cual Luis Filipe Vieira reserva elogios y la confianza de un futuro risueño, siempre truncada. Un retrato general del fútbol portugués: escases de público, espectáculos pobres y poco competitivos, anti-juego con la prefecta convivencia del árbitro y un tenue aprovechamiento del talento encontrado en las canteras, dedicado a jugar efímeros instantes finales de partidos poco exigentes. El juego en causa es la prueba cabal de que la creencia en los jóvenes lusitanos es un hecho poco habitual: por toda la comunicación social nacional se celebró el hecho de que el Benfica, después de tantos años, haya acabado el juego repleto de portugueses en el once.

Mentalidad competitiva por debajo de la media

Metáfora total del fútbol lusitano, el juego del Benfica - Gil Vicente sirve como retrato de un contexto futbolístico indiscutiblemente debilitado, tanto en su competitividad como en su organización estructural y sus valores; pero este juego es solamente un ejemplo en el medio de otros incontables que se repiten en el campeonato nacional. La mentalidad ultra-defensiva es el ‘modus-operandi’ de la gran mayoría de los equipos portugueses, que actúan con el típico ‘bloque bajo’ y las líneas pegadas, esperando la pro-actividad del adversario y jugando exclusivamente al error del contrario, así actúan alrededor del 70% de los equipos de la primera división. Juegos cerrados y con exigencias tácticas son el plato del día de nuestro fútbol, expresado en la abultada asimetría entre el poderío de los llamados ‘clubes grandes’ y los demás competidores. La temporada pasada fue el espejo de esa diferencia de competitividad abismal: el FC Oporto se consagró campeón sin haber conocido la derrota, por su parte el Benfica apenas perdió una vez, ante el rival del Norte.

Incapaces de desprenderse del vicio defensivo, los equipos portugueses fallan en el intento de hacer su juego atractivo, alejando a los aficionados de los estadios y manteniendo el fútbol portugués en un patrón cualitativo bajo, claramente sin preparación para lidiar con las exigencias de la competitividad externa: la campaña europea de los seis equipos portugueses fue, hasta ahora, un desastre completo, comenzando en la precoz eliminación del SC Braga ante el desconocido Pandurii y finalizando con la eliminación de los cinco clubes en las competiciones que disputaban. Tanto el ganador de la Taça de Portugal como el tercer clasificado de la Liga Zon Sagres fueron poco más que nulidades en el enfrentamiento internacional: el Paços de Ferreira no fue capaz de robar una victoria en los seis juegos de la fase de grupos de la Europa League, mientras que el Vitória Sport Clube apenas triunfó una vez. Mientras que los peces gordos, Oporto y Benfica, fueron eliminados de la Champions League en grupos de dificultad media, fallando el objetivo en la competición millonaria: Zenit y Olympiacos se clarificaron en los lugares aparentemente reservados para el campeón y subcampeón de la Liga Nacional 2012/2013.

Estadios llenos de nadie

Uno de los cuadros más tristes del fútbol portugués es el pintado por la ausencia de público en las gradas, claros que hacen notar la baja calidad del espectáculo, sillas vacías que son la traducción literal del desinterés que los aficionados de la gran mayoría de los clubes han demostrado por sus colores. A mitad de la temporada pasada, la media de aficionados en la Liga portuguesa se cifraba en una depresión clara: de los 16 equipos, 6 poseían medias por debajo de los 3.000 espectadores, 11 de ellos no consiguieron superar la barrera de los 4.000, y entre esos 11 clubes la media de ocupación de los estadios se situaba en los 2.735, mientras que en términos comparativos, Bélgica (también con 10 millones de habitantes como Portugal) presentaba, en el mismo período, una media de 7.285. Analizando globalmente estos indicadores, somos obligados a analizar muchas más cosas, más allá de la baja calidad en la exhibición de los equipos. Billetes costosos, el calendario a merced de la tiranía de las transmisiones televisivas e infraestructuras obsoletas son algunas de las razones que conducen al público fuera de los recintos donde los equipos lusos se debaten los puntos de una Liga que, en muchos estadios, se juega ‘con las moscas’.

Los datos ofrecidos por la Liga portuguesa no mienten, siendo estos el reflejo de las bajas asistencias en nuestro campeonato: equipos como el Benfica y Oporto no llegan al 60% de asistencia media, mientras que históricos como el Académica, Belenenses y Vitória de Setúbal no tocan la barrea del 19% (Académica y Belenenses no sobrepasan el 15% de la ocupación). En los casos más extremos, equipos como el Olhanenese, Beira-Mar, Desportivo de Aves o Santa Clara no logran llegar al 10%, siendo el club de Aveiro el que se queda con un irrisorio 2,33%, en una ciudad que, en 2004, recibió un estadio completamente nuevo, hoy abandonado y sin utilidad en el horizonte.

Arbitraje deficiente y errónea interpretación de las leyes del juego

Un juego que en Portugal no contabilice entre 35 o 40 faltas, difícilmente será un juego típico de nuestro país. Con una comprensión monótona y desvirtuada de las leyes del juego, las ternas de arbitraje pitan todos los contactos físicos, negando la saludable disputa en las jugadas, o el siempre necesario duelo corporal y la competitividad global, que decae significativamente debido a las constantes interrupciones, retrasos, anti-juego omnipresente en cada pitido, pérdidas de tiempo ostensivas, (sea en las reposiciones del balón, en las sustituciones o en las simulaciones de lesiones) con la total complacencia – y por varias veces total contribución activa- de los jueces. Ya sea por la mala interpretación de las jugadas, que son leídas por los árbitros de un modo rudimentario tantas veces ilógico, sea por la falta de deportividad de los intérpretes (que abusan de las simulaciones), el fútbol portugués progresa a los golpes, falta tras falta, cortes de ritmo sucesivos que perjudican gravemente el grado de competitividad de los equipos, habituados a los ritmos bajos y poco espectaculares.

‘Nacer diez veces’: formación despreciada

Jorge Jesus sintetizó, involuntariamente, la filosofía de trabajo de la mayoría de los agentes deportivos portugueses. Cuando dijo aquella frase, después de la salida de Matic, Jesus explicó, crudamente, la forma como se mira para los escalones inferiores de formación: con desconfianza y pesadez. Portugal viene siendo un auténtico vivero de promesas retrasadas en lo que respecta al fútbol, si tenemos en cuenta la cantidad abultada de talento que impregna el deporte juvenil. A pesar del buen trabajo que los entrenadores realizan en el proceso de construcción de los jóvenes jugadores hábiles y talentosos, los clubes desperdician los resultados de esa inversión, gastando, por arriba de esas pérdidas, grandes cantidades de dinero en jugadores de calidad dudosa, muchas veces hipotecando el futuro financiero del club.

Un campeonato donde el 53% de los jugadores son extranjeros, el jugador lusitano continúa a ser una especie en vía de extinción levemente protegida, dando prioridad a las contrataciones de jugadores costosos, que conllevan fuertes comisiones y contrapartes ruinosas en muchos casos. Si echamos un vistazo a los once titulares del Benfica y el FC Oporto, vemos que la apuesta en los jóvenes de la formación no puede, ni de cerca ni de lejos, ser una realidad: en ‘Do Dragão’ apenas Josué es producto de la formación del club, mientras que en el Benfica únicamente Ivan Cavaleiro es una opción, aunque poco habitual, teniendo Jorge Jesus que sufrir presión por parte de la directiva para integrar al joven extremo en las opciones del equipo.

El Sporting ha sido, por contrario de los rivales, un baluarte en la apuesta por la formación, a pesar de que el mandato de Godinho Lopes hubiera reforzado la política de contrataciones en detrimento del lanzamiento de jóvenes leones. Empujado por la grave crisis financiera que atraviesa, el Sporting volvió atrás, con fuerza, para aquello que mejor tiene, aumentando en gran escala el contingente de promesas leoninas en el equipo principal, como los casos de William Carvalho, Adrien, André Martins, Cédric o Wilson Eduardo. También el Vitória de Guimarães ha apostado en la creación de nuevos jugadores, con resultados visibles.

Deudas monstruosas

Más allá de estas vertientes negras del fútbol portugués, el panorama financiero es un tema de extrema precaución, dada la situación insostenible que viven los clubes. Créditos interminables y galopantes, ingresos escasos e intereses aterradores son las amenazas con las cuales los clubes portugueses viven diariamente. Los tres grandes viven amarrados a deudas gigantescas que son eternas, ligados a la máquina de crédito bancario, mientras que los restantes, o van a la quiebra o van incumpliendo sus obligaciones, especialmente los salarios atrasados, el flagelo habitual del fútbol nacional.

Mientras la mala gestión prolifera, las deudas se acumulan a medida que los estadios se vacían y la calidad de nuestro fútbol va bajando. A pesar de esto, las contrataciones caras se van realizando a buen ritmo mientras los jóvenes esperan y desesperan por una oportunidad en el primer equipo: dedicados a jugar en el lado B del sueño, la juventud de las formaciones necesita de un juego sin importancia para disfrutar de 10 minutos de práctica, como en el Benfica 1-0 Gil Vicente.

Es tiempo de reformular la forma de encarar esta situación, los costes son innecesarios e irracionales y el tratamiento que se le ha dado a las jóvenes promesas que, después de creadas, son inutilizadas por los agentes del fútbol, desde presidentes hasta entrenadores. Tanto en el sector directivo como en el banco de suplentes, pasando por el arbitraje (las nominaciones y clasificaciones) y terminando por las tribunas, debemos reorganizar prioridades y trabajar en pro de la preservación del fútbol portugués, que vive todavía de ilusiones. Más transparencia, más responsabilidad (la Liga de Clubes no puede ‘lavarse’ las manos como lo hizo en el caso polémico de la Taça da Liga), más ‘fair-play’ financiero y más deportividad, más amor a la camiseta y claro, más calidad dentro del campo. Más goles, menos miedo a perder. Porque, lamentablemente, siempre tenemos perdido más de lo que imaginamos.

Traducción de Juan Gabriel Rodrigues Figueira

Lee el artículo original de Bruno Falcão Cardoso en VAVEL Portugal

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